La clave de una sociedad abierta, libre y democrática

La utopía, decididamente, es un género a la baja. Hoy nadie quiere imaginar un futuro utópico. Existen, en cambio, numerosos ejemplos culturales de la imaginación del

Foto: Ilustración: Jesús Learte Álvarez
Ilustración: Jesús Learte Álvarez

La utopía, decididamente, es un género a la baja. Hoy nadie quiere imaginar un futuro utópico. Existen, en cambio, numerosos ejemplos culturales de la imaginación del Apocalipsis. El cine actual está plagado de ellos. En el fondo, ya desde la obra de Orwell 1984 se presentía que, respecto del futuro, iba a ser más fácil imaginar lo peor que lo mejor. Ese pesimismo, que parecía obra de un escritor realista en 1949, es hoy el estado general del ciudadano medio. Con él se hace imposible la utopía.

El olvido generalizado de Isaac Asimov, héroe del utopismo de los años 60 y 70, es el síntoma de un presente en el que ya nadie se atreve a ver nuestra época en su totalidad, ni a proyectarla hacia el futuro. Sólo un hombre como Asimov, que a los tres años pasó del este ruso a corretear por las calles de Brooklyn, podía gozar de la euforia suficiente como para avanzar pronósticos reconfortantes sobre el futuro. Él, que se había salvado del antisemitismo soviético y gozaba de la abundancia americana, traía buenas noticias para el ser humano: al menos en aquel momento, los límites de nuestro poder no estaban a la vista.

Ahora sospechamos que Asimov se ilusionó con bien poca cosa, y quizá por eso lo hayamos olvidado. ¡Su pronóstico es tan decepcionante como lo real!Toda aquella euforia está olvidada. Ahora a los intelectuales se les pide que opinen, literalmente, sobre moda. No se les pide que ofrezcan una utopía porque, en el fondo, no albergamos esperanzas de poseer una idea del presente. Sólo nos queda contemplar la actualidad. No es sólo que no tengamos alternativas frente a lo que vivimos; es que sencillamente no sabemos lo que vivimos. Hace cincuenta años, Asimov hizo un pronóstico de los aparatos que facilitarían la vida del ser humano en 2014. Hoy los tenemos casi todos, en efecto, pero ahora comprendemos que acertar en esto parece irrelevante para responder hacia dónde vamos. Ahora sospechamos que Asimov se ilusionó con bien poca cosa, y quizá por eso lo hayamos olvidado. ¡Su pronóstico es tan decepcionante como lo real! Mirar el presente como un todo, eso de lo que gozó el hombre medieval, el hombre moderno, ese espectáculo ya no está a nuestro alcance.

De 'La ira de Dios' a 'La ira de la Tierra'

No es un azar que las utopías surgieran a los pocos años de que Colón descubriese las bocas del Orinoco. Los relatos utópicos imaginaban el futuro justo cuando comenzábamos la exploración de los límites del espacio. Hoy comenzamos a comprender que ciertos límites no pueden ser desplazados, y eso nos asfixia y nos cansa. Hasta ahora, el ser humano sobrevivió porque tenía horizontes abiertos. Desde Platón, pasando por San Agustín, se comportó como si la eternidad fuera una promesa debida; cuando dudó de que el cristianismo la atendiera, desolado por la melancolía, buscó la respuesta inmediata de la magia; después la Ilustración le hizo abandonar esa ilusión y le pidió que depositara su confianza en el progreso de la razón. Y he aquí que hoy la ciencia, que es la verdadera pagadora de las deudas que había contraído la Ilustración, nos dice que ni siquiera permanecerá esa apertura de un futuro en progreso continuo.

Isaac Asimov retratado por Rowena Morrill.
Isaac Asimov retratado por Rowena Morrill.

No, tampoco la ciencia nos trae buenas noticias. Hoy sabemos que el tiempo humano acabará, que quedará como una insignificancia perdida en el tiempo del cosmos. La única probabilidad esperable de vida, la que se forjó en este planeta Tierra, tiene unas condiciones tan precarias que cada día que pasa aumenta su improbabilidad. Una de las últimas obras de Asimov ya hablaba de la “Ira de la Tierra”, una especie de justicia que remeda la vieja Ira de Dios. Frente a las catástrofes naturales, las menudencias que nos pueda prometer la técnica virtual en los próximos cincuenta años no pasan de ser una distracción, un entretenimiento en manos de un hombre infantilizado. No, el smartphone no es el sustitutivo de la promesa de eternidad. Por eso, decepcionados de no poder imaginar un futuro utópico abierto, el único futuro que imaginamos es el apocalíptico.

Si no queremos reducirnos a ser animales adaptados, domesticados, pasivos, entretenidos, deberíamos volver a ser capaces de imaginar un futuro, aunque tengamos que eliminar viejas ilusionesPero no podemos vivir sin imaginar. Desde que recordamos, imaginamos el futuro. Quizá sea ésta la diferencia más llamativa entre el animal y el ser humano. El felino en la pradera, la gacela en la sabana o el chimpancé en la floresta, están alerta ante lo inminente. Excitados por la intensa atención hacia lo que pueda irrumpir, su futuro es inmediato, cercano, como si fuera un instante presente. Pero el ser humano fue otra cosa. De la misma manera que aprendió a mirar lejos en el espacio para ver el peligro antes de que se acercara, supo mirar lejos en el tiempo. Fue una facultad sorprendente y enigmática, casi milagrosa, que hasta ahora nos había salvado. La utopía, este mirar lejos en el tiempo, sirvió también para imaginar los peligros agazapados entre los pliegues del presente. Pero ahora comenzamos a sospechar que desandamos ese camino para centrarnos en el instante, en el tiempo del animal entretenido. ¿Podremos hacerlo?

Necesidad de la utopía

Sólo si hubiéramos estabilizado los riesgos, si viviéramos adaptados en medio de una técnica que ya es como la naturaleza para los animales, podríamos regresar a ese tiempo del instante. ¿Pero queremos ser eso, animales domesticados y entretenidos? Al olvidar los riesgos, ¿no experimentamos algo así como una regresión infantil? En todo caso, algo está claro. Si no queremos reducirnos a ser animales adaptados, domesticados, pasivos, entretenidos, deberíamos volver a ser capaces de imaginar un futuro, aunque tengamos que eliminar viejas ilusiones, pues ya sabemos que sólo disponemos de un tiempo finito.

Sí, debemos imaginar el futuro, si queremos ordenar el tiempo de la singularidad que somos e identificarnos con nosotros mismos. ¿Pero lo queremos? Y si es así, ¿cómo hacerlo? Y si no lo deseamos, ¿cómo despertar a ese querer? Dejo las respuestas en el aire. Pero de que seamos capaces de responder a este reto, depende la clave que rige el destino de nuestra sociedad democrática como sociedad de individuos. Pues de ello dependerá que el futuro albergue una promesa, la clave de todas las valoraciones y la fuente de todas las motivaciones para actuar. Imaginar el futuro de una utopía singular, propia de cada uno, eso es lo que parece todavía irrenunciable, si queremos mantener el compromiso con una sociedad abierta, libre y democrática.

Escuela de Filosofía
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