¿Pero cómo es posible que nos siga gustando el cuento de Cenicienta?
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¿Pero cómo es posible que nos siga gustando el cuento de Cenicienta?

Desde 1697 se tienen noticias de ella a través de Charles Perrault que escribió una versión basada en la tradición oral. También los hermanos Grimm en

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¿Pero cómo es posible que nos siga gustando el cuento de Cenicienta?

Desde 1697 se tienen noticias de ella a través de Charles Perrault que escribió una versión basada en la tradición oral. También los hermanos Grimm en 1812 hicieron otra versión que es, por el momento, la más popular en Europa. En 1950 Disney llevó a las pantallas a Cenicienta y desde entonces no ha dejado de estar entre nosotros.

Existe una Cenicienta china, la bella Yen Shen, conocida por tener un pie de 10 cm. La historia de esta joven se cuenta durante la dinastía china Táng (S.VIII y X), y es en ésta época cuando se “puso de moda mutilar los pies de las mujeres” con el fin de hacerlos pequeños. Nuestra heroína oriental no necesita que le rompan los huesos de los pies, como a sus dos hermanas, para que pueda calzar el diminuto zapatito que pierde en el baile del emperador.

Por tanto Cenicienta no sólo es resistente al paso del tiempo sino que también resulta ser una viajera incansable, va de Oriente a Occidente, o viceversa, sin gran dificultad.

Cenicienta guarda entre sus páginas muchos estereotipos, miedos y fantasías con las que generaciones de niñas han crecidoCenicienta tiene todos los ingredientes de un cuento clásico infantil: heroína valerosa y bella, personajes malvados que intentan hundir a la protagonista en la más profunda de las miserias, hada madrina, príncipe salvador y, por supuesto, triunfo del bien sobre el mal. Este cuento guarda entre sus páginas muchos estereotipos, miedos y fantasías con las que generaciones de niñas han crecido. Y digo niñas porque son ellas las fanes de Cenicienta, mientras que a los niños se suelen enganchan a otro tipo de historias. El tema del género de los cuentos infantiles es fascinante, pero hoy no toca, tenemos que pasar página para encontrarnos con un personaje embriagador sobre el que me voy a centrar: la terrible madrastra. 

Me gustan los cuentos y las películas de niños porque, entre otras cosas, ponen sobre el tapete la lógica por la que se rigen los sentimientos del adulto, de hecho, durante un tiempo dediqué mi esfuerzo a desentrañar los mitos y mensajes que encierran y que tanto hacen disfrutar a nuestros pequeños.

Generalmente cuando somos adultos pensamos que somos seres lógicos y creemos “a pies juntillas” que nuestra vida está regida por la razón. Y sin embargo no es así, porque la sinrazón tiene un gran protagonismo en muchos de nuestros actos cotidianos, de hecho todos asumimos que en temas del corazón la razón tiene poco que decir ¿Quién no ha dado por buena alguna vez la frase: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”?  

El adulto logra conciliar, en el mejor de los casos, razón y corazón. Dos lógicas que se ven abocadas a negociar para vivir en paz aunque suelan estar en constante fricción.  Me recuerdan a dos amantes que no pudieran vivir uno sin el otro y que, sin embargo, no soportaran compartir el mismo espacio.

Si durante esa etapa un nene se atreve a quitarnos la pala en el parque, no dudéis que le daremos con el cubo en la cabezaUn mundo en blanco y negro

Pero volvamos con nuestros pequeños. Mientras que caminan con sus pies planos y en pañales, su visión del mundo, emocionalmente hablando, se reduce al blanco y  al negro. No existen los matices, por ello, si durante esa etapa “tan tierna”, un nene se atreve a quitarnos la pala en el parque, no dudéis que le daremos con el cubo en la cabeza, o quizá le morderemos si le pillamos a mano, o gritaremos como posesos para que mamá venga a resolver el desaguisado. No hay posibilidad de negociación: “me coges la pala, te atizo”; “no  te pido la pala, te la quito porque me gusta y ya está”.

Este radicalismo es recogido, sabiamente,  por los cuentos. Ninguna historia infantil admite ambigüedades porque si lo hicieran nuestros pequeños, que todavía se mueven dentro del pensamiento mágico, no lo entenderían y perderían su poder.

Por eso no es de extrañar que la historia de Cenicienta “no se ande con chiquitas” y arranque con un “tragedión”: la muerte de la madre.

¿Por qué tiene que morir la madre de Cenicienta?

¿Se trata de que nuestros pequeños sufran con la historia? Sorprendentemente los niños no sufren, al contrario, se lo pasan pipa y quieren que se les ponga otra vez la peli o se les lea el cuento de nuevo. ¿Cuántas veces, los agotados padres, tienen que leer la misma historia truculenta, para que su hijo se duerma plácidamente?

La respuesta a nuestras preguntas, como en muchas ocasiones, la tienen los pequeños. La madre de Cenicienta tiene que morir para hacerles felices, si no fuera así la historia podría resultar  disonante con las emociones infantiles.

Las madres, en nuestro imaginario colectivo y privado, son símbolos de abnegación y entrega. Todos disculpamos las “rarezas” de nuestras progenitoras y si las criticamos lo hacemos con una voracidad cercana al amor despechado. La mamá de Cenicienta muere para que su lugar  sea ocupado por la madrastra, una mujer malísima, que será la encargada de representar todo aquello que no podríamos reconocer en una mamá tipo.

De esta forma, el cuento resuelve “de un plumazo”, nada más empezar, un tema brutal para el común de los humanos y del que hay escasa literatura: El abuso de una menor por parte de su madre.

La relación que mantiene Cenicienta con su madrastra es de vasallaje, la niña será dominada y vejadaLa madrastra permite a nuestros pequeños proyectar su rabia sin ningún remordimiento, porque la madrastra es “mala de narices”  y no se merece que nadie la quiera. Tened por seguro que cuando un niño insiste en ver una película varias veces, o quiere que se le lea el mismo cuento repetidamente, está aclarando cosas en su mente, tal vez está disolviendo el “mal rollo” que ha tenido con mamá, cuando le ha “requisado” el playmobil con el que estaba  golpeando alegremente  el espejo del salón.  

La madrastra es un ser despiadado, que convierte la vida de nuestra heroína en un infierno. La relación que mantiene Cenicienta con ella es de vasallaje, la niña será dominada y vejada, obligada a realizar trabajos que no son propios de una menor, vestirá con harapos y dormirá junto a la chimenea, sobre el suelo. Cenicienta sin lugar a dudas es una niña maltratada, que superará todas sus desdichas porque tiene un “hada madrina”, la sustituta buena de la madre muerta. De esta manera el bien y el mal quedan representados nítidamente por estos dos personajes.

La madrastra intenta que sus dos hijas usurpen el lugar que, por derecho, le corresponde a Cenicienta. Y es que, la señora en cuestión, siente una profunda  envidia  por todo aquello que posee su hijastra.

¿Por qué siente envidia la madrasta?

Conviene aclarar que la envidia surge cuando nos sentimos carentes, cuando creemos que no poseemos los atributos necesarios para resultar atrayentes a los otros, mientras que los demás sí los poseen. Cenicienta es una adolescente guapísima, educada y heredera de una fortuna, mientras que, sus hermanastras son horribles, groseras y su futuro económico no parece brillante.

Como era de esperar, al tratarse de una “mala absoluta”, la madrastra no sentirá una envidia pasajera y controlable, muy al contrario, su envidia será arrasadora y se situará en el grado más alto de dicha emoción. A nadie sorprendería que la madrastra deseara, en lo más profundo de su ser, que Cenicienta se convirtiera en cenizas.

Existe una gran carga de intuición, deseo y afectos en todas y cada una de nuestras eleccionesLa madrastra trata a Cenicienta como si fuera un objeto de su propiedad, la cosifica y no tiene ningún interés en saber que siente y/o piensa, tan sólo espera que la sirva y que la obedezca. Todos pensamos que este estado de cosas se produce porque la madrastra no es la madre. Si lo fuera ¿podría actuar de forma tan cruel?

Los malos tratos infringidos a menores por parte de sus madres existen, aunque no sean muy usuales o al menos no sean tan conocidos como otro tipo de abusos. La maternidad, al igual que la paternidad, es un lugar que “un buen día” decidimos ocupar. Como ya hemos visto  las elecciones de cada uno de nosotros no son del todo “razonables”, “conscientes” y existe una gran carga de intuición, deseo y afectos en todas y cada una de las opciones que tomamos a lo largo de nuestra vida y justamente por ello guardan un grado  estupendo de magia e incongruencia.

Los lugares que ocupan tanto hijo como madre son irrepetibles y no se pueden sustituir. La palabra madrastra, generalmente, no es muy popular en nuestra sociedad porque está cargada de connotaciones negativas que hacen referencia a la usurpación de un lugar y por tanto a la rapiña.

¿Cómo se adquiere el lugar de madre?

El lugar de madre se obtiene a través de un acto y una función. Para entenderlo rápidamente imaginemos que somos propietarios de un espacio,  por ejemplo un garaje. Podemos tomar varias decisiones respecto al mismo: ocuparlo, alquilarlo, venderlo o dejarlo desocupado. Con la maternidad, de alguna manera, ocurre algo parecido. Generalmente pensamos que una mujer es madre cuando tiene un niño, pero no es del todo cierto. Si bien es verdad que al alumbrar o adoptar a un menor se adquiere el estatus de madre, no siempre se ejercen las funciones concomitantes  a la maternidad.

Jacques Lacan, psiquiatra y psicoanalista francés, habla de “la función madre” como lugar, como espacio que alguien debe ocupar para que el niño pueda constituirse como sujeto. La función madre es un compromiso que se adquiere  con uno mismo  para ayudar  y acompañar a crecer y madurar a otro ser humano a través de la educación y el amor.

En nuestra sociedad esta función suele estar en manos de la mujer. ¿Es posible creer que alguien que trata cruelmente a un menor puede ser  su madre? Nominalmente  nuestra sociedad, aunque retire la custodia y aparte a los menores de las madres maltratadoras, las sigue considerando sus madres. Sería muy interesante,  por el bien del menor, revisar el concepto de madre y examinar si en dichos casos, esas mujeres, son realmente madres de esos menores.  

Se habla del derecho del menor a tener un padre o una madre, pero a la hora de analizar los malos tratos, jamás se cuestiona si esos adultos son realmente padres. Tal vez  no desearon serlo o quizás no son capaces de afrontar un desafío de tanta magnitud. A lo mejor creen que el niño es objeto de su propiedad y lo asumen como objeto donde descargar la frustración e incapacidad personal.

Hay madres cuyo discurso gira en torno a todo el esfuerzo y el sacrificio que han llevado a caboPor tanto, cuando un menor sufre malos tratos, los tribunales juzgan la función de los padres, no el lugar. Es decir, sólo se analizan los actos realizados por los maltratadores, no el lugar-madre o padre de los mismos. El tema de “los lugares en la cosmogonía familiar” es sumamente complejo porque dichos lugares son simbólicos, por tanto, difíciles de capturar en lo real. No se pueden vender ni traspasar, como cualquier otro espacio, porque está inscripto en el inconsciente personal y colectivo por lo que entra a formar parte de lo más elementales y profundos de nuestro ser.

Así que, respecto al tema que estamos tratando, los verbos ser y estar pueden caminar irremediablemente separados. Se puede llevar el título de madre, ser madre”, y ejercer de otra cosa, por ejemplo de verdugo, “no estar”.

Generalmente nos sentimos culpables si criticamos algún aspecto  de nuestras madres, y es así porque están asociadas al amor, a la comprensión y para más inri les debemos mucho. Es tanta esa deuda que, en algunas ocasiones la vida del hijo queda hipotecada, subyugada a la de su madre. ¿Os imagináis la deuda que Cenicienta tiene con su hada madrina?

Hay madres que actúan como este personaje, dan todo a sus hijos e intentan cumplir todos sus sueños. Crean una historia épica de su maternidad, su discurso gira en torno a todo el esfuerzo y  el sacrificio que han llevado a cabo por ellos. Pablo Pineda en su libro El reto de aprender comenta muy acertadamente  que los padres no deben dedicarse a  proteger sino a educar a sus hijos. La protección es necesaria durante una etapa muy concreta, cuando somos bebés, posteriormente si se nos educa tendremos las herramientas necesarias para saber defendernos y cuidarnos solitos.

La sobreprotección paternal

Hasta aquí hemos visto dos aspectos idealizados de la madre: madrastra, extremo malo; hada madrina, extremo bueno. Pero, ¿por qué la madre tiende a proteger al hijo más allá de lo estrictamente necesario?

Los bebes sienten su cuerpo como una extensión del cuerpo de la madre, por su parte la madre refuerza su Yo al incorporar a su hijo como parte de sí misma, por lo que su narcisismo adquiere una nueva dimensión, es mucho más fuerte. ¿No habéis observado que muchas mujeres adquieren y/o aumentan su seguridad y autoestima cuando son madres?

El asunto es que esta situación no es eterna, porque paulatinamente este vínculo tan estrecho,  se va disolviendo. La madre tiene que volver a encontrarse sin ese “apéndice”, tiene que resignarse a sentir la carencia del bebé y su narcisismo tiene que volver a los “cuarteles de invierno”, cosa, por otro lado, nada fácil porque en él residen, entre otras cosas, lo que creemos ser y nuestra propia imagen, por lo que tocarle es bastante escabroso.

Las mamás, aunque abnegadas y entregadas, también sienten envidia de sus hijasAsí que al cuidar al bebé la madre mata dos pájaros de un tiro: por un lado, alimenta a su hijo y, por otro, está alimentando también su narcisismo. Durante una etapa la madre piensa y siente que su hijo es el mejor del “mundo mundial” en todo momento. Con el crecimiento del niño y su posterior maduración este vínculo se irá relajando. 

Antes de cerrar este cuento me gustaría señalar que las mamás, aunque abnegadas y entregadas, son humanas, también sienten envidia de sus hijas. Y es éste sentimiento el que, en muchas ocasiones, distorsiona el vínculo entre madres e hijas durante la adolescencia. La situación tomará “un color ceniciento” para la menor si la madre entra en competencia con ella y consigue el protagonismo, relegándola a un papel secundario.

Todos los hijos tenemos “una queja”, “un agravio”, que reprochar a nuestra madre. Claro que si no fuera así estaríamos en el Edén  y no tendríamos motivos para  separarnos de ella.

Así que, podemos respirar tranquilos y no sentirnos mal si pensamos que nuestras madres se portaron mal con nosotros en algún momento. Es un alivio  que  no sean perfectas,  gracias a ello logramos ser libres.

Sería estupendo, para los hijos y para las madres, que éstas últimas, fueran capaces de hacer sentir a sus hijos todo lo que ellos les han aportado, todo lo que han disfrutado educándolos y lo importantes que se ha sentido al ser su madre .

¡Gracias mamá por ser imperfecta!