Lo que sucede después de los atentados yihadistas: un esquema perturbador

Tras cada masacre terrorista, los acontecimientos que se suceden son muy similares en los países occidentales. Pero esa repetición de hechos tiende a ocultar aspectos muy relevantes

Foto: Homenaje a las víctimas de los atentados de París. (Efe / Étienne Laurent)
Homenaje a las víctimas de los atentados de París. (Efe / Étienne Laurent)

Los atentados terroristas son traumáticos en muchos sentidos. Rompen nuestra normalidad de un modo difícilmente reversible. De pronto, todas aquellas cosas que realizamos en nuestra vida cotidiana, como desplazarnos a lugares concurridos, acudir a eventos deportivos o centros comerciales o tomar un tren se llenan de riesgo. La confianza básica se rompe, y empezamos a temer, por nosotros o por nuestros seres queridos, otro golpe ciego de los asesinos en cualquier espacio en el que antes nos sentíamos seguros. A partir de ese momento traumático, los acontecimientos se suceden, y al menos desde 2001, suelen contar con el mismo esquema:

Los sentimientos

La falta de sentido último de esas muertes nos perturba enormemente, a lo que se reacciona mostrando el dolor y la empatía con víctimas y familiares, reforzando el sentimiento de pertenencia a algo común, activando los sentimientos más solidarios, pensando menos en las diferencias y más en lo que nos une. Hay también mayor sensación de miedo, y crece igualmente la indignación. Apenas queda espacio en nuestras mentes y en nuestras conversaciones para otros asuntos.

Reacciones institucionales

Se emiten declaraciones institucionales con gesto firme y rostro serio, que tratan de ofrecer consuelo a los familiares de las víctimas, que prometen ofrecer toda la ayuda posible, y que señalan que llevarán irremediablemente a los responsables ante la justicia. Se insiste en que que se tomarán medidas de gran calado para que esto no vuelva a suceder. La gente piensa que ojalá sea esta la última vez que se tenga que asistir a una tragedia de esta magnitud.

El papel de las redes

Mucha gente da el paso adelante y comienza a ofrecer soluciones, en general las más tajantes. La indignación del momento anima a expresar contundentemente aquello que ya se pensaba. Las redes, esas conversaciones antes circunscritas a nuestros entornos y que ahora tienen alcance masivo, se llenan de posturas diferentes y a menudo contrapuestas, pero en las que suele repetirse un esquema, el reproche de los partidarios de lo drástico frente a los que pretenden una solución distinta: dada la gravedad de los acontecimientos, quienes no opten por las posturas más firmes están creando el problema en lugar de solucionarlo; quienes no acojan la mano dura como la mejor solución, son una suerte de quintacolumnistas involuntarios que están ayudando a los violentos.

Los atentados vinculados con el extremismo fundamentalista desde el 11-S suelen haber sido precedidos de fallos de inteligencia

Cambios en la seguridad

Los gobernantes toman decisiones destinadas a solucionar el problema, que en general consisten en hacer lo que estaban haciendo ya, pero con mayor intensidad. Internamente se suelen reforzar las medidas de seguridad, dotando un mayor radio de acción a las fuerzas del orden y a los servicios de inteligencia, en general en forma de recorte de derechos, que invariablemente generan discusiones públicas de tono elevado y utilidad nula, porque el debate no modifica las decisiones adoptadas. Pero esa controversia suele ocultar un aspecto relevante, como es la ineficiencia en la información y en la prevención de los sistemas destinados a ellas. Los atentados vinculados con el extremismo fundamentalista suelen haber sido precedidos de fallos estrepitosos en el análisis de información de inteligencia desde el 11-S. Siempre ha habido “viejos conocidos de la inteligencia” involucrados o errores sustanciales en la lectura de la información con que se contaba, pero esa ineficiencia queda en segundo plano respecto de la necesidad de un mayor o menor control de las actividades ciudadanas.

Política exterior

Se aboga por nuevas soluciones en política exterior, que suelen ir en la dirección de incrementar los esfuerzos bélicos. Habitualmente, las intervenciones militares, totales o limitadas, son abordadas desde la perspectiva ética y sobre la conveniencia y la justicia de lo bélico, pero esa perspectiva también suele tapar otra muy relevante, la de la mera eficiencia. Y, en ese sentido, las acciones de guerra en Oriente Medio llevadas a cabo por Occidente no han hecho más que instigar cambios a peor en esos territorios. Para acabar con el terrorismo y con las armas de destrucción masiva, se quiso derribar a a un dictador, Sadam Husein, y lo que se hizo fue desestructurar un país y convertirlo en un hervidero de radicales yihadistas; se quiso expulsar a Assad del poder, porque era un tirano, y lo que se consiguió fue que el Daesh se hiciera con la mitad del país; y eso por no mencionar Egipto, Libia o Palestina. Todas las transformaciones que se insinuaron tras la primavera árabe han mutado en un escenario lleno de pesadillas: tomar un país o derrocar a sus gobernantes tiene su dificultad, pero estabilizarlo después es mucho más complicado. Y parece que en todos estos casos se intervino sin un plan definido, o con planes absolutamente ineficientes. Pero eso no parece óbice para que lo que se esté valorando es seguir haciendo lo mismo, pero más.

Los matices y los análisis sosegados desaparecen durante bastante tiempo de la escena pública, y más en un contexto de riesgo latente

¿Y qué dicen los musulmanes?

Se lanzan campañas para no criminalizar a los musulmanes y para que el odio xenófobo no recaiga sobre ellos, pero lo cierto es que mientras unos discuten del peligro de la inmigración y otros la defienden, todo el mundo se olvida de un hecho evidente, como es que hay que apoyar y reforzar a quienes, por tener su mismo origen étnico o por profesar la misma religión, son los primeros interesados en que los yihadistas no se hagan con el poder. Interna y externamente, los islamistas moderados son ignorados por una parte y otra.

Soluciones sencillas, pero ineficaces

Los matices y los análisis sosegados desaparecen durante bastante tiempo de la escena pública. La amenaza yihadista incluye diferentes y complejos factores, juega con un peligro difuso y siempre latente y nos somete a una situación de riesgo continuo. Y en esos contextos, lo usual es tomar las decisiones más sencillas, más obvias, más fáciles y, desde luego, las menos pragmáticas y efectivas. Aparecen gobernantes, analistas políticos o gurús que nos explican que tienen la solución y que la van a llevar a cabo, normalmente mediante la guerra interna y externa, sin entender que eso es lo que se ha estado haciendo desde 2001 en los países árabes, y que la situación va a peor, allí y aquí. Lo lógico sería detenerse a pensar, analizar la situación con sensatez, trazar otras estrategias y priorizar aquello que pueda promover la estabilidad y la desactivación de los radicales. Pero, como no hay lugar para la racionalidad, se prefiere lo que es rentable a corto plazo, y más electoralmente, como es la mano dura ciega, sin pensar que esas políticas han sido sucesivamente ineficientes.

La sensación que permanece en el común de la gente es la de impotencia. Los problemas no se arreglan, sino que van relegándose a un segundo plano tras el paso de un tiempo prudente, y nos acostumbramos a convivir con las amenazas y con la ineficacia. Y así hasta la próxima ocasión.

Tribuna
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