El académico que hace la calle
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Peio H. Riaño

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El académico que hace la calle

Hay que leer a Pérez-Reverte. Al menos, su nueva novela: El francotirador paciente (Alfaguara), cuyo título avisa del regreso a los campos de batalla en los

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Hay que leer a Pérez-Reverte. Al menos, su nueva novela: El francotirador paciente (Alfaguara), cuyo título avisa del regreso a los campos de batalla en los que trabajó como reportero de guerra, cuando los periódicos publicaban reportajes para lectores de periódicos, las editoriales editaban libros para lectores y éstos eran cuidados por los escritores. Pero las cosas de España, en estos últimos 20 años, que cumplirá Territorio Comanche en 2014, han tomado derroteros que hace dos décadas no podríamos imaginar. Por eso hay que leer a Arturo Pérez-Reverte. Y hacerlo por dentro y por fuera, para entender la nueva deriva del académico (sillón T, desde 2003) y, quizás, la evolución de la industria cultural de este país.

Don Arturo vuelve a hacer del tiempo de su novela el suyo propio, como ocurrió en El pintor de batallas (Alfaguara, 2006). En cierto modo, las tres novelas citadas hasta el momento guardan una estrecha relación entre ellas: el napalm con el que se rocía Pérez-Reverte cuando se sienta a escribir sobre sus batallas y la creación artística. Le encanta ese olor por las mañanas, que es de donde brotan sus ideas y el tono con el que venderlas.

Pero se le ha ido la mano con la dosis, porque recupera -repite- para el meollo y el título de la nueva novela la idea sobre la que ya había escrito en El pintor de batallas. Seguro que recuerdan al personaje de aquélla, Andrés Faulques, fotorreportero encerrado en la torre vigía de un pequeño pueblo costero, el hombre que pasaba las horas de su vida tratando de averiguar “la trama ajedrezada sobre la que se articulan los resortes de la vida y la muerte, el caos y sus formas”… Si le recuerdan, digo, sabrán que entonces don Arturo definió a Faulques “como un francotirador paciente”. Vaya por dios, maldita coincidencia.

placeholder El creador de Alatriste.
El creador de Alatriste.

Pero si entonces sus seres buscaban el secreto de esa complicadísima urdimbre llamada “vida”, en este caso buscan el de la no menos complicada “arte”. Y lo hace sin olvidarse de ninguno de sus efectismos y habituales decantaciones melodramáticas: “Eran lobos nocturnos, cazadores clandestinos de muros y superficies, bombarderos sin piedad que se movían en el espacio urbano, cautos, sobre las suelas silenciosas de sus deportivas”. Sin duda, uno de los arranques de novela del perez-revertianismo en estado puro.

Sobredosis de napalm

Así es, El francotirador paciente –que en este caso ya no es un fotógrafo de guerra, sino un grafitero escurridizo- tiene el napalm subido: “La excitación intelectual, la tensión física, el desafío a tu propia seguridad, el miedo dominado por la voluntad, el control de sensaciones y emociones, la inmensa euforia de moverse en la noche, en el peligro, transgrediendo cuanto de ordenado el mundo establecía, o pretendía establecer. Moviéndote con sigilo de soldado en los estrechos márgenes del desastre”. El esperezpento

Don Arturo, un escritor del mainstream acudiendo a la ilegalidad contracultural como bandera, con recursos del mainstream, para satisfacer al mainstream

La mayor cualidad del autor de El club Dumas es su inagotable capacidad para la creación de mitos. El escritor, cuya cínica arrogancia dilapida el mundo que no está a su altura, carga las tintas formales en la construcción más ingenua e inocente de todas al hacer leyenda a partir de tipos cotidianos que cuestionan la ley por pasatiempo. “Esto no es sólo pintar paredes. Tú lo has vivido. Infiltrarse, combatir. Esconderse y sentir el pálpito del corazón mientras oyen moverse a quienes los buscan…” ¿Hay algo más duro de leer que un novelista justificándose a través de sus personajes?

El problema de nuestro barón sin domesticar en El francotirador paciente es la parodia a la que llegan las recetas perezrevertianas. La burbuja de tremendismo que dibujó sus libros históricos, ahora se vuelve en su contra: “Les doy gloria –dijo tras unos segundos en los que sólo escuché el sonido de los aerosoles-. Les doy olor fresco de napalm por la mañana. Les doy…” La narradora y protagonista, una historiadora del arte que se dedica a dignificar el grafiti, cuenta su conversación con Sniper, grafitero huidizo y coprotagonista.

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Pérez-Reverte, presentando novela en Cádiz.

Cuando los acontecimientos se inflan, el lenguaje de espadachín para chavales con sudadera de felpa y deportivas atiza –con toda la fuerza del anacronismo- en la cara del que lee: mientras desvelan cómo por internet se corre la voz de las actuaciones de Sniper, uno de los chavales del grafiti dice, en referencia a la comunicación en la red de redes, que “ahí abrevamos todos”. Sí, “abrevamos”.

Aclarar que Sniper convoca a sus ayudantes con “emails vía internet”, tampoco ayuda a la credibilidad del relato. Si don Arturo tiene otra manera de mandarlos, que avise. Y qué me dicen de la escena en la que dos de estos “lobos nocturnos”, militares del arte, se descomponen como una magdalena viendo cómo empleados de limpieza borran la firma “de seis colores” del mítico Muelle, en la pared del Botánico, en el año noventa y cinco… “Sólo unos meses antes había muerto. Cáncer de páncreas, me parece”.

El héroe contracultural

¿Lo entienden, verdad? El grafiti es un asunto de vida o muerte, una actividad llamada para los elegidos, para los héroes. No cualquier tipo de héroe, sino héroes contraculturales. Verdaderos mitos que luchan por cambiar el sistema desde la marginalidad. “La marca de la legitimidad, repetía, jode a cualquier artista bueno. Ellos te hacen suyo para siempre, como vender el alma al diablo o vender tu culo en un parque. Y no se puede estar con un pie dentro y otro fuera. Ilegal, era su palabra favorita”. Por si hay alguna duda, las comillas son de don Arturo, un escritor del mainstream acudiendo a la ilegalidad contracultural como bandera, con recursos del mainstream, para satisfacer al mainstream.

Así que tenemos al autor español con más éxito en las librerías escribiendo en contra de los creadores que se venden al sistema en cuerpo y alma

Sólo alguien como él, o alguno de sus plagiadores, puede alabar la integridad de los artistas que no se dan al mercado y quedarse tan ancho. Lo que importa es el efecto y su conversión en movimiento literario: el efectismo, que ayuda tanto a los cohetes publicitarios como al fuselaje narrativo. En este caso, antes de que se publicara la novela, ya sabíamos que el académico y reportero de guerra se había “infiltrado” en las filas de los grafiteros de la ciudad, para documentarse y vivir el subidón de la adrenalina del spray (o espray). Un buen motivo para una buena campaña.

Que sus escarceos haciendo la calle con los adolescentes encapuchados se reflejen en la novela ya son palabras mayores. La falta de una trama consistente, de ritmo, de corazón y de escenas trepidantes a las que acostumbra con trabucos y doblones de por medio, se sustituyen con reflexiones, muy acertadas, sobre la idea de la libertad artística.

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Pérez-Reverte con fondo constitucional.

Así que tenemos al autor español con más éxito en las librerías escribiendo en contra de los creadores que se venden al sistema en cuerpo y alma, que cambian su libertad y reconocimiento por beneficio y mercado, que hacen de su firma una marca y de su talento una inversión. No sería lo más acertado creer que Arturo Pérez-Reverte se reivindica en El francotirador paciente como un escritor independiente, en contra de la sumisión al mercado que todo superventas debe aceptar para mantener sus beneficios, alguien que se revuelve contra la cultura de su tiempo porque es “sólo moda social”, “una enorme mentira, una ficción para privilegiados millonarios y para estúpidos”...

Ha bajado a la calle y se ha reivindicado contra el mercado y la Academia. A fin de cuentas, eso es él en la RAE, la cuota contracultural y folklórica

Ni siquiera hay que ver en la cubierta del libro el desacato a la máxima autoridad, sus cientos de miles de compradores, que ahora tendrán entre las manos a un exótico grafitero encapuchado a la fuga. No todo va a ser Grace Kelly en el Hotel Carlton de Cannes (El tango de la guardia). Porque la enseñanza de este libro es que la tragedia dignifica y justifica al arte. Todo lo demás, “es un comercio y una falsedad absoluta”.

El novelista sin ataduras

En esta carta que la narradora escribe a Sniper para entrar en contacto con él, se aclara el meollo del asunto: “En una sociedad que todo lo domestica, compra y hace suyo, el arte actual sólo puede ser libre, el arte libre sólo puede realizarse en la calle, el arte en la calle sólo puede ser ilegal, y el arte ilegal se mueve en un territorio ajeno a los valores que la sociedad actual impone. Nunca como ahora fue verdad la vieja afirmación de que la auténtica obra de arte está por encima de las leyes sociales y morales de su tiempo”.

placeholder Pérez-Reverte y Esperanza Aguirre, por la Guerra de la Independencia y la creación de la patria española.
Pérez-Reverte y Esperanza Aguirre, por la Guerra de la Independencia y la creación de la patria española.

Podríamos pensar que don Arturo se ha salido de sus márgenes de actuación a la busca de esa “auténtica obra de arte”. Es decir, que al novelista y a su editorial no les ha importado apagar –este año al menos- la fábrica de la novela de aniversario. En 2004 publican Cabo Trafalgar, sobre la batalla que “cambió la historia de Europa y del mundo”, un año antes de que se celebrase dos veces centenario del combate naval. El invento volvió a cuajar con Un día de cólera, al hilo del segundo centenario de la insurrección de los madrileños contra el ejército imperial francés, noveló los acontecimientos del 2 de mayo de 1808. Incluso se convirtió en el comisario de exposiciones mejor pagado de España con el mismo motivo. En 2010, aparece El asedio para adelantarse a la celebración de La Pepa y a los fastos que engalanaron Cádiz para celebrar la primera Constitución española.

Esta vez ha dicho basta, ha bajado a la calle y se ha reivindicado contra el mercado y la Academia. A fin de cuentas, eso es él en la RAE, la cuota contracultural y folklórica. Aunque fuera de ella sea su voz cantante.

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