El aviso de Pinker a los viejos, resentidos, amargados y perdedores: basta de quejas

Hay una nueva ideología circulando por los medios globales que insiste en que nunca hemos vivido mejor. Lleva el nombre de 'optimismo', pero nada tiene que ver con él

Foto: Steven Pinker, profesor de Harvard, autor de éxito y optimista. (Francisco Guasco/Efe)
Steven Pinker, profesor de Harvard, autor de éxito y optimista. (Francisco Guasco/Efe)

El argumento lo he escuchado en muchas ocasiones en los últimos tiempos. Javier Gomá venía diciendo en España lo que Steven Pinker repite por el mundo: ¿cuándo hemos estado mejor? ¿En qué época? ¿No vivimos el momento más glorioso de la historia? Entonces, ¿por qué os quejáis tanto? Pinker vuelve al tema en un nuevo libro, 'Enlightenment now: The case for reason, science, humanism and progress', en el que acompaña sus posiciones de unos cuantos datos y gráficos que demuestran, o parece que demuestran, que cualquier tiempo pasado fue peor.

Tampoco es una idea que se quede encerrada en el mundo académico. Es bastante popular en los medios globales y entre muchas de las personas que tienen poder en nuestro mundo, esas que van desde Bill Gates y Zuckerberg hasta Macron. Incluso Luis Garicano se sumó a esa corriente en un reciente artículo en el que subraya el gran nivel de bienestar que hemos alcanzado si lo comparamos con otras épocas.

Un tiempo mejor

En fin, todo ese mundo global insiste en un peculiar cierre de nuestro sistema a partir de su puesta en relación con el pasado, y especialmente con el pasado lejano. Pero a esa pregunta acerca de si hemos vivido mejores tiempos, hay una respuesta sencilla que suele pasarse por alto. Dejando de lado situaciones particulares (quizá los sirios no estén de acuerdo con este argumento), y existen hoy demasiadas situaciones particulares, puede afirmarse que "sí, hubo épocas en las que las condiciones de vida eran mejores que las de hoy". Sin ir más lejos, los estados del bienestar europeos de los años sesenta contaban con muchas más ventajas. Por decirlo de otra manera, si se hubiera aplicado en la posguerra el sistema económico actual, Europa no se habría recuperado de la II Guerra Mundial. Aún más, todas las ventajas de las que dicen que gozamos, esas que sacaron de la pobreza a millones de europeos y que han servido para que afirmen que vivimos mejor que nunca, fueron puestas en marcha por un sistema muy diferente del que Pinker y sus seguidores propugnan. Aunque lleven el mismo rótulo, el capitalismo de entonces y el de ahora se parecen muy poco.

El optimismo nos asegura que modificar este sistema solo empeoraría las cosas, e incluso pondría nuestra civilización en peligro

Del mismo modo que los jóvenes y no tan jóvenes españoles pueden subsistir en una vida de semi clase media a partir de los ahorros que sus padres lograron en los años en que era posible crear un pequeño patrimonio, el Estado del bienestar europeo vive de las rentas de lo que una vez existió. Del mismo modo que lo que hoy están gastando los hijos y nietos en su subsistencia fue obtenido por los padres y los abuelos en un momento en el que las condiciones eran más favorables, el Estado del bienestar sigue en pie porque hubo una época en que fue mucho más sólido. En resumen, hubo un tiempo en que existían más facilidades para un mayor número de personas, y no fueron los optimistas actuales sus artífices. Más al contrario, son ellos quienes, bajo el pretexto de conservar lo existente abogan por deteriorar continua y sucesivamente esa red de seguridad.

Occidente y el caos

Pero los pinkerianos, y los optimistas en general, tratan de borrar esas huellas recientes, la del sistema anterior al nuestro, y prefieren comparar la actualidad con el siglo XIX, con principios del XX o con la posguerra. En realidad, es la misma tesis que mantenían con el fin de la historia solo que desde una nueva perspectiva. Ya no se trata, como asumía el primer Fukuyama, de que hubiéramos llegado al final de una evolución, de que el progreso hubiera alcanzado su culmen político, y ya únicamente pudiéramos esperar cualquier mejora a partir de los inventos científicos. Lo que nos dice esta nueva ideología, para la que el progreso llegará de la mano de la inteligencia artificial, es que estamos mucho mejor que nunca y que todo lo que podría venir a sustituir este sistema, incluso los cambios que podrían hacerse dentro del mismo, solo empeoraría las cosas y pondría nuestra civilización en peligro.

Las amenazas actuales no están causadas por la ideología, sino que las avivan los viejos, los resentidos, los fracasados y los perdedores

Según Pinker, fuera de su calor optimista únicamente hay fuerzas que niegan el progreso: el nacionalismo, el populismo, la religión y la hostilidad de los intelectuales hacia las ciencias. Las amenazas actuales no están causadas por cuestiones puramente ideológicas, sino que las avivan los viejos, los resentidos, los fracasados y los perdedores. Por eso son pesimistas. Salvo los intelectuales, que se comportan así porque saben que la negatividad es más sofisticada y vende.

La desigualdad es positiva

“A ese gente hay que demostrarle que con datos objetivos que las cosas van bien, sobre todo comparado con el trasfondo de caos y miseria que es nuestro estado natural. No vayamos a arruinarlo todo”, asegura Pinker. No hacer caso de los datos lleva, por ejemplo, a que demos mucha importancia a problemas inexistentes, como la desigualdad, que en el fondo es algo positivo. Lo malo es la pobreza extrema, la del tercer mundo, y no la occidental; la primera debe combatirse; la segunda está causada por las actitudes subjetivas de quienes la sufren, y por tanto es una forma de justicia.

Rebajan los salarios y recortan empleos para que los accionistas ganen mucho más, pero tenemos aviones y trenes mucho más rápidos que antes

No fijarnos en los datos provoca que no nos demos cuenta de que, como subraya Bill Gates en su lectura del libro de Pinker, nuestra probabilidad de morir por un rayo es hoy 37 veces menor que hace 120 años; que el tiempo dedicado a lavar la ropa en 1920 era de 11 horas y media semanales y hoy es de una y media; que el coeficiente de inteligencia aumenta un promedio de 3 puntos cada década; que hoy la guerra es ilegal, no como antes; y que en 1929 morían en el trabajo en EEUU 20.000 personas cada año y hoy solo mueren 5.000, quizá porque es mucho más fácil matarse en unos astilleros o en una fábrica que siendo diseñador de moda, sirviendo copas, colocando publicidad en la redes o ganándose la vida como guía turístico, algunos de los empleos que los tiempos modernos han traído.

La maravilla china

No darnos cuenta de ese tipo de cosas nos hace quejarnos más de la cuenta. Quizá muchas empresas hayan recortado el número de empleos, deslocalizado las fábricas o rebajado los salarios solo para aumentar la cuenta de resultados y que los accionistas ganen mucho más, pero al menos tenemos aviones y trenes que nos llevan rápido a todas partes. Quizá nuestro poder adquisitivo haya disminuido y nuestras opciones vitales se estén estrechando, pero no tomamos en cuenta que tenemos móviles que nos permiten hablar con otras personas siempre que queramos o conectarnos a la red global cuando nos apetezca, incluso para trabajar. Quizá si naces hoy pobre es mucho más probable que sigas siendo pobre que si hubieras nacido a mediados de los 50 en Suecia, pero a cambio los trabajadores chinos ganan más; sus empleos siguen teniendo condiciones deplorables, pero ¿no es maravilloso que los empleos europeos y estadounidenses se hayan llevado a China para que las empresas occidentales obtengan más beneficios y Xi Jinping esté forjando una potencia imperial con el dinero de nuestros salarios perdidos?

El optimismo es una forma de control social que transmite un mensaje muy claro: "No te quejes, porque todo lo malo que te sucede es culpa tuya"

En fin, el cientifismo de Pinker tiene mucho más que ver con el pensamiento positivo y sus límites, ese que señalaba Barbara Ehrenreich, que con una defensa de la Ilustración y de la razón. El optimismo, como el 'positive thinking', es utilizado como “una forma genérica de control social, que transmite un mensaje muy claro: no te quejes, porque todo lo malo que sucede es culpa tuya”. Precisamente por eso, "muchos Estados represivos, como la Unión Soviética, han alentado o impuesto el pensamiento positivo, donde la gente era castigada por ser derrotista”.

Nada de dudas

Es difícil no percibir en esta estrategia similitudes con lo que describía Ehrenreich respecto de las firmas de inversión en la era de la bonanza de los derivados hipotecarios, cuando “la alta dirección despidió a aquellos que se atrevieron a hacer preguntas o plantear dudas acerca de estas hipotecas. En 2005, no había nadie en ninguna compañía que pusiera en duda la afirmación de que los precios de las casas seguirían subiendo siempre”.

Para el mundo del pensamiento positivo los demás no están ahí fuera para darnos baños de realidad, sino para animarnos y halagarnos

Las grandes empresas del sector, asegura Ehrenreich, se habían convertido en una isla de buen rollo. Todo el mundo decía que las cosas marchaban bien y que iban a funcionar aún mejor. Y si a alguien se le ocurría señalar lo contrario, era rápidamente despedido. Para el mundo del pensamiento positivo los demás no están ahí fuera para darnos baños de realidad, sino para animarnos y halagarnos. Si, por el contrario, invocan hechos que perturben nuestra felicidad, y más aún si resultan ciertos, se les tachará de pesimistas, de gente que rompe el buen ambiente y que debe ser apartada. Esa fue la causa última de la ruina de Lehman Brothers, al igual que lo fue de la crisis económica: nadie quiso ver nada, porque todos profesaban un optimismo feliz que escondía los problemas debajo de la alfombra.

El color del cristal

En definitiva, EEUU y Europa, y especialmente Europa, van camino de convertirse en una nueva versión de Lehman Brothers si continuamos acogiendo este pensamiento reaccionario que niega la realidad a través del optimismo. Es parte de la peculiar ceguera de nuestras élites, para quienes el mundo se divide en dos: nosotros, que somos ricos, que vemos el mundo a través de un bonito cristal y que forzamos o inventamos estadísticas para que todo sea de ese color, y los demás, que os estáis quedando lógicamente atrás, porque no tenéis el talante positivo para triunfar.

El optimismo no es una defensa de la razón y de la Ilustración; es un recurso para blindar el sistema de las críticas a las que está siendo sometido

Esto es un ‘backlash’ reaccionario. El optimismo no tiene que ver con una predisposición subjetiva y tampoco con una actitud hacia el futuro. Si fuera así, no sería criticable en absoluto. Y tampoco es una defensa de la razón, de la Ilustración y del humanismo; más bien, es un recurso para blindar el statu quo de las críticas a las que está siendo sometido. Es una defensa torpe de un sistema mediante el señalamiento de los críticos como pesimistas, reaccionarios, retrógrados o anticientíficos, y su equiparación con los integristas religiosos, los seguidores de regímenes totalitarios o los populistas a lo Trump. Por eso sitúa en el centro de la diana a los intelectuales, dibujados como gente reacia a los hechos, que tratan de vender la negatividad, un arma siempre popular, y que juegan a hacerse los terribles porque les funciona. Quizá porque entre los intelectuales sí hay seguidores de la Ilustración que saben que el cientifismo es irracional, y que más que de optimismo, aquí estamos hablando de un cambio productivo y social en nuestras sociedades que favorece únicamente a una minoría.​ Esto nada tiene que ver con la razón, o con el progreso, o con constatar las mejoras de la humanidad; más al contrario, es una utilización débil e interesada de esos argumentos para no afrontar el problema de fondo. Una actitud que no tiene nada de ilustrada.

Tribuna

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