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César Antonio Molina, el exministro con menos glamour y más subvenciones
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Peio H. Riaño

Animales de compañía

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Peio H. Riaño

César Antonio Molina, el exministro con menos glamour y más subvenciones

“La cultura está bajo sospecha”. Podría haberlo dicho el mismísimo rey Salomón de camino a su templo, pero las comillas son del Secretario de Estado de

Foto: Molina en Nápoles, 2009, recibiendo la "Laurea Honoris Causa" de la Universidad de L'Orientale de Nápoles. (EFE)
Molina en Nápoles, 2009, recibiendo la "Laurea Honoris Causa" de la Universidad de L'Orientale de Nápoles. (EFE)

“La cultura está bajo sospecha”. Podría haberlo dicho el mismísimo rey Salomón de camino a su templo, pero estas comillas son del Secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, que las aventó el pasado 5 de junio, durante la presentación del libro del exministro de Cultura, César Antonio Molina, La caza de los intelectuales (Destino).

Es verdad, en la era del desengaño, los héroes impolutos con diplomas de honradez y decencia son los más dudosos de todos. Se les hace difícil a quienes han ostentado un puesto de ejemplaridad ser ejemplares y terminan por enterrar la inteligencia crítica que se les presuponía bajo una montaña de intereses.

El impecable auditorio espacial de La Casa del Lector fue testimonio de la complicidad de dos viejos conocidos, adversarios políticos y aliados ideológicos. El homenajeado abría las puertas del hogar que dirige desde 2012, en Matadero Madrid, al máximo responsable de la política cultural para que le presentase su último libro. En La caza de los intelectuales indaga Molina en las difíciles relaciones entre cultura y poder.

De paso, dejó entrever que el libro llevaba regalo al explicar bien alto y claro las razones de su destitución, en abril de 2009, como ministro de José Luis Rodríguez Zapatero, a favor de Ángeles González Sinde, a quien despachó entre glamour y ceja. Sólo el tiempo dirá si el ensayo logra borrar al autor de sus fotos con Bambi.

El dinero intelectual

La connivencia política de dos intelectuales adscritos a partidos políticos diferentes se afianzaba días más tarde de la convocatoria pública, el pasado 14 de agosto, con la aquiescencia del santo sello del BOE: la Secretaría de Estado de Cultura concedía a la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, la institución de la que depende La Casa del Lector, 75.000 euros para poner en marcha sus actividades de promoción de la lectura y las letras españolas en 2014.

La siguiente mejor dotada de las 64 entidades sin ánimo de lucro es la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de empresarios del comercio del libro, con 42.870 euros. En 2013, la Fundación para la que trabaja desde 2010 César Antonio Molina, recibió 26.190 euros. No era la mejor remunerada, sino la quinta, y entre la más agraciada (con 47.570 euros, lejos de los 75.000 euros) y la siguiente entidad sin ánimo de lucro tampoco había una diferencia de casi el doble de ayuda.

¿Son las apreturas económicas un atenuante o una exigencia para redoblar el cuidado de las obligaciones democráticas? Aquel gesto de Germán Sánchez Ruipérez al invertir 26 millones de euros en la construcción de un centro cultural a cambio de la cesión municipal del terreno ha sido el último acto de una convivencia entre la ciudadanía y la iniciativa privada. El lamentable fallecimiento del mecenas ha dejado tambaleando las iniciativas que puso en marcha (cierre de la sede de la Fundación en Salamanca) y las cuentas de La Casa del Lector, iniciativa respaldada por los vecinos de Madrid gracias a una labor exquisita.

Las puertas giratorias

“Un intelectual es una persona con una formación que le ha procurado un prestigio social y que puede emitir una opinión pública, sin nada a cambio. Y un político es una persona que defiende sus ideas partidistas de manera libre, cuyo fin es que se pongan en práctica”, explicaba a este periódico Molina durante la citada entrevista. Añadía un poco más de leña a la hoguera de la independencia: “La política busca el poder y los intelectuales son un contrapoder. Al intelectual se le destruye incorporándolo a una ideología y retirándole la independencia”.

César Antonio Molina es un acróbata que camina en un fino cable poético que él mismo se ha pintado para mantenerse públicamente lejos del abismo prosaico. Y todo esto sin abandonar los coches oficiales que dictan el impulso cultural, desde el Círculo de Bellas Artes, al Instituto Cervantes, pasando por su sillón de cuero en Plaza del Rey número uno. Pero el funambulista cruza al otro lado por una puerta giratoria, para defender en un despacho privado lo que antes protegió en uno público. Para pedir subvenciones a quien le presenta su libro y ocupa el mismo sillón que por un año y medio fue suyo.

Sí, la cultura está bajo sospecha. Y la ejemplaridad en las últimas. Creer que las subvenciones por “concurrencia competitiva” son tan honestas como un “concurso de buenas prácticas” para elegir a los responsables de una institución cultural es renunciar a esa independencia crítica que mantiene al intelectual a salvo del menudeo y del cinismo.

“La cultura está bajo sospecha”. Podría haberlo dicho el mismísimo rey Salomón de camino a su templo, pero estas comillas son del Secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, que las aventó el pasado 5 de junio, durante la presentación del libro del exministro de Cultura, César Antonio Molina, La caza de los intelectuales (Destino).

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