Los responsables últimos de los atentados terroristas

La tragedia de Barcelona debería servirnos para buscar los mejores medios para acabar con el terrorismo. En lugar de eso, se ha convertido en un cruce de acusaciones. Gran error

Foto: Ada Colau, Felipe VI y doña Letizia, en el Ayuntamiento de Barcelona. (Sergio Barrenechea / Reuters)
Ada Colau, Felipe VI y doña Letizia, en el Ayuntamiento de Barcelona. (Sergio Barrenechea / Reuters)

Las declaraciones de Santiago Martín, el cura madrileño que culpó de “cooperación con los terroristas” a Ada Colau por no haber instalado bolardos en los accesos a la Rambla, y que insistía en que en Madrid podía haber pasado lo mismo porque “Carmena, del mismo partido que la alcaldesa de Barcelona, extrema izquierda, comunistas radicales, piensa que no hay que coartar la libertad de los asesinos”, no son una cuestión accidental, un exabrupto aislado tras la tragedia, sino una constante en estos días.

Echar un vistazo a las redes en las últimas 72 horas ha supuesto el gran esfuerzo de apartar los reproches, descalificaciones e insultos que de un lado y otro se esgrimían contra el adversario político, ideológico o personal. Al segundo siguiente de mostrar el dolor por las víctimas, un montón de gente se lanzaba dialécticamente contra otra con la menor excusa. Unos lo hacían, a la manera que ha ocurrido con Colau, señalando como cooperadores necesarios a determinadas personas o grupos: ellos eran, por su buenismo, por su tolerancia o por su intolerancia, tan responsables como los criminales. Otros simplemente esperaban agazapados a que alguien escribiese un comentario poco matizado, o inapropiado, o reprochable, o deleznable, para saltarle al cuello tuitero. Otros se limitaban a instrumentalizar políticamente la situación para atacar a sus adversarios de siempre (la extrema derecha, la CUP, los podemitas, los independentistas, Aznar, alguien de Facebook que te cae mal...).

El terrorismo emplea una táctica que pretende hacer mella en el enemigo de manera que el temor y la confusión le lleven a utilizar mal sus fuerzas

Parece que es mucho más satisfactorio ignorar el pecado y atacar al pecador. Quizá sea más divertido esgrimir el palo dialéctico y ponerse a repartir, pero solo contribuye a empeorar las cosas. Es mucho más práctico, y más sensato, poner el foco en el problema y analizar con qué soluciones se cuenta y cuáles se pueden poner en marcha que prestar demasiada atención a personas concretas, que no se representan más que a sí mismas (o a grupos minoritarios). No estamos acostumbrados como sociedad a pensar en términos sistémicos, sino que preferimos lo anecdótico, porque es lo que da juego para ese 'Sálvame' cotidiano en el que parecemos movernos, pero eso no es más que una prueba de nuestro empobrecimiento.

Una estrategia militar

Cabe recordar aquí una atinada reflexión de Yuval Noah Harari, escrita hace un par de años, que fue publicada por 'The Guardian' y traducida al español por 'Letras libres', en la que insiste en un aspecto fundamental. El terrorismo es una estrategia militar que pretende ganar la guerra mediante el miedo y la confusión. Aparece cuando los contendientes poseen fuerzas claramente descompensadas y el enfrentamiento directo llevaría a la completa derrota de uno de ellos. Por eso se emplea una táctica cuyo objetivo último es hacer mella en el enemigo de manera que el temor y la desorientación le lleven a utilizar mal sus fuerzas.

Quien recurre al terrorismo lo hace porque sabe que no puede entablar una guerra y opta por producir un espectáculo teatral

En una acción bélica, se atacan las comunicaciones, las fábricas, los arsenales del enemigo, o se intenta disminuir radicalmente su número de soldados. Nada de esto hacen los terroristas; tras cada una de sus acciones, que se dirigen a dañar a la población civil a menudo en momentos de ocio, el poderío militar de los adversarios no se ve disminuido en absoluto. Lo que pretenden es vencer al rival utilizando el poder de este y no el suyo. Por eso, “quien recurre al terrorismo lo hace porque sabe que no puede entablar una guerra y opta por producir un espectáculo teatral. Los terroristas no piensan como generales del ejército sino como productores teatrales”.

No pueden vencernos

Así es también en esta ocasión. Los terroristas no pueden derrotar a Occidente, no está en su mano. Pero sí está en las nuestras hacer que las cosas mejoren o empeoren, y el objetivo del terrorismo es conseguir que nuestra reacción sea equivocada, es decir, conveniente a sus intereses. Uno de los modos más habituales para conseguir que todo vaya a peor es la actitud que se está teniendo en las redes y en algunos medios, mucho más que en las calles, durante estos días.

Hay que acabar con el terrorismo, y hay que encontrar los mejores modos para conseguirlo.Es aquí donde el debate resulta legítimo y necesario

El terrorismo es un problema complejo, tanto a la hora de entenderlo como de abordarlo. Y en lo que debemos aplicarnos es en comprender el asunto en su totalidad, porque es lo que permitirá poner en marcha mejores soluciones, de forma que los atentados sean mucho más improbables, y si llegan a ocurrir, que generen el menor daño posible. Eso implica, ante todo, establecer medidas en diferentes ámbitos: preventivas, disuasorias y estructurales. Hay que combatir el terrorismo en el corto plazo pero también en el medio; hay que eliminar las opciones con las que cuenta, y hay que conseguir que los apoyos que pueda tener vayan disolviéndose en lugar de reforzándose. Eso implica acciones de muy distinta índole, desde policiales hasta sociales, pero ninguna de ellas consiste en instrumentalizar los atentados para atacar a tus rivales ideológicos o para solventar cuitas personales.

Lo más eficaz

Esto no significa, por supuesto, que en cuestiones como el terrorismo no existan posturas distintas. Las hay, y emanan tanto de las diferentes versiones sobre lo que es más eficaz para combatirlo como acerca de la clase de sociedad que debemos ser. Hay que acabar con el terrorismo, y hay que encontrar los mejores modos de conseguir ese objetivo, lo cual tiene significados diferentes para distintas clases de personas. Es aquí donde el debate resulta legítimo, necesario e imprescindible.

Se trata de qué soluciones le queremos dar, no de quién dijo qué en Twitter

Pero no suele ser así. A casi nadie le preocupan las temas de fondo, casi nadie quiere afrontar esta situación, sino que siguen anclados en sus fantasmas. Unos aseguran que el problema real es la extrema derecha, los otros que son los moros que vienen aquí quién sabe a qué, para los de más allá son los políticos buenistas que dan todos los recursos sociales a los inmigrantes y demás banalidades que les sirven para atacarse en las redes y en la prensa.

Esta guerra solo se pierde por errores propios. Y empezar a buscar enemigos internos es una buena forma de arrojarse por la pendiente

Esto no implica solo que el debate se simplifique, sino que se sacrifica frente al deseo de atacar a quienes ya se odia. Estamos ante un problema grave, que requiere desde propuestas inmediatas hasta estructurales, y es ahí donde debemos tener claro lo que queremos. Se trata de qué soluciones le queremos dar, no de quién dijo qué en Twitter o de si un grupo de perturbados quiere colgar de los pulgares a todos los islamistas. Es importante recordar esto que apuntaba Harari: “Si queremos luchar contra el terrorismo de manera efectiva, debemos darnos cuenta de que nada de lo que hacen los terroristas nos derrota. Somos los únicos que podemos derrotarnos a nosotros mismos, si reaccionamos de modo excesivo y erróneo a las provocaciones terroristas”. Esta guerra solo se pierde por errores propios. Y empezar a buscar enemigos internos, una suerte de traidores que son tan malos como los terroristas, que es lo que se está haciendo, es una buena forma de arrojarse por la pendiente.

Tribuna

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