Si tanto te preocupa la España vacía, vete a vivir a ella: historia de una hipocresía

La mayoría de discursos sobre esa supuesta excepción que es el mundo rural se debaten entre el desprecio y la fascinación. Y ambos son tremendamente peligrosos

Foto: Cuacos de Yuste, en Cáceres (Extremadura). (Foto: iStock)
Cuacos de Yuste, en Cáceres (Extremadura). (Foto: iStock)

A estas alturas ya no se acordará, pero en algún momento del pasado remoto y ya olvidado de esta (pre)campaña electoral —es decir, el domingo pasado— tuvo lugar una manifestación por la España vaciada en la que 50.000 personas reivindicaron una mayor inversión económica y medidas para evitar la despoblación. Todos los partidos (todos) saltaron rápidamente a mostrar su apoyo. No tengo ninguna duda de que será así, y que los partidos realizarán un gran esfuerzo. Concretamente, un esfuerzo y un tiempo exactamente proporcionales a la cantidad de votos que puedan rascar en los comicios, ni una gota más, que el escaño está muy cotizado en las provincias despobladas.

Dentro conversación:

—Qué pena que el pueblo se vacíe.

—Pues vete allí a vivir.

Esta conversación, que la he escuchado en distintas variantes y con diferentes protagonistas, refleja bien la paradoja que envuelve a la España vacía, o vaciada, o como se quiera llamar (luego volveré a ello). Todo el mundo, conservadores y progresistas, nacionalistas de una nación o de otra, capitalistas y anticapitalistas, están de acuerdo en lo lamentable que es que la España rural desaparezca. Es imposible no estarlo. Son unas raíces no precisamente lejanas, la última hebra que nos liga a nuestra propia historia, la muestra de que otras formas de vida ¿más auténticas? son posibles. Rechazar la vida en ese ámbito sería como rechazar los propios deseos, pues para la España urbana, la España rural es una especie de subconsciente silencioso.

La España vaciada es como un conocido con depresión: no sabes cómo ayudarle y te consuelas pensando que en el fondo es su problema

Lo que ya es más difícil es hacer algo, tomar partido. Curiosamente, aquellos que conozco que han decidido seguir en el pueblo donde crecieron —sea por convicción, por preferencia o por quijotismo, qué más da—, suelen tomárselo con más naturalidad que los que se marcharon, que experimentan una mezcla de condescendencia, fascinación y mala conciencia. La España vaciada es como un conocido con depresión. Sabes que deberías hacer algo para ayudarle pero no sabes muy bien qué, y al final terminas consolándote pensando, aunque no lo explicites, que en el fondo es su problema. Total, a nadie le obligan a vivir ahí. También es como una damisela en apuros, que necesita ser rescatada por un mesías urbano, iluminado y "con voz".

Quizá estemos entendiendo mal la España vacía o vaciada. Es posible que el primer concepto de Sergio del Molino (que, por cierto, ha pasado de recibir críticas razonables a convertirse en chivo expiatorio por supuestamente decir cosas que nunca ha dicho) no sea el mejor, pero "vaciada", con esa pasividad que implica el participio, me gusta aún menos. Quizá deberíamos dejar de hablar de España vaciada, como si la España a secas fuese la urbana —a veces reducida de forma absurda a Madrid, Barcelona y un par de capitales más— y comenzar a hablar de la España llena, que es la que se agolpa en las grandes ciudades.

San Vicente de Munilla, uno de los  pueblos deshabitados de La Rioja. (iStock)
San Vicente de Munilla, uno de los pueblos deshabitados de La Rioja. (iStock)

La estadística lo avala: si según el INE, 14.898.437 personas viven en capitales de provincia y aquí somos 40 millones, a lo mejor la población urbana es la excepción y no la norma, al menos en lo que se refiere a demografía. Quizá sea una cuestión de perspectiva impuesta por el hecho de que las instituciones, las grandes empresas y (sí), los medios de comunicación como este se concentren en apenas dos ciudades. Lo escribía el otro día Fernández-Albertos y tenía razón. El problema no es solo la despoblación, sino que apenas dos metrópolis concentren la mayor parte de la actividad, lo que provoca que en muchos casos la migración no sea del pueblo de Ávila a Ávila, sino del pueblo de Ávila a Madrid. Un gran número de los pueblos desaparecidos lo han hecho absorbidos por capitales de comarca que se han quedado con ayuntamientos, comercios y servicios. Ambos forman parte de la misma peligrosa tendencia hacia la concentración.

Del desprecio a la fascinación

'La lluvia amarilla' de Julio Llamazares es una novela tan magnífica como peligrosa si la utilizamos para comprender la despoblación, quizá porque su voluntad no es la de la crónica sociológica, sino el de llevar 'La caída de la casa Usher' de Poe o una pesadilla 'lovecraftiana' al Pirineo aragonés. Si algo he descubierto desde mi perspectiva de urbanita cerril es que esa otra España es sospechosamente parecida a la otra. Ni mucho menos son ignorantes políticos (es más, sospecho que a consecuencia de las características de la vida rural tienen una mayor conciencia del funcionamiento de las administraciones y de la influencia de la política en lo cotidiano) ni están aislados (quizá la fibra no llegue a todas partes, pero internet virtualmente sí) ni carecen de voz, porque hay un gran número de personas peleando cada día para mejorar sus condiciones de vida.

A esa España-España le sobra relato y le faltan servicios. Sus necesidades no son tan diferentes a las del resto del país

Si tan problemático es el desprecio por la vida de pueblo, tanto o aún más lo es la romantización. Lo advierte María del Mar Martín, una de las repobladoras del segoviano Campo de San Pedro, en 'Los últimos. Voces de la Laponia española' de Paco Cerdá, uno de los mejores libros para entender este fenómeno, cuando explica que "hay un gran desconocimiento, una parte de la sociedad ha mitificado el ámbito rural; otra lo ha denostado". Mucha gente, añade, huye de la ciudad en plena crisis existencial para darse cuenta de que la vida en el campo no es fácil. Y expresa otro lamento razonable: "De despoblación se ha escrito todo, pero lo único que se ha hecho ha sido escribir y hacer estudios. Estamos muy hartos, hasta el gorro, de recibir lecciones. Aquí todo el mundo viene a decirnos qué hacer para que esto funcione. Pero nadie se queda a hacerlo".

Quizá a esa España a la que es mejor no poner adjetivos le sobre relato y le falten servicios. Que no le vengan especialmente bien esas visitas de reporteros en plan 'La gente de Bart' a relatar la decadencia rural a tope de epítetos, metáforas y retruécanos barrocos, que ya se sabe que el campo solo puede describirse con arcaicismos y esdrújulas. Y quizá le venga algo mejor entender que las necesidades no son tan distintas a la del resto del país, y que si en un barrio de la periferia capitalina pueden hacer falta más líneas de autobús, colegios o médicos, quizá en un pueblo en crisis demográfica también hagan falta más conexiones con la capital más cercana, centros para los pequeños o, sobre todo, asistencia médica en una población cada vez más envejecida.

El señor Cayo, otro peligroso icono del mundo rural. (Filmin)
El señor Cayo, otro peligroso icono del mundo rural. (Filmin)

El de la despoblación es un problema particularmente incómodo, no solo porque no tenga fácil solución más allá del parche ocasional, sino porque supone replantearnos las bases en las que se basa nuestra sociedad y modelo productivo, cada vez más basado en el turismo y el sector servicios. En una sociedad basada en la acumulación y el crecimiento extenuante, donde la rentabilidad es el factor esencial tanto para la empresa privada como para el Estado, la propuesta vital de estas comunidades, que pasa por algo parecido a la autogestión y la subsistencia con lo que ellos mismos producen, aun a costa de ciertas comodidades (ocio, consumo), se erige en contra del individualismo productivo y urbano del empleo moderno.

En 'El disputado voto del señor Cayo', otro de esos libros icono de la despoblación, su protagonista, el diputado Víctor, veía la luz tras conocer al señor Cayo del título y volvía a la capital desencantado con la palabrería de la vida urbana, al comprobar que la vida en el campo era mucho más plena de lo que pensaba. Mi lectura era mucho menos generosa que la que se suele realizar: en realidad, el protagonista no aprendía nada de nada. De su desprecio elitista a su fascinación del converso al creer que en una tarde ha podido aprender cómo es verdad la vida rural, en realidad sigue siendo el mismo paleto de ciudad que era al comienzo de su viaje. Un político incapaz de comprender la realidad si no es a partir de mistificaciones.

La política, al considerar el mundo rural como un universo misterioso y sagrado, ha olvidado que tiene las mismas necesidades mundanas que el resto

Gran parte de la discusión sobre la España vacía (o la España-España) peca de ese mismo problema. No creo ni que el entorno rural sepa más que el urbano, ni que tengan la clave de una vida feliz, ni que sean "redentores", como los considera Víctor, ni que sean mejores o peores; simplemente, disponen de otros conocimientos, sus necesidades son un poco diferentes y no necesitan ni redimir ni ser redimidos. Al final de la novela, el político lamenta que su partido solo es capaz de llevar "palabras, palabras y palabras" al campo, donde sí saben qué es actuar. Pero ese quizá haya sido el gran problema de la política española desde la Transición: que al considerar el mundo rural como un universo misterioso y sagrado no ha sido capaz de entender que tiene las mismas necesidades mundanas que el resto.

Mitologías

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