Las bambalinas de un disco mítico y excesivo

La dieta kamikaze de Andrés Calamaro

Un libro describe el épico proceso de grabación del disco más legendario del cantante argentino: ‘Honestidad brutal’

Foto: Andrés Calamaro, estrella del rock
Andrés Calamaro, estrella del rock
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Todo el mundo sabe que lo primero que hay que hacer en caso de crisis internacional (ya sea bélica, nuclear o por falta de petróleo) es arrasar el supermercado más cercano para hacer acopio de viandas.  Pero eso es nada más que el principio. Lo siguiente es echarse al monte. Atrincherarse en una cabaña de los bosques de Montana con una cantidad absurda de armas, gasolina y latas de atún. Y Andrés Calamaro lo sabe, pues eso es precisamente lo que hizo en los últimos meses del siglo XX.

La crisis que intentaba combatir el músico argentino (consciente o inconscientemente) era la del sexo, drogas y rock ‘n’ roll, que llevaba ya un tiempo sin vivir su mejor momento, en decadencia, como si estuviera ya todo inventado y las nuevas estrellas del rock fueran incapaces de salir del bucle paródico. Hasta que llegó Andrés Calamaro y decidió atrincherarse y convertirse en el Unabomber del rock latino.  

Una de las cabañas de Montana de Calamaro estaba en su piso del barrio de Malasaña, donde instaló un estudio casero para grabar parte de las canciones de Honestidad brutal (1999), cuya épica elaboración reconstruye ahora el periodista musical Darío Manrique en La huida hacia delante de Andrés Calamaro (Lengua de Trapo, Cara B, 2014).

La grabación del disco tuvo mucho de experimento contracultural. Como si Calamaro hubiera decidido probar el comportamiento de una estrella del rock (enloquecida) en cautividad

La grabación del disco, considerado por la crítica como un hito del rock en español, tuvo mucho de experimento contracultural. Como si Calamaro hubiera decidido probar el comportamiento de una estrella del rock (enloquecida) en cautividad. Resumiendo: Calamaro pasó varios meses en vela, grabando canciones frenéticamente en sus pisos, metiéndose de todo. El resultado del experimento fueron dos discos: Honestidad brutal, con 37 canciones, y El salmón (2000), con la espeluznante cifra récord de 103 canciones.

Un frenesí creativo cuya base de operaciones fue un circo itinerante de cuatro pistas: el piso de Malasaña, su apartamento bonaerense, el estudio de su hermano en Palermo (Buenos Aires) y un estudio en Nueva York donde Calamaro consiguió volver tarumba al productor oficial de Honestidad brutal: como se cuenta en el libro,  Joe Blaney se hartó de mandar faxes a la compañía Dro/Warner con la frase “Andres needs to be edited” (“Andrés necesita que lo editen”), lo que bien podría ser un eufemismo de: “Andrés está absolutamente fuera de control, llamen a los marines, ¡socorro!”.

Me había convertido en un Al Pacino con un poco del abogado satánico y un obvio ingrediente de Tony Montana, aunque con menos visión para los negociosLa otra cabaña de Montana de Calamaro era su apartamento bonaerense, de la calle Pacheco de Melo, bautizado por el cantante como Deep Camboya (La Camboya profunda), donde se grabaron decenas de las canciones de El salmón. “En algún momento organicé la operación muebles y pintura y me encontré con un magnífico apartamento que parecía el castillo de Drácula. Literalmente, me había inspirado en Dracula by Coppola: las paredes eran color vino, los zócalos eran dorados, y las cortinas eran de terciopelo verde... Me había convertido en un Al Pacino con un poco del abogado satánico y un obvio ingrediente de Tony Montana, aunque con menos visión para los negocios”, resume Calamaro en el libro.

Olga Castreno, asistente argentina del cantante, describe en el texto sus homéricas labores de intendencia en la época de Honestidad brutal/El salmón:

Estaba en otro mundo por completo, no tenía las necesidades de una persona normal, como comer, ducharse o dormir. El mundo al que se había trasladado era él y la música“Yo tenía a la policía a las 4 de la mañana constantemente en Pacheco de Melo. ¿Cómo mantenés a alguien que está componiendo las 24 horas, con gente llamando, entrando y saliendo las 24 horas? Fue todo muy difícil. Para que comiera le tenía que poner el sándwich en el teclado, porque no se iba a levantar a comer. Cuando llevaba tres días sin dormir le podía decir: ‘Venga, Andrés, ve a dormir’, pero no estaba hablando con una persona, estaba en otro mundo por completo, no tenía las necesidades de una persona normal, como comer, ducharse o dormir. El mundo al que se había trasladado era él y la música. Y llega un momento en que me preocupa su salud, porque está pesando 49 kilos y usa pantalones de mujer, por la talla”.

Una de las cosas más extrañas de este libro es que al autor le ha costado dios y ayuda sacar información sobre la toxicomanía que aparentemente envolvió la creación del disco. Calamaro y sus colaboradores musicales no tienen muchas ganas de hablar de ello. Y resulta extraño por varios motivos: porque Calamaro siempre ha hecho bandera de sus excesos nocturnos, porque parte de la leyenda de Honestidad brutal tiene que ver con dichos excesos y porque, como ya hemos dicho, el mito de Calamaro como héroe del rock ´n´roll way of life se fraguó entonces. Pero ni por esas.

“Preparando este libro he entrevistado a muchos de los colaboradores y amigos de Andrés Calamaro a finales del siglo pasado, muchos de los cuales siguen siéndolo hoy en día. Una de las frases que, para mi desgracia, más se han repetido es ‘si yo te contara’... sin llegar a hacerlo. "El 85% de las cosas no se pueden contar, porque son parte de su privacidad —aduce la mánager Olga Castreno, por ejemplo—: Ojalá pudiera yo contarte cada cosa como fue, para que pudieras tomar cuenta de la magnitud de la grabación de este disco". Es un sentimiento de lealtad fuertemente enraizado, por una combinación de adoración y un no-morder-la-mano-que-te-da-de-comer, que finalmente ayuda a desembocar en esa incontinencia absoluta de la que hablaron muchos de los críticos al tratar Honestidad brutal”, describe Darío Manrique.

En otras palabras: nadie quiere morder la mano del Tony Montana del rock hispano/argentino. Por tanto, se echa en falta anecdotario disparatado, algo que Calamaro justifica así en el libro:

“Me encantaría abundar en detalles, pero podría incomodar a mis familiares y amigos, incluso lastimar el honor de las personas. Digamos que fue una época perfectamente respetuosa con lo que se supone y se entiende como excesos en el rock lifestyle, todo lo ‘ilegal, inmoral, que no engorda, más bien lo contrario’... Supongamos que alguien puede adivinar lo que son nueve meses de permanente happening y abuso de neurotransmisores tóxicos y de destroyer party recording session concept; aquella grabación fue todo eso pero multiplicado por cien. Al mismo tiempo, estábamos consagrados a la grabación natural y experimental de rock”.

Calamaro en persona se encarga también de distorsionar la otra gran narrativa de Honestidad brutal: su divorcio. Aunque se trata de un disco (casi conceptual) sobre su doloroso divorcio de finales del siglo pasado, algo confirmado por el entorno musical del cantante, Calamaro lo niega ahora por los motivos que sean. Pero el hecho es que Honestidad brutal narra la historia de un macho alfa que se lame sus heridas y lanza puyas/mensajes de amor a su ex pareja. En un tono rockero clásico: entre la misoginia, el canalleo y rollito embaucador. Entre la nostalgia y el resentimiento, pero siempre con la sinceridad sin red a la que alude el título.

¿El resultado? Honestidad brutal contiene tantos hits del repertorio de Calamaro que, si hiciera una gira de grandes éxitos, podría limitarse a tocar este disco entero. Puede que los excesos se paguen, pero hubo una época en la que a Calamaro le cundieron mucho.     

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