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¿Defender la filosofía es una reivindicación gremial?
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¿Defender la filosofía es una reivindicación gremial?

Defender que la filosofía parece una materia transversal y que cuenta con gran potencial formativo es un tema lo bastante serio como para no rebatirlo con un par de ocurrencias ingeniosas

Foto: La muerte de Sócrates.
La muerte de Sócrates.

En su tribuna titulada "El PSOE contra Hegel" —aparecida en 'El País'—, Ignacio Sánchez Cuenca tilda de mayestática lo que sería una mera reivindicación gremial camuflada. Con gran prosopopeya, la casta de los filósofos estaría ocultando sus auténticas motivaciones, cuando lo honesto sería dar la cara y reconocer sin tapujos ese interés profesional, tal como hacen sir ir más lejos los agricultores bloqueando con sus ovejas las avenidas madrileñas. Ignoro si veladamente se homologa a los discentes con el rebaño pastoreado por los profesores que imparten filosofía.

Mal negocio sería ese, a la vista de que —como él mismo reconoce— la filosofía no brinda grandes oportunidades profesionales y se sabe que quien quiera lucrarse debe hacerse comisionista o algo similar, sin hincar mucho los codos, no sea que los escrúpulos inspirados por ciertas lecturas o la lectura en general puedan lastrar el objetivo de un enriquecimiento fulgurante. No se sigue que la filosofía impida ese tipo de actitudes, pero no es menos cierto que frecuentarla no las fomenta. También sería necio pretender con esa defensa minusvalorar otras disciplinas cuya utilidad es obvia. Sin embargo, defender que la filosofía parece una materia transversal y que cuenta con gran potencial formativo es un tema lo bastante serio como para no rebatirlo con un par de ocurrencias ingeniosas. Ni tampoco es baladí pretender suplantar la ética por un catálogo de virtudes cívicas. Al margen de quien lo intente.

Foto: Platón y Aristóteles en un detalle de 'La escuela de Atenas', fresco de Rafael (1509-1510) Opinión

Porque aquí no se trata de banderías políticas o atrincheramientos maniqueos. Esa instrumentalización está fuera de lugar. Otra cosa son las promesas incumplidas y el inventario histórico de unas trayectorias ideológicas u otras. Despachar un debate de gran calado con citas que no se filian sino con enlaces y están sacadas de contexto se antoja un tanto frívolo. El tema parece dar algo más de sí. Está en juego nuestro futuro y sobre todo el de las nuevas generaciones. Apostar por uno u otro modelo social, poner el acento en una sólida formación cultural o decantarse por concebir la enseñanza como el acceso a un precario y volátil mercado laboral, no suplantar la reflexión ética por maximalistas cálculos algorítmicos y un largo etcétera, serán corolarios de uno u otro diseño educativo comenzado desde muy temprano, donde no quepan concesiones a ninguna galería.

La educación pública debe ser laica, lo que no supone menospreciar el fenómeno religioso, aunque sí relegarlo al ámbito íntimo de cada cual, porque los credos dogmáticos no se pueden compartir como reglas de convivencia. Definir la libertad como algo que no se puede conjugar entre desigualdades extremas y cuyos límites colindan con las libertades ajenas no es algo que se aprenda en la clase de matemáticas. Los que se han familiarizado con las corrientes del pensamiento y la moral pueden comunicar ese saber con cierta soltura. Pretender que sean algo así como materias afines y cualquiera pueda impartirlas, equivale a decir que quienes regentan una librería y pueden aconsejar a sus clientes con toda solvencia pueden verse sustituidos por las ventas por internet, que las bibliotecas deberían cerrar porque ya contamos con libros digitales o que las cátedras de ciencia política sobran porque todos tenemos una opinión sobre los partidos políticos.

Foto: La ministra de Educación y Formación Profesional, Pilar Alegría. (EFE/Fernando Villar)

Filósofos lo somos todos en cuanto pensamos por cuenta propia y prescindimos de quienes pretendan tutelarnos desde un condescendiente paternalismo. Pero enseñar en el aula filosofía o ética requiere de cierto bagaje al que cualquiera puede acceder, aunque desde luego no se pueda improvisar el tenerlo. Es algo bastante común reconocer que durante las clases de filosofía se tocan temas muy vinculados a la vida cotidiana y que suelen dejar una impronta especial. No se cotiza desde una óptica mercantil y ahí reside justamente su mejor prestación.

Ojalá se fomentara el espíritu crítico desde muchos frentes. Pero se diría que no es la tónica predominante. Kant dijo que la filosofía debía ocupar siempre los escaños del ala izquierda en el parlamento universitario. Esto significa únicamente que, al someterlo todo a una crítica constante, comenzando por ella misma, casa mal con el poder de turno y, desde luego, no reconoce ningún derecho de veto al portador del cetro, porque solo reclama que se pueda escuchar su voz, como requiere toda democracia deliberativa.

*Roberto R. Aramayo. Profesor de investigación en el IFS del CSIC e historiador de las ideas morales y políticas.

En su tribuna titulada "El PSOE contra Hegel" —aparecida en 'El País'—, Ignacio Sánchez Cuenca tilda de mayestática lo que sería una mera reivindicación gremial camuflada. Con gran prosopopeya, la casta de los filósofos estaría ocultando sus auténticas motivaciones, cuando lo honesto sería dar la cara y reconocer sin tapujos ese interés profesional, tal como hacen sir ir más lejos los agricultores bloqueando con sus ovejas las avenidas madrileñas. Ignoro si veladamente se homologa a los discentes con el rebaño pastoreado por los profesores que imparten filosofía.

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