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Historia y presente: el problema catalán
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José Luis Villacañas

Escuela de Filosofía

Por
José Luis Villacañas

Historia y presente: el problema catalán

Todo está orientado al instante actual: las formas de comunicarse, de percibir, de amar. Pocos echan de menos un tiempo más complejo, más estructurado

Foto: Ilustración: Jesús Learte Álvarez
Ilustración: Jesús Learte Álvarez

Todo entre nosotros está orientado al instante actual: las formas de comunicarse, de percibir, de atender, de hablar, de amar. Pocos echan de menos un tiempo más estructurado, más complejo. A una época a la que le cuesta trabajo imaginar el futuro, le cuesta también atender al pasado. Una cosa lleva la otra. La consecuencia es que sencillamente creemos que lo que no es actual, no existe.

En cambio, esta superstición respecto a las cosas que se nos dan en el tiempo no se ha extendido a las cosas que se nos dan en el espacio. Nadie asume que las cosas sean meramente las sensaciones actuales que tenemos de ellas. Nadie las reduce a colores, impresiones táctiles, olores, todo eso que puede ser objeto de la atención centrada en el ahora. Sabemos que hay algo invisible en las cosas, por debajo de sus superficies, que de forma misteriosa les ofrece densidad, solidez, resistencia. Desde luego, sabemos que eso que albergan las cosas por debajo de la piel que nos impresiona son campos de energía, espacios vacíos, neutrones y protones y todo eso. Pero jamás se nos ocurrirá pensar que, porque todo eso sea invisible, podemos dirigirnos contra ellas impunemente. Sabemos que algo invisible en ellas nos ofrece resistencia, produce choques mortales, genera conflictos entre ellas y nuestros cuerpos. En suma, eso invisible en ellas hace que las cosas no estén sometidas a nuestra voluntad. No podemos disponer de ellas si no respetamos las leyes que rigen su estructura invisible.

El fenómeno del choque, del conflicto, nos condena a la violencia

Resulta muy extraño que hoy pensemos que el tiempo es diferente. Sin embargo, él también, aunque invisible, tiene densidad, solidez, y es capaz de oponernos resistencia de forma tan dura como las cosas, los muros, los objetos metálicos y acerados. De forma desatenta, creemos que porque el tiempo pasado no se vea, ya no existe. Deberíamos comenzar a creer que el tiempo presente es también materia; que tras la superficie del presente se esconde una dura, impenetrable, inmanejable, indisponible materia, y que para tratarla sin riesgos debemos conocer sus leyes y respetarlas.

De la misma manera que verificamos la densidad de la materia externa mediante los choques que destrozan los cuerpos y producen las ruinas, verificamos la tozudez de la materia histórica, la materia del pasado, cuando de repente vemos que estallan los conflictos a nuestro alrededor. Entonces echamos mano de todo lo que nos ofrece lo actual y nos sentimos como desnudos. No sabemos qué hacer ni qué decir. El fenómeno del choque, del conflicto, cuando para su administración sólo nos asiste la atención a lo actual, nos condena a la violencia. Verbal, expresiva, al principio, poco a poco aumentará su intensidad en la medida en que el sujeto esté desprovisto de herramientas culturales.

Las percepciones del pasado y la angustia del futuro

Conocer el pasado es no sólo la manera de producir distancias culturales para evitar el choque violento de la desnuda expresividad, sino también la forma de jugar con esas distancias para que den lugar al reconocimiento del otro y entender su problema, algo que por lo general también se hunde en el pasado y está aumentado por la inquietud del futuro. En suma, el conflicto es aquello que hace que el tiempo presente cobre toda su dimensión y complejidad, lo que exige que la percepción levante la vista más allá del instante actual, hacia el pasado y hacia el futuro.

Un futuro que no puede anticiparse es siempre percibido como una amenaza

Nuestras sociedades, volcadas hacia el instante de la actualidad, generan por doquier sujetos incapaces de obtener percepciones adecuadas sobre el pasado, de ofrecer relatos compartidos de la experiencia vivida. Mi impresión es que estos sujetos tampoco están en condiciones de neutralizar de forma compartida la angustia de un futuro que, oculto tras los destellos inconexos de la memoria inmediata, no deja ver su rostro y es imposible de anticipar. Y un futuro que no puede anticiparse es siempre percibido como una amenaza.

Estas reflexiones valen para la existencia de cualquier grupo humano. Están en el fondo de la carencia de herramientas para manejar el conflicto que se da dentro de las paredes de una casa, en la violencia de género, y lo están también en el fondo de los conflictos que estallan entre los grupos más amplios, comunidades y pueblos, tal y como hemos visto ahora entre Ucrania y Rusia o, como vemos entre nosotros, entre Cataluña y el resto de España. El hecho de que nos haya producido escándalo un congreso titulado “España contra Cataluña” ha desviado nuestra atención de algo todavía más importante: que no teníamos un relato conocido, persuasivo, previo, extendido y alternativo al que se anunciaba con este rótulo. Que una parte crea que pueda disponer del pasado a su arbitrio es la prueba evidente de que la sociedad en su conjunto ya había perdido todo contacto adecuado con su pasado.

La leyenda negra de la no escritura de la Historia

Es la vieja queja castiza contra la leyenda negra. Pues, en efecto, esta queja castiza olvida que la leyenda negra se impuso desde el siglo XVI sencillamente porque Felipe II dio orden de no escribir historia alguna. Sólo un valiente y esforzado Mariana, que pagaría con la cárcel su valentía por esta y otras cosas, se atrevió a escribir una historia española en latín -aunque luego fuese traducida-, que fue la única vigente hasta el siglo XIX, y que por no tentar a la suerte decidió terminar en el reinado de Fernando el Católico. Al abandonar el campo del pasado, el poder público hispano fue así víctima del relato que escribieron los otros.

placeholder En la Constitución hay una promesa de pervivencia de la cultura catalana. (CC/Miguelazo84)

Nuestro sistema de enseñanza está fomentando el mismo defecto que Felipe II. Está abandonando el sentido del tiempo, a cambio de fomentar el sentido de lo actual. Está abandonando una condición fundamental de la ciudadanía, a cambio de fomentar sólo la condición de integrante del mercado de trabajo. Esto es un error. Si uno entra en un colegio británico que se precie, lo primero que ve en la parte alta de la pared de todas las aulas es una línea del tiempo que les permite a los alumnos adquirir familiaridad con las mediaciones históricas de las que su presente es resultado. Ahí, en las mediaciones filosóficas, religiosas, culturales, literarias y sociales, el presente adquiere significado y muestra su estructura plena, los estratos de tiempo que lo sostienen y le dan sentido y densidad material. Ahí se adquieren las herramientas para mediar el conflicto con razones que nos enseñan a cuestionar una posición dogmática, unilateral, ensimismada.

Esto no quiere decir que nuestros profesores de historia no sepan mucho más sobre la historia de España y del mundo que en ninguna etapa anterior. Por ejemplo, en el congreso que nos escandalizó, la inmensa mayoría de historiadores españoles podría dar razones de que esa formulación era exagerada y unilateral. Pero entregado cada uno a su especialización, no han sabido ofrecer un relato animado, vital, persuasivo, retóricamente refinado y literariamente atractivo del avatar histórico de España y sus pueblos. En el fondo, la historia de un país es como su política. A una historia ensimismada en hablar a especialistas, que dejan el campo del pasado común a la novela histórica, corresponde una política distante, elemental, brutal y carente de argumentos y de retóricas a la altura de los tiempos.

La participación del otro

Quien se decida a obedecer la norma de reconocer al otro, deberá conocer su historia. Y deberá hacerlo de tal modo que el otro participe en la narración de su pasado. Sólo así los interlocutores podrán comprender sus miedos y sus inquietudes, cuyo desconocimiento lleva directamente al conflicto. Algo de eso ha pasado en los últimos diez años entre Cataluña y España. Los miedos y las angustias existenciales de los dos colectivos han crecido por doquier, confrontados a una situación mundial cambiante y amenazante de globalización que altera la expectativa de los grupos humanos y amenaza la pervivencia de su identidad.

En la Constitución de 1978 hay una promesa de pervivencia de la cultura catalana, entregada por la totalidad del pueblo español al pueblo de Cataluña

Sí, en el fondo de todo conflicto hay una inseguridad, un miedo, una amenaza. Comprenderlo e identificarlo es media solución del problema. Presionada por la potencia de la cultura en español, la segunda del mundo, una cultura milenaria como la catalana no deja de verse en peligro de extinción. Para un español de Cáceres es fácil que esto no sea percibido como una tragedia, pero cualquier español debería sentirlo como tal. Porque en la Constitución de 1978, como no podía ser de otra manera, hay una promesa de pervivencia de la cultura catalana, entregada por la totalidad del pueblo español al pueblo de Cataluña. Esa promesa debería ser cumplida y debería ser puesta por encima de cualquier conflicto que en el pasado haya acontecido entre España y Cataluña. Porque esa promesa se hizo a cambio –es lo que se promete al acatar la Constitución- de acallar la inquietud y la angustia de muchos españoles ante el horizonte de que el pueblo de Cataluña no forme parte de los pueblos de España, una inquietud que atraviesa la mente y el corazón de tantos que saben de forma consciente o inconsciente de la debilidad de su historia unitaria nacional.

Pero lo que no forma parte de los pueblos civilizados es dejarse llevar por los miedos y las angustias. Abandonarse a ellos es el mejor camino para que el peor de los escenarios se cumpla. Cualquiera que conozca la historia de España y de Cataluña percibirá que se equivocan los que desde Cataluña creen que el poder público español es tan débil como para que no pueda recomponer vínculos con una mayoría de catalanes. Lo hizo en 1520, como lo hizo en 1650, en 1720 y en 1931. Pero quien sepa algo de esa historia afirmará que también se equivocan los que aspiran a que el poder público central español sea tan fuerte como para reducir a Cataluña a una región más de España. Eso lleva sin pasar mil años y no va a pasar ahora, no debe pasar, porque, como ya he dicho, la Constitución de 1978 encierra una promesa de que no pase.

Sobre estas líneas todavía puede darse un diálogo informado por la historia, capaz de reconocer los miedos existenciales de los interlocutores entre sí, y capaz de encontrar los hallazgos constitucionales e institucionales suficientes para apagar esos miedos y ofrecer un futuro estable a nuestro pueblo. Un futuro estable, no definitivo. Suficiente en todo caso para enfrentarse con serenidad a los retos que la presente situación mundial representa para todos los actores dotados de cierta identidad histórica comunitaria. 

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Todo entre nosotros está orientado al instante actual: las formas de comunicarse, de percibir, de atender, de hablar, de amar. Pocos echan de menos un tiempo más estructurado, más complejo. A una época a la que le cuesta trabajo imaginar el futuro, le cuesta también atender al pasado. Una cosa lleva la otra. La consecuencia es que sencillamente creemos que lo que no es actual, no existe.

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