Historia de una mala gestión: el sinsentido del nuevo calendario escolar

El adelanto de los exámenes de septiembre a junio en Madrid ha provocado críticas. El autor propone que la alternativa quizá pase por una evalución que dure nueve meses, no un día

Foto: Una alumna, realizando la EBAU el pasado martes. (EFE/Emilio Naranjo)
Una alumna, realizando la EBAU el pasado martes. (EFE/Emilio Naranjo)

Este año se ha modificado el calendario escolar de la Comunidad de Madrid con un tema un tanto conflictivo, el cambio de los exámenes extraordinarios de septiembre al mes de junio. Pero ¿es un problema el adelanto de las pruebas extraordinarias de septiembre a junio? O, en realidad, ¿es el concepto de la prueba extraordinaria lo que tenemos que poner en duda?

Ante las modificaciones del calendario escolar, se están recibiendo numerosas críticas provenientes de varios sectores, aunque por otra parte también podemos ver numerosos aspectos positivos en este cambio, como pueden ser, entre otros, la recuperación de un tiempo de encuentro entre los miembros de la familia, el poder evitar la inequidad entre los resultados que se daban en las pruebas de septiembre, la mejora en la organización de los centros y, sobre todo, la oportunidad de una apuesta por la evaluación continua. Son estos aspectos los que merece la pena considerar.

La mayoría de los aprobados en septiembre se encontraban en familias que podían ayudarles, por lo tanto se creaba una diferencia entre unos y otros

Que el alumnado necesita tiempos de descanso es algo que llevamos defendiendo siempre ligado a nuestra posición mantenida en contra de los deberes. Necesita tiempo de vacaciones acompañado de su familia y amigos, tal y como la mayoría de los adultos reclamamos para nosotros mismos. Para su correcto desarrollo psíquico y físico, necesitan desarrollarse, hacer deporte, ir al cine… Unas vacaciones que rompan con lo que venimos haciendo durante todo el año y nos ayuden a descansar, a relajarnos y a adquirir otro tipo de competencias, disfrutando de un ambiente familiar que de otra forma se perdería, ya que estaríamos pendientes continuamente de si estudian o dejan de estudiar. Durante esas vacaciones, que no lo eran realmente, las familias que tenían los conocimientos suficientes para poder ayudar a sus hijos lo hacían o, si se lo podían permitir, pagaban una academia, pero ¿y los que ni tenían el conocimiento ni el dinero necesarios? De los que aprobaban en septiembre, la gran mayoría se encontraba en familias que podían ayudarles; por lo tanto, se creaba una diferencia entre los que superaban las pruebas y los que no lo hacían, ya que los primeros solían pertenecer a familias socioeconómicamente más favorables o bien con un nivel cultural alto.

La posibilidad de gestionar mejor la organización de los centros educativos —de tal manera que se sepa antes qué número de alumnado empezará en septiembre— con la posibilidad de conocer el cupo de profesorado necesario, y que todo se pueda dejar listo para comenzar a principios de septiembre, es una opción que merece realmente la pena valorar. Del mismo modo, se facilita que el acceso a la universidad o a la FP se realice en tiempo y no una vez comenzadas las clases.

Una estudiante espera para realizar los exámenes de la evaluación de Bachillerato para el acceso a la Universidad, en la Facultad de Odontología de la Universidad Complutense de Madrid. (EFE/Emilio Naranjo)
Una estudiante espera para realizar los exámenes de la evaluación de Bachillerato para el acceso a la Universidad, en la Facultad de Odontología de la Universidad Complutense de Madrid. (EFE/Emilio Naranjo)

Pero, sobre todo, si algo positivo puede salir de todo esto, es la apuesta por la evaluación continua del alumnado, de forma que no sea necesaria una evaluación extraordinaria. Esta apuesta tiene que pasar por una enseñanza individualiza, que debe empezar desde el primer día del mes de septiembre. No se puede permitir que un alumno llegue a suspender. Desde el primer momento en que se detecta un problema, es cuando se deben poner todos los medios para solucionarlo y no tener que esperar a exámenes parciales y mucho menos globales. Cuando el alumnado fracasa, tenemos que considerar que es el sistema educativo el que ha fracasado, ya que no ha sabido adaptarse a sus necesidades. Son, pues, esa enseñanza personalizada junto con la evaluación continua dos conceptos íntimamente relacionados. Si ambos se llevasen a cabo como es debido, no harían falta los exámenes y mucho menos los suspensos. Adiós exámenes de septiembre, bienvenida la cordura. Hasta aquí, el porqué los aspectos positivos del cambio de los exámenes deben prevalecer sobre los negativos, si es que los hubiese.

Ahora bien, nos encontramos con que la Administración propone (obliga), pero ¿quién dispone?

Pensar en el alumnado

De los aspectos positivos enumerados anteriormente, se conservan el periodo vacacional, la posibilidad de que en el resultado final no existan más desigualdades dependiendo del nivel socioeconómico de las familias y también, vamos a suponer, la mejora en la organización de los centros, aunque el borrador del calendario para el próximo año les quita la razón, ya que se prevé comenzar el curso lectivo en las mismas fechas que en el actual, cuando la promesa era adelantar las fechas de comienzo y así posibilitar la conciliación.

Pero queda el último punto. El modificar un calendario escolar debe conllevar otros cambios importantes detrás que lo justifiquen, porque cambiar los exámenes de tiempo sin más explicación, sin pensar en el alumnado, no tiene mucho sentido al ser este el principal objeto de la educación.

Hay alumnado que no va a asistir a los centros, ya que la Administración no ha dado recursos a los mismos para realizar actividades extraordinarias

Cambiemos los exámenes de septiembre sin más, bien. Pues entonces, como el calendario se calcula sobre los 175 días lectivos que se entiende que son los mínimos necesarios para desarrollar el currículo establecido, y esos días terminan el 22 de junio, tendremos que dar un tiempo de apoyos y refuerzos desde la escuela al alumnado para superar las pruebas, lo que nos daría aproximadamente que dichas pruebas se tendrían que comenzar a realizar a partir del 15 de julio, y de esa manera dar una oportunidad real a los estudiantes. Pero lo que se ha hecho es acabar, en teoría, 10 días antes, lo que supone que lo que se debería aprender en 175 días ahora se tiene que aprender en 165, y decimos teoría porque, en un gran porcentaje de institutos, ha terminado cinco días antes, es decir, se han convertido en 160 días. Y claro, aquí entra la gran duda ante el planteamiento tradicional. Al alumnado se le restan 15 días de aprendizaje y, además, se pretende que en 10 aprendan y aprueben lo que no han hecho en 160. Todo esto es un sinsentido. Y no vamos a entrar a analizar en estos momentos qué pasa con el alumnado que, una vez ha aprobado sus materias, no va a asistir a los centros, ya que la Administración no ha dado los recursos necesarios a los mismos para poder realizar las necesarias actividades extraordinarias o complementarias.

Hay otra opción, que es la que hemos apuntado anteriormente. Trabajemos por la evaluación continua, de septiembre a junio, con la participación de toda la comunidad educativa. Pero para ello tienen que creerse unos y otros que el objeto principal de la educación es el alumnado, y que el que propone también tiene que disponer. Sin los recursos humanos y materiales necesarios, no se pueden hacer desdobles, entre otras cosas, y la enseñanza individualizada y de calidad es imposible de conseguir. Está claro quién es el que tiene que mover ficha para hacer del cambio del calendario una realidad exitosa.

Tribuna

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