La historia de Pedro Mesía y El Glorioso, envidia de unos ingleses 'sobrados'
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Álvaro Van den Brule

Empecemos por los principios

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La historia de Pedro Mesía y El Glorioso, envidia de unos ingleses 'sobrados'

«Junto al barco hundido, mil veleros se pasean». –Tao te KingEn la más larga confrontación bélica de la historia conocida entre dos países, Inglaterra y España

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La historia de Pedro Mesía y El Glorioso, envidia de unos ingleses 'sobrados'

El general retirado Antonio Gutiérrez en la defensa de Tenerife ante Nelson o Pedro Mesía de la Cerda entre otros insignes ciudadanos de uniforme, firmaron paginas brillantes para una nación muy necesitada de ellas. La clara visión estratégica de los ingleses en su apuesta por el mar y el castigo al que sometieron las líneas de abastecimiento españolas ya fuera en tiempo de guerra o con su peculiar forma de entender la paz dispensando patentes de corso a diestro y siniestro, hicieron que aquel colosal imperio donde no se ponía nunca el sol, comenzara a hacer aguas. Eso sí, con decoro.

La mala fortuna de un estrabismo secular en la administración de los recursos importados, unida a una visión política opaca a la autocrítica, consiguieron ponérselo fácil a los enemigos de turno. En un país de escasa pluviometría, llovía sobre mojado. A poner un acento glorioso en medio de tanto desatino, vino el capitán Pedro MesÍa de la Cerda, hombre de tierra adentro y cordobés de pro, pero con una clara vocación marinera.

La era de la piratería

En aquellos tiempos, si ya navegar por el proceloso atlántico eran palabras mayores para los experimentados marinos españoles, el plus de riesgo añadido de una piratería debidamente engrasada por la corona británica, hacía si cabe, aún más inquietante la travesía. Docenas de naves corsarias hacían su agosto constantemente convirtiendo en papel mojado cualquier tratado de paz.

En el contexto de la Guerra de Sucesión Austriaca (1740-1748) –conflicto tentacular por los diferentes escenarios en los que se desarrolló– unas reivindicaciones de escaso alcance del rey español de entonces, Felipe V, nos metieron en un conflicto multilateral en el que no nos iba gran cosa.

Los britanicos, muy contentos ante esta visión, iniciaron la persecución con fatales consecuenciasEn 1747 y navegando rumbo a este, Pedro Mesía y su marinera fragata de 70 cañones, que además embarcaba un importante cargamento de plata indispensable para financiar la guerra en curso, aproaban hacia las Azores. Estos pagos tenían agradables recuerdos para los españoles, pues allá por 1590, Alonso de Bazán hermano de otro insigne almirante, había aplicado un severo correctivo a una flota inglesa que merodeaba por la zona haciendo cautivo el famoso galeón Revenge, buque insignia de Drake .

Ya rebasando las islas, El Glorioso, que era el nombre de la nave tripulada por los españoles, se dio de bruces con tres navíos ingleses solapados a un convoy en labores de protección. Ni qué decir tiene que por aquel entonces cualquier buque que viniera de America era un bombón muy apetecible. Los britanicos, muy contentos ante esta visión y algo sobrados de expectativas, iniciaron la persecución con fatales consecuencias. En un combate nocturno que a priori se presentaba bastante desequilibrado, Pedro MesÍa y su experimentada tripulación despacharon de manera expeditiva a dos fragatas que sumaban un centenar de cañones. Un pequeño bergantín en funciones de vigilancia adelantada, a la vista de lo ocurrido, se dio a la fuga con todo el trapo que les alcanzo a izar.

Enterado el Almirantazgo Británico de la derrota, sometió ipso facto a consejo de guerra al comodoro Crooksanks que acabo sus días sembrando coles en una inaccesible isla escocesa. Pero la cosa no acabó ahí.

Una Némesis muy hábil

Ya rumbo hacia Finisterre les salió al paso otra flota inglesa de las que solía permanecer agazapada en las inmediaciones de la costa gallega a la espera de las frecuentemente desprotegidas naves procedentes del otro lado del océano. Nuevamente los ingleses fueron sometidos a una experiencia desagradable y tuvieron que aceptar que su Némesis era muy habil y estaba bastante enfadada. Las tres embarcaciones que tan alegremente se habían hecho a la idea de una merienda fácil, quedaron seriamente tocadas e insolventes para la exigente navegación de altura en el Cantábrico, teniendo que retirarse rumbo norte. Con todo y con eso la nave española dejo plantados a los atónitos ingleses y se dirigió a Corcubión a descargar su preciado tesoro. Pero de esta agarrada ultima, no había salido ilesa.

En Corcubión se desembarcó la plata de Indias con éxito, cumpliendo el capitán Pedro Mesía las ordenes asignadas. Se embarcó de paso munición y víveres con idea de ir a Ferrol a someter el navío a una revisión exhaustiva. Los destrozos causados en los anteriores combates habían causado la perdida del bauprés (palo horizontal de proa) y la popa tenia un mosaico de impactos que habían creado una ventilación escandalosa en la nave. Aun en esas circunstancias y en manos de un buen marino gobernar la nave con algunos elementos de fortuna improvisados a tal efecto, era posible. Otra cosa era sostener nuevos enfrentamientos con garantías de éxito.

Quiso la caprichosa fortuna que las fuertes corrientes imperantes en la zona junto con vientos adversos obligaran al barco a optar por la elección de Cádiz como destino. Estaban en estas los marinos españoles cuando quiso el destino que se toparan en el Cabo San Vicente con una flota corsaria –la Royal Family– compuesta por cuatro fragatas y un millar de hombres, al mando del comodoro Walker. Este imprevisto obstáculo era ya una cuestión de palabras mayores.

Pedro Mesía es un ejemplo sin pretensiones por su coraje natural y humildad proverbial Enzarzados ya en combate, El Glorioso, a la primera andanada le dejo tieso y sin maniobra al mayor buque de línea con que contaban los ingleses, el King George. Mientras tanto y en desigual combate contra otras cuatro fragatas la suerte volvió a sonreír a la avezada tripulación. Inocentemente se acercó la fragata Darmouth para arrimar el hombro con tan funestas consecuencias para su tripulación, que a las primeras de cambio recibió un impacto en la Santa Bárbara y murieron en el acto mas de trescientos británicos. El silencio que se hizo a continuación fue inenarrable.

La guerra es una maquina de devorar humanidad, ya sea esta como valor ético o como mero numero contable. Entre profesionales de la milicia, este tipo de carnicerías no son bien aceptadas, pero están en el guión. Pero la suerte estaba echada para El Glorioso. Un navío poderoso de tres puentes, el Russell, se había acercado al escenario del combate y la fragata española estaba embarcando mucha agua, con el añadido de que la munición estaba agotada y el aparejo literalmente había dejado de existir. La cubierta era un cementerio y estaba mas rasa que un pontón. A la vista de esto previa consulta con sus oficiales, Pedro Mesía decidió arriar el pabellón...

Las leyes del mar en tiempo de guerra  fueron  casi siempre respetadas por ambos bandos y estaban presididas por el respeto al adversario, sus vidas y aquellas propiedades de uso estrictamente personal. En todo momento el trato dado a los ilustres marinos españoles fue mas allá de lo correcto y no hubo desquites. Consta el agradecimiento del capitán Pedro Mesía a su homólogo inglés por el trato dado a la tripulación, hecho ratificado en Londres ante el embajador español, lugar adonde fueron llevados antes de su posterior liberación.

Ya de vuelta a la península, fue cubierto de honores y promovido a los más altos cargos. Por entonces, ya era un hecho –aunque con retraso en relación con Inglaterra-, la formación de la Real Armada, una fuerza combinada y compensada en calidad y cantidad que conseguiría su apogeo operativo a través de la preclara visión del Marques de la Ensenada, gran impulsor de la economía productiva en la península y el comercio con las colonias.

Pedro Mesía es un ejemplo sin pretensiones por su coraje natural y humildad proverbial para un país que debe de sacudirse algunos complejos y volver a escribir su historia con mayúsculas. Es el momento.