Reseña de ‘El cura y los mandarines’

Gregorio Morán y los orígenes franquistas de 'El País'

‘El cura y los mandarines’ analiza la fundación de 'El País' como metáfora de las componendas de la Transición y los fulgurantes cambios de chaqueta

Foto: Gregorio Morán y los orígenes franquistas de 'El País'
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Gregorio Morán (Oviedo, 1947) pasó buena parte de la Transición subido en la cresta de la ola político/cultural. Entre sus logros: publicar una controvertida biografía crítica del presidente Adolfo Suárez cuando aún estaba en el cargo (Historia de una ambición, Planeta, 1979) y escribir junto a Juan Antonio Bardem el guion de Siete días de enero (J.A. Bardem, 1979), filme sobre la matanza de Atocha de 1977. No es raro, por tanto, que el emergente diario El País, fundado en 1976, quisiera contar con sus servicios periodísticos. Pero, ay, cada vez que Morán escribía para El País, acababa censurado, así que el matrimonio acabó del mismo modo que la relación Morán/Planeta a cuenta de su último ensayo: como el rosario de la aurora, con Morán dando un portazo y llevándose sus artículos/libros a otra parte.

El País encargó primero al periodista una serie de tres artículos (que luego quedarían en dos) sobre la corrupción en la televisión pública. El primero, titulado TVE: Los hombres de las sombras, se publicó en El País Semanal el 29 de enero de 1978 y recibió ese día el apoyo de una editorial del periódico: “La lectura de Los hombres de las sombras deja un regusto amargo y suscita sentimientos a medio camino entre la indignación y la vergüenza. Porque, además de condenable, resulta casi inconcebible que los enormes avances registrados en nuestro país en el camino de la normalización democrática y de la recuperación de la dignidad nacional hayan siempre dejado a un lado esa casamata en la que han hallado cobijo las mañas, abusos, corrupciones y prepotencias del antiguo régimen”.

El ardor guerrero de El País, no obstante, se apagaría pronto: el segundo artículo de Morán fue purgado. Se titulaba La saga de los Ansón [los hermanos Rafael y Luis María, directores de RTVE y la agencia EFE esos años] y llegó a estar impreso (Morán conserva el ejemplar censurado de El País Semanal gracias a  los trabajadores de la imprenta).

El periódico independiente de la mañana se acercaría después de nuevo a Morán para encargarle un artículo de investigación sobre la Central Nuclear de Lemóniz (Vizcaya) y el secuestro y asesinato de su ingeniero jefe (José María Ryan) por parte de ETA en 1981. Según cuenta el periodista, Juan Luis Cebrían, director del rotativo, decidió que el artículo no se publicara. “Soy reincidente en los errores”, resume irónico Morán para explicar cómo tropezó dos veces con la misma piedra (El País).

Este anecdotario censor no sólo nos sirve para entender el rol conflictivo de Morán en el contexto del periodismo democrático español, sino que nos señala los límites a la libertad de expresión en el periódico español de referencia durante la Transición.

Estos dos ejes -la visión crítica de Morán y el poder de El País para determinar la agenda política y cultural de la época-  vuelven a cruzarse en El cura y los mandarines (Akal, 2014), ensayo monumental sobre las relaciones entre la cultura y la política españolas (1962- 1996) en el que Morán vuelve a dinamitar la entrañable y edulcorada visión oficialista de la Transición española deteniéndose en episodios como la fundación del periódico madrileño.  

Uno de los temas recurrentes en los ensayos de Morán es la tergiversación biográfica de la memoria. O cómo el cambio de régimen (de la dictadura a la democracia) sirvió para que los padres de la Transición, a la derecha y a la izquierda, acomodaran sus biografías a la nueva época para poder repartirse el poder sin traumas; es decir, sin el engorroso lastre del pasado. O la asombrosa capacidad de la cultura española para pasar de la conflictividad antifranquista a la dolce vita democrática

Morán lo expresó de forma lapidaria en la dedicatoria de su segunda biografía de Suárez (Ambición y destino, Debate, 2009): “A mi generación, que empezó luchando contra la mentira que fue el franquismo y que luego acabó aceptando todas las demás”. Y lo ha desarrollado en todos sus libros hasta llegar a El cura y los mandarines. En esta titánica tarea de explicar ¿quiénes somos?, ¿a dónde vamos? y, sobre todo, ¿de dónde venimos?, no podría faltar un análisis del diario El País, que marcó tendencia cultural en una época bisagra (la Transición) donde se asentaron los límites democráticos.

Nacimiento de un diario    

El primer número de El País se publicó en mayo de 1976, con el franquista Carlos Arias Navarro en la presidencia del Gobierno y una incertidumbre total sobre por dónde podían ir los tiros políticos. Dado el gigantesco tamaño del mito progresista que envuelve a El País, quizás sorprenda saber que su “más notorio columnista de opinión” en 1976 no era otro que el historiador conservador Ricardo de la Cierva. Esto es lo que escribió el columnista estrella de El País cuando, en julio de ese año, el Rey  designó a Suárez presidente del Gobierno: “¡Qué error! ¡Qué inmenso error!”.

“¿Cómo es que Ricardo de la Cierva, de conocido perfil basculante entre el franquismo más procaz –fue su biógrafo oficial en vida del Dictador- y el extremismo derechista más beligerante, es en aquel momento el portador del mandarinato?

“¿Cómo es que Ricardo de la Cierva, de conocido perfil basculante entre el franquismo más procaz –fue su biógrafo oficial en vida del Dictador- y el extremismo derechista más beligerante, era en aquel momento el portador del mandarinatonbsp;¿Cómo es que la línea editorial de El País  rechaza el nombre designado por el Rey?”, se pregunta el periodista asturiano. Preguntas cuyas respuestas podrían resumirse así: El País de 1976 optó por una línea conservadora… porque era un periódico conservador. Sí, esto puede sonar a juicio de valor, pero también es una realidad con nombres y apellidos.

“La idea de un diario moderno, abierto, de una derecha que preparaba la transición del franquismo a la monarquía, sin demasiadas concreciones sobre cómo debía ser ésta, porque había diferentes puntos de vista, empezó a gestarse hacia 1972, en plena era de Franco y Carrero Blanco. Una empresa así sólo podía salir de personas con un inequívoco pedigrí de adeptos al Régimen, no tanto porque lo defendieran a aquellas alturas de la vida de él y de ellos, sino porque sus servicios en el pasado les consintieran ahora defender sus intereses y su futuro. Algo por otra parte tan obvio que ya había constituido la razón por la que se habían sumado a Franco en su momento”, se lee en El cura y los mandarines.

La trama falangista y opusista

Jesús de Polanco había dado el salto de Santander a Madrid para trabajar en una de las grandes empresas públicas del franquismo: la mítica Editora Nacional. “Frente a una creencia muy generalizada que supone a los falangistas controlando la Editora Nacional, la más oficial de las editoriales oficiales estaba en manos del Opus Dei”, recuerda Morán. Polanco uniría luego fuerzas con un paisano, Francisco Pérez González, alias Pancho, con el que fundaría la Editorial Santillana. Pancho era un librero y distribuidor que había creado una empresa de éxito en Santander, la Hispano-Argentina, con el beneplácito del régimen: su hermana era la jefa de la Falange en Santander, como recuerda Morán.

Santillana se convirtió en 'una mina económica, cuasi monopolística en los libros de texto' gracias al apoyo de prohombres del régimen vinculados al Opus DeiEl tándem Pancho/Polanco iba a conquistar Madrid con Santillana, “una mina económica, cuasi monopolística en los libros de texto”, que creció en connivencia (como no podía ser de otro modo) con dos prohombres del régimen: Florentino Pérez Embid, ex máximo responsable de la censura como Director General de Información (1951-1957), director de la Editora Nacional, supernumerario y brazo cultural del Opus Dei, y  Ricardo Díez Hochleitner, “que hace doblete como alto cargo del Ministerio de Educación y asesor de Santillana”.  Ministerio que, por cierto, también estaba controlado entonces por los hombres del Opus Dei.

Asentado el negocio de Santillana, comenzaron las reuniones para fundar un nuevo periódico de corte “liberal” en el que iba a jugar un papel decisivo Manuel Fraga, ex ministro de Información y Turismo que a principios de los setenta, mientras ejercía de Embajador en el Reino Unido, encabezaba todas las quinielas políticas posfranquistas. Fraga quería crear un “gran periódico, que orientado por él y sus colaboradores, sirviera como instrumento de ese posfranquismo que se creía más inminente de lo que al final iba a ser”, escribe Morán.

Felipe González y Juan Luis Cebrián (EFE)
Felipe González y Juan Luis Cebrián (EFE)

El otro “gran animador” político del proyecto fue Pio Cabanillas, antiguo protegido de Fraga y Ministro de Información y Turismo (1974). “[Cabanillas] no sólo había dado trabajo a Polanco sino que tenía entre sus colaboradores más directos a Ricardo de la Cierva –Director General de Cultura Popular, con Pío Cabanillas ya ministro de Arias Navarro-. Un departamento que incluía los libros y la censura. Además había elegido para dirigir los informativos de la Televisión Española –la única– a Juan Luis Cebrián, que devendría primer director de El País, donde volverían a encontrarse todos”, cuenta Morán. Resumiendo: lobbies falangistas, lobbies opusinos, ministros del régimen y un director de los informativos de TVE (Cebrián) nombrado en vida de Franco. En otras palabras: El establishment franquista no, lo siguiente.

“Manuel Fraga consigna en sus memorias la visita que José Ortega Spottorno le hace a Londres para proponerle una terna de directores [para El País] tras la negativa de Miguel Delibes, que no vivía de sus novelas sino de El Norte de Castilla, y a quien el proyecto de El País, en aquellas bajuras de la historia, le parecía una apuesta muy arriesgada... No había otra opción que convencer a Fraga, embajador, de que la fidelidad del hijo de Vicente Cebrián, conocido por su adaptación al poder, no desentonaba con la de su padre. Es lo que explica las palabras de Fraga en Memoria breve de una vida pública (1980). Allí está anotado en el dietario con fecha 27 de enero de 1975, tras la visita del director ‘in pectore’ de El País: ‘Juan Luis Cebrián me dice que se embarca en la aventura ‘conmigo y por mí’”, recuerda Morán.

La pregunta del millón sería la siguiente: ¿Qué tenía el joven Cebrián para que Fraga pusiera en sus manos la dirección del futuro periódico liberal del centro-derecha? Pedigrí. 

El chico que iba a dirigir el periódico de la Transición podía exhibir su familia como las raíces auténticas del fascismo de la primera hora y del franquismo de siempre y a lo que dispusieran“La elección de Cebrián, con 29 años entonces, vino dada no por su juventud sino por su pedigrí. Los pedigrís, las familias de procedencia, son importantes siempre y en las transiciones mucho más; asunto que merecería mayor exégesis. Formado en el cogollo de la prensa franquista, su padre, el camarada Vicente Cebrián, tenía entre otros méritos el de participante en cien batallas civiles e inciviles, falangista de la primera hora, había sido el eterno director de los medios de comunicación del Movimiento Nacional y luego todo lo que se podía llegar a ser en Arriba… Por si faltaba algo estaba casado con una Echarri, con patente de corso familiar otorgada por Xavier de Echarri, el primer gran mussoliniano de  la Falange victoriosa… Es decir, que el chico que iba a dirigir el periódico de la Transición podía exhibir su familia como las raíces auténticas del fascismo de la primera hora y del franquismo de siempre y a lo que dispusieran”, resume Morán.

Cebrián, “aupado por su padre”, se había fogueado primero en el “diario de los sindicatos verticales”, Pueblo, pasando luego a Informaciones, en manos financieras de Juan March, para acabar dirigiendo los informativos de TVE en los meses previos a la muerte de Franco. Pero el empujón definitivo hacia la gloria se lo daría don Manuel Fraga Iribarne. Que Cebrián se convirtiera con los años en la madre de todos los periodistas e intelectuales progresistas es una de esas paradojas que alimentan la obra crítica de Morán.    

La crema de la intelectualidad conservadora 

Desde la aparición de El País hasta la celebración de las primeras elecciones democráticas pasaron “13 meses y once días”. Durante ese tiempo, según Morán, los principales creadores de opinión del periódico fueron Ricardo de la Cierva, José Luis López Aranguren, Julián Marías y José María Gil Robles. “A ninguno de ellos se le podía encasillar fácilmente, fuera de que, sin ser representativos del pasado franquista, todos habían sido en algún periodo más o menos largo de su trayectoria intelectual, colaboradores del sistema”. Morán no olvida el portazo de Aranguren al régimen en 1965, cuando fue expulsado de su cátedra por apoyar las protestas estudiantiles, lo que le convirtió en icono de las izquierdas, pero tampoco sus entusiastas colaboraciones con el diario oficial falangista, Arriba, durante el túnel de la posguerra.

Fueron meses decisivos en los que se formó la nueva opinión pública: la reforma se impuso a la ruptura, la revisión crítica del pasado claudicó en favor del pelillos a la mar y la cultura beligerante se inició su integración en el aparato del EstadoEl País arrancó, por tanto, en los meses decisivos en los que se formó la nueva opinión pública democrática, con estos mimbres: la reforma se impuso a la ruptura, la revisión crítica del pasado claudicó en favor del pelillos a la mar, la conflictividad social se fue apagando y la cultura beligerante inició su integración en el aparato del Estado (proceso que culminaría en los ochenta con el PSOE, entre la Bodeguilla y el referéndum de la OTAN).

Ocurre que, tras las primeras elecciones democráticas, El País se alejó del antiguo régimen, como exigían los tiempos. “Lo que suceda después del 15 de junio de 1977 y la nueva realidad política irán inclinando esa opinión pública balbuceante hacia el centro izquierda del país real”, aclara Morán. La “derecha conservadora” rompió entonces con el rotativo: Julián Marías, Ricardo de la Cierva, Gil Robles y otros abandonaron el barco “por razones distintas, pero coincidentes” en algo: “Ellos representaban el pasado”. Muchos de los que dejaron El País entonces (bautizados como ”los 14”) acabarían en ABC, lo que reforzaría la imagen de El País como referente progre de las nuevas libertades.

Cebrián y Martín Villa
Cebrián y Martín Villa

“¿Cómo no iba a convertirse en símbolo de los nuevos tiempos, y del borrón y cuenta nueva, o más bien, lo que cuenta es el presente, si en julio de 1976 la policía del ministro Martín Villa detenía a unos jóvenes sólo por llevar en lugar bien visible El País? ¿Cómo no creer que algo nuevo nacía ahí, si en febrero de 1977, esa misma policía registraba la casa del director del periódico, Juan Luis Cebrián? Como si se tratase de darle la vuelta a cualquier metáfora, 30 años más tarde, el ex ministro Martín Villa y el exdirector Cebrián serán Presidente y Director General de la misma sociedad que dirige El País”, recuerda Morán.   

El periodista zanja su repaso a El País con unas conclusiones demoledoras sobre la deriva del rotativo más prestigioso de la democracia española. He aquí tres dardos para rematar la función.

El primero para Polanco y su tendencia compulsiva a hacer negocios a la sombra del poder. O los años locos del periódico como lucrativo brazo cultural del felipismo

En Polanco había un empresario que sabía utilizar al Gobierno para la promoción de sus productos, hasta que llega a un punto que es él quien promociona al Gobierno para beneficio extraordinario de sus intereses“Cuando decimos que El País se convertiría en el fallido intelectual colectivo de la Transición, nos estamos refiriendo a dos elementos inseparables de esta historia. Las esperanzas puestas en él por los sectores más dinámicos de la sociedad y la respuesta a esas expectativas bajo la forma de un negocio suculento ribeteado de intereses de poder… De cómo el tándem Polanco-Cebrián devinieron de comparsas en vedetes puede ser divertido, incluso ilustrativo y hasta pedagógico para las escuelas de negocios. Pero desde el punto de vista cultural e ideológico suma cero… En Polanco había un empresario que sabía utilizar al Gobierno para la promoción de sus productos, hasta que llega a un punto que es él quien promociona al Gobierno para beneficio extraordinario de sus intereses, y entrará en barrena cuando ese pacto del gran poder se desmorone. Gozaban de los favores extralegales del Gobierno socialista de Felipe González y dejaron de gozarlos cuando cambió el Gobierno”.

El segundo torpedo va dirigido hacia Cebrián, periodista, intelectual, novelista y consejero delegado:

Cebrián nunca tuvo la más mínima veleidad literaria hasta que descubrió que publicar una novela era facilísimo; lo veía todos los días a su alrededor con tipos que aún escribían peor que él“Nunca tuvo la más mínima veleidad literaria hasta que descubrió que publicar una novela era facilísimo; lo veía todos los días a su alrededor con tipos que aún escribían peor que él, que pensaban menos y que no habían leído apenas. Por lo demás, tiene mérito capitanear un barco recién salido de la botadura y hacerlo cruzar el mar de los sargazos de la Transición convertido en trasatlántico. Aunque esa hazaña no tenga nada que ver con la cultura o la ideología…”.

Y el tercero hacia todos aquellos que, tras dejar el periódico, cargan ahora contra la deriva financiera de Cebrián y la derechización del periódico a base de rememorar con nostalgia esa ya mitológica etapa en la que, dicen, El País fue punta de lanza de una democracia progresista y avanzada gracias a los desinteresados esfuerzos de Jesús de Polanco:

“El desapego y la agresividad de quienes crearon la ilusión de El País como supuesto ‘intelectual colectivo’ se asemejará a los resentidos excomunistas o exfumadores compulsivos. Como toda persona que un día se enfrenta a la falsedad en la que había creído o confiado, tendrá una visceralidad cegadora. El País fue, y aún es, el periódico mejor hecho de cuantos se hacen en España. Nada menos, ¡pero resulta tan poco!”.

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