La peligrosa estupidez del "tan pobre no será si tiene un 'smartphone"

A mucha gente le pone nerviosa que los pobres no lo parezcan. Es decir, que no renuncien a su tiempo libre, el placer o al consumo, como si tuviesen que sufrir hasta dejar la miseria

Foto: ¿Por qué nunca pensamos en una mujer joven cuando hablamos de pobreza? (Foto: iStock)
¿Por qué nunca pensamos en una mujer joven cuando hablamos de pobreza? (Foto: iStock)

¿Sabe usted qué es un pobre? ¿Qué se imagina cuando escucha esa palabra? ¿A un hombre de más de 60 años con una larga barba, arrugado y sucio, durmiendo en la calle bajo un montón de cartones, alumbrado solo por el calor de una botella de whisky de garrafón? ¿A una mujer soltera que tiene que cuidar ella sola de sus hijos, compagina dos empleos y depende de su familia o de las ayudas para llegar a fin de mes? ¿O a usted mismo cuando se mira al espejo? Eso, probablemente, no.

Las imágenes con las que solemos representar mentalmente la pobreza suelen ser tranquilizadoramente estereotipadas. Un pobre, en nuestra cabeza, es básicamente alguien que no es de clase media como nosotros. Por ello, arrastra algún que otro estigma (enfermedad mental, adicción, violencia) que pone una barrera entre la supuesta normalidad del ciudadano con trabajo —o en paro, pero por poco tiempo—, con cierto nivel de estudios o un techo bajo el que dormir y el abismo de la pobreza. Pero como recuerdan las investigaciones más recientes sobre la pobreza en España, es posible tener estudios (56%) o trabajo (33%) y ser pobre. Quizá porque en lo que pensamos es, en realidad, en indigencia.

Desde hace décadas, productos como los televisores o los teléfonos se han abaratado para estar al alcance de todos, aun a costa de su calidad

Esta fractura de percepciones se pone de manera dolorosamente patente en un informe publicado por el 'think tank' conservador The Heritage Foundation. Este pone de manifiesto que el típico hogar pobre americano, según el criterio con el que se define hoy, dispone de automóvil, aire acondicionado, dos televisores de color —me fascina que precise que no son en blanco y negro—, televisión por cable, un reproductor de DVD y otro de vídeo VHS. Lo hace, ni qué decir tiene, con cierta sorpresa. Estos pobres no pasan hambre y tienen acceso a cobertura sanitaria cuando la necesitan. Son pobres que no parecen pobres.

"Para el americano medio, la palabra 'pobreza' implica privación material, la incapacidad de proporcionar a la familia la comida necesaria, protección razonable y ropa", se puede leer en la introducción. "Las condiciones actuales de vida de los pobres son muy diferentes a esas imágenes". La intención del 'think tank' es relativizar la supuesta epidemia de escasez en el país. Pero como añade sagazmente Alex Parenee en 'The Baffler' —uno de los mejores medios que se pueden leer hoy por hoy—, su indignación en realidad no muestra que no haya pobres, sino que es posible serlo y seguir consumiendo.

Lujos para bolsillos vacíos

No hay nada que indigne más a un paternalista acaudalado que un pobre que no lo aparenta. Si uno quiere presumir de pertenecer a la categoría social más baja, qué menos que comportarse como tal, y renunciar al ocio y al tiempo libre, a ciertas comodidades que pueden hacer más llevadero el día a día. En definitiva, a consumir cualquier cosa que no sean productos de primera necesidad. De lo contrario, si no llegan a fin de mes o son desahuciados de su casa, la culpa será suya por haber decidido en algún momento de sus vidas comprar a sus hijos una PlayStation.

Inmigrantes en la costa de Yibuti. (John Stanmeyer)
Inmigrantes en la costa de Yibuti. (John Stanmeyer)

La contradicción es solo aparente. Para empezar, porque vivimos en una sociedad de consumo cuyos engranajes siguen girando, en teoría, porque la gente compra sin parar cosas que no necesita pero que desea; de ahí que la caída en el consumo sea vista como uno de los signos del apocalipsis económico para un país. Pero también por algo en lo que Parenee acierta de pleno: al menos desde los años 40, las diferentes industrias han alcanzado a un mayor número de clientes abaratando sus productos (neveras, lavavajillas, televisores o 'smartphones') para que fuesen accesibles para casi cualquier bolsillo, aun a costa de su calidad. El lujo (aparente) al alcance de todos.

Cuando los refugiados del Aquarius llegaron al puerto de Valencia, muchos arrugaron el morro al ver que llevaban 'smartphones' de última generación. La realidad es que la penetración de estos dispositivos en África es muy alta, y si probablemente abandonas tu vida para buscar suerte en Europa quieras tener alguna manera de mantenerte en contacto con el mundo. Aún más cuando se nos dice que para conseguir trabajo es necesario estar siempre conectados, disponibles y permanentemente actualizados. Nadie necesitaba un 'smartphone' hace apenas 10 años, pero las necesidades creadas han provocado que no disponer de uno hoy, aunque seas africano o pobre, te distancia de tu propia realidad.

Si el futuro es tecnológico, ¿qué familia, aunque tenga problemas para llegar a fin de mes, puede permitirse no comprarle un ordenador a su hijo?

Que en el salón de una casa en riesgo de pobreza haya aire acondicionado y un televisor (¡o dos!) también revela cómo ha cambiado la manera en que las familias de extracción media-baja se enfrentan al futuro. El encarecimiento de la vivienda, tanto en alquiler como en compra, y las dificultades para ahorrar, han facilitado que las familias se refugien en el consumo de bienes que, para más inri, tienen cada vez mayor presencia publicitaria e ideológica. Si el futuro es tecnológico, ¿qué familia, aunque sea pobre, puede permitirse no comprarle un ordenador a su hijo, escamoteándole un futuro mejor? Es la nueva trampa a la que nos enfrentamos: el ahorro español cayó el año pasado al 5,7%, su mínimo histórico, el mismo año en el que por primera vez los créditos al consumo superaron a los préstamos hipotecarios.

Es tentador juzgar esa tendencia con severidad y ceño fruncido, pero eso nos hace olvidar por qué compramos lo que compramos. Quien condena un móvil en el bolsillo de un chaval de barrio depauperado lo hace pensando que aspira a un placer que no le corresponde, pero olvida su importancia simbólica. El teléfono, el televisor, la consola, el automóvil o la suscripción a la plataforma 'online' de turno son productos que nos conectan al devenir del mundo moderno, a sus debates y a sus tendencias. La precariedad da lugar a ciclos de bonanza y tempestad, en los que el único proyecto posible es la adquisición de pequeñas chucherías.

Estos son, además, los últimos signos de que el sueño de la clase media no se han desvanecido, lo único que separa la pobreza abstracta de la real. En su condición de productos de lujo devaluados —y cargados con una obsolescencia programada que provoca que, al final, lo barato salga caro—, son el último hilo que les une a la vida que se merecen. Les caerán golpes por todos lados. De los que tienen más dinero, porque les acusarán de estar viviendo por encima de posibilidades. De los que tienen menos, por haber comprado los valores conservadores de la clase media (consumo, estabilidad y apariencia), pretendiendo distanciarse de la clase obrera. Pero a nadie se le puede reprochar soñar con aquello a lo que se le ha enseñado a soñar.

Tribuna
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