El último estilita: de traficante de drogas a monje ermitaño
  1. Alma, Corazón, Vida
  2. Empecemos por los principios
El Confidencial

Empecemos por los principios

Por
EC
Héctor G. Barnés

El último estilita: de traficante de drogas a monje ermitaño

Los estilitas eran unos monjes que vivieron durante la Edad Media y que se caracterizaban por habitar en la parte superior de una columna

Foto: El pilar Kathski, en una de las zonas más recónditas de Georgia, ha sido el hogar para muchos estilitas. (CC / Melberg)
El pilar Kathski, en una de las zonas más recónditas de Georgia, ha sido el hogar para muchos estilitas. (CC / Melberg)

Los estilitas eran unos monjes cristianos que vivieron durante la Edad Media en el Imperio Bizantino y que se caracterizaban por habitar en la parte superior de una columna, en su condición de ermitaños. Estaban inspirados por Simón el Estilita, un santo asceta cristiano que habitó en Sicilia durante el siglo IV y que es considerado el inventor del cilicio. Tras ser desterrado terminó viviendo en lo alto de una columna de tres metros, más tarde en una de siete y, por último, en una de 17, donde pasó las últimas décadas de su vida. Los estilitas, que se aislaban del mundo con el objetivo de evitar las tentaciones mundanas, fueron relativamente comunes hasta el siglo XV, cuando se produjo la invasión otomana de lo que hoy es Georgia, y fueron retratados de manera irónica por Luis Buñuel en Simón del desierto.

Una nueva vida al margen de todo

En pleno siglo XXI, un monje georgiano parece dispuesto a convertirse en el estilita definitivo. Maxime Qavtaradze, de 59 años, saltó a la fama hace unos pocos años cuando un equipo de la BBC se acercó al célebre pilar Katshki (en la boscosa región de Chiatura), en el que el religioso lleva 20 años viviendo, y al que es casi imposible acceder. La única manera de llegar a la cumbre es mediante una escalera de 40 metros, por la que Qavtaradze desciende apenas un par de veces por semana, ya que dicho procedimiento le lleva unos 20 minutos. Y no precisamente a hacer la compra, ya que sería imposible ascender cargado por dicha escalera (sus seguidores le hacen llegar la comida a través de un sistema de poleas), sino a rezar con su comunidad.

Cuando era joven bebía y vendía drogas

Muchas veces se ha criticado a los ermitaños por su deseo de mantenerse al margen de la sociedad, ajenos a los problemas del mundo real, pero no cabe duda de que el aislamiento ha dado lugar a un nuevo Qavtaradze, desde que dejase su empleo como operador de grúas hace 20 años (de casta le viene al galgo) y se colgase por primera vez los hábitos. “Cuando era joven bebía, vendía drogas, de todo. Cuando terminé en prisión supe que era momento de cambiar”, ha explicado el monje a The Daily Mail. La decisión de Maxime de cambiar su existencia coincidió con el colapso de la URSS y la independencia de Georgia, que volvió a admitir la práctica de la religión.

Fue precisamente en sus momentos de expansión cuando Maxime encontró la inspiración de lo que sería su vida futura. “Solía beber con amigos en las montañas por aquí y miraba a este lugar, donde la tierra se encuentra con el cielo”, reconoció. “Sabíamos que los monjes habían vivido aquí antes y sentía un gran respeto por ellos”. Poco podía imaginarse por esa época Qavtaradze que terminaría convirtiéndose en un monje más, y que seguiría la estela de los estilitas que vivieron hace siglos.

Los habitantes de la zona sabían que en la cima del pilar habían vivido antiguamente algunos monjes, por lo que Maxime decidió hacer lo propio y ascender a la cumbre, donde se encontró con poco más que las ruinas de un viejo monasterio, en el que se encontraban albergados los restos mortales de un antiguo sacerdote. Maxime durmió en una nevera para protegerse del frío hasta que reformó el monasterio y construyó el edificio donde ahora habita, un proceso que le llevó hasta 13 años por las evidentes dificultades para transportar el material de construcción.

Cuando la noticia de que un monje habitaba en dicho lugar comenzó a extenderse, en su base comenzó a reunirse una congregación religiosa que aún sigue aumentando. Dicha congregación da cobijo a todos aquellos que, huyendo de la vida moderna, deciden entregar su vida al descubrimiento espiritual y a “prepararse a conocer a Dios”, como asegura el sacerdote georgiano. A cambio, lo único que tienen que hacer es colaborar con las actividades del grupo y rezar unas siete horas al día. La Iglesia ortodoxa ha conocido un importante repunte en los últimos años, apoyada por el Estado georgiano. 

Drogas Religión Iglesia Construcción