Viajes en España: Hay un tren en España que siempre llega tarde

Hay un tren en España que siempre llega tarde

Todos nos quejamos de los retrasos que sufren metros, autobuses y otros medios de transporte, pero hay algunas regiones que salen mucho peor paradas que otras

Foto: No son los kilómetros, es el tiempo que tardas en llegar al destino. (EFE/Luis Tejido)
No son los kilómetros, es el tiempo que tardas en llegar al destino. (EFE/Luis Tejido)

Lo soltó el taxista con media sonrisa mientras abría el maletero: "¿Qué, habéis conseguido llegar?" Lo repitió la recepcionista del hotel: "Bueno, por lo menos ya estáis aquí". No me pilló por sorpresa. En el vagón, un viajero se había quejado amargamente por teléfono de que "llegamos tarde, como siempre". A lo largo del día y medio que pasé en Plasencia, cada vez que explicaba que había llegado en tren, la respuesta era la misma, y hacía referencia al lamentable funcionamiento del ferrocarril extremeño. Así que llegó un momento en el que decidí adelantarme a mis interlocutores. "Pues sí, hemos venido en tren. ¡Y hay que ver, media hora de retraso! ¡Tres horas y media para 300 kilómetros! No sé cómo podéis vivir así".

La actitud con la que los extremeños hablaban de la situación de las infraestructuras ferroviarias en su comunidad era una mezcla de tristeza, indignación y aparente resignación. Digo aparente porque el pasado noviembre, miles de personas se desplazaron a Madrid para protestar por los continuos retrasos e incidencias en sus trenes, algo que parece haber hecho reaccionar a Fomento. Un amigo me contaba que no era raro que hubiese que completar el recorrido en autobús o incluso terminar paseando por las vías arrastrando una maleta. Hacía poco, explicaba, le había divertido ver a una vecina en la televisión diciendo algo así como "no quiero AVE ni ná, con un tren que funcione me conformo".

Vivimos en un país en el que el corte de una línea del metro de Madrid es cuestión de estado y en la que un descarrilamiento no pasa de la prensa local

Ojo, hay irónico giro final, una profecía cumplida. Mientras el tren de vuelta a Madrid entraba en Atocha, escuché a una pasajera hablando por el móvil (no es que sea un cotilla, es que, ejem, la gente habla muy alto). "¿En serio? No, no me he enterado, yo iba en la otra dirección, qué fuerte". Lo que había ocurrido es que el tren que unía Madrid y Huelva, con el que quizá nos habíamos cruzado, había descarrilado en Zafra tras la caída del techo de un túnel. Afortunadamente, no hubo heridos, pero la respuesta en redes era la esperada, desde "parece una imagen de la Guerra Civil española" hasta "¿qué, arreglamos las putas líneas o esperamos que haya otra desgracia?" pasando por "solo pedimos trenes dignos, coño ya".

En España hay un tren que siempre llega tarde. Un tren real y un tren figurado, el de las ventajas del desarrollo. Hay ferrocarriles que descarrilan y presagian tragedias que pueden ocurrir en cualquier momento, ante la mirada impasible del resto de país, obsesionado por esas batallas políticas que tan poco tienen que ver con la política real. Vivimos en un país en el que el corte de una línea del metro de Madrid se convierte en cuestión de estado y en la que un descarrilamiento no pasa de la prensa local. El presidente extremeño Guillermo Fernández Vara prefería no buscar culpables, pero criticaba la "desigualdad" de "un país que inaugura el AVE en unas comunidades mientras trenes convencionales descarrilan en otras". Aún diría yo más. El transporte (tren, carretera) jerarquiza a los españoles, une los centros de poder político y económico y margina a las regiones más pobres.

La España hueca

En Plasencia recordé que el despoblamiento de las zonas rurales no es una mera discusión sobre demografía, sino una realidad que afecta la vida de las personas. Uno de los profesores que conocí me confesó que sus dos hijos vivían en Madrid, y deduje de sus palabras que las malas infraestructuras probablemente impedían que pudiese verlos más a menudo. Me había planteado una pregunta interesante: ¿y si el despoblamiento estuviese causado en parte por el 'boom' de la competitividad educativa? Tiene sentido. En un país en el que algunas comunidades están por encima de Singapur en PISA y otras a la altura de Lituania o Hungría, parece tristemente de cajón que los jóvenes abandonen sus pueblos para estudiar en las grandes ciudades.

Algunas regiones son expulsadas a una periferia que se encuentra cada vez más lejos del centro, que acumula poder, dinero y capacidad de influencia

Factor a factor (transportes, educación, trabajo), la distancia que separa unas regiones y otras se ensancha, incluso aunque estén geográficamente al lado. Se tarda menos en llegar de Madrid a Barcelona en tren de alta velocidad (600 kilómetros) que a Cáceres (300 kilómetros). En Extremadura, me recuerdan, no hay ni un kilómetro de vía electrificada en uso. Hablo con el sociólogo Andrés Holgado, que ha dedicado varios trabajos al ferrocarril extremeño, y me explica que disponen de menos líneas de tren que en 1870. La clave, añade otro de mis amigos cacereños, no tiene por qué radicar en crear artificialmente puestos de trabajo en el campo, sino en facilitar que la gente pueda quedarse a vivir en los pueblos mejorando las comunicaciones con los lugares donde se concentra el empleo, algo que hoy por hoy no ocurre.

Una idea para ilustradores: ¿qué tal diseñar un mapa alternativo de España, en el que la distancia entre un punto y otro del país no se representase en función a los kilómetros que los separan, sino teniendo en cuenta al tiempo que se tarda, por ejemplo, en llegar en tren? Quizá entonces nos daríamos cuenta de que Madrid y Barcelona se encuentran muy cerca, y que Badajoz está lejos, muy lejos, casi en otro planeta. Quizá también descubriríamos las verdaderas relaciones de poder entre regiones, en las que algunas son expulsadas a una periferia centrifugada que se aleja cada vez más del centro, mientras que las grandes ciudades se juntan cada vez más, acumulando poder, dinero y, sobre todo, capacidad de influencia… Imprescindible para conseguir más poder y dinero.

Miles de personas se manifiestan en Badajoz para pedir al Gobierno un tren digno de transporte de viajeros y mercancías para Extremadura. (EFE/Oto)
Miles de personas se manifiestan en Badajoz para pedir al Gobierno un tren digno de transporte de viajeros y mercancías para Extremadura. (EFE/Oto)

Sergio del Molino hablaba en 'La España vacía' de dos distintas Españas, una "urbana y europea, indistinguible en todos sus rasgos de cualquier sociedad urbana europea"”, y otra "interior y despoblada". Pero también hay una España hueca, ombliguista y sorda, que cree que más allá de la M-30 o la Ronda de Dalt se acaba el mundo, como pensaban los navegantes medievales. La mañana siguiente a mi retorno de Extremadura, el presentador de Los Desayunos de TVE recordaba a los espectadores que iban a estar "muy pendientes de lo que ocurra en Madrid y Cataluña". Como todos los días, Sergio, como todos los santos días. Pero que el lector no se preocupe. La próxima semana volveré a hablar de cosas madrileñas, que para eso formo parte de esa élite 'loser' que vive y trabaja en la capital, ese agujero negro que absorbe al resto del país.

Tribuna

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