Fernando Trueba y el coñazo de ser español

El director midió mal el humor del español medio a día de hoy: el tostón identitario está en ignición y no hay declaración folclórica que no se tome como una afrenta política grave  

Foto: Fernando Trueba
Fernando Trueba

No falla: en el Festival de San Sebastián siempre pasa algo ajeno a la competición que acaba llevándose los focos. Un fenómeno, por cierto, que no es necesariamente malo: demuestra que Zinemaldia es algo más que un festival de cine (es el evento industrial más importante del año). La edición de 2015, cuyo palmarés se conoció anoche, reventó audiencias por las palabras de Fernando Trueba al recibir el Premio Nacional de Cinematografía: “Nunca me he sentido español”. Lo dijo, sí, yo estuve allí, y temblaron las tierras de España, del Cabo de Gata al de Finisterre.

Lo paradójico es que el director aseguró luego que pretendía que su discurso tuviera el efecto contrario al que tuvo.

“Como ya habíamos reivindicado muchas veces antes, pensé: vamos a relajarnos y hacer algo más divertido, una cosa simpática, que no fuera ni conflictiva ni provocadora, y mira tú… Es muy curiosa la vida, como las películas, a veces intentas hacer una comedia y te sale un drama”, afirmó Trueba, como si fuera el protagonista de una tragicomedia negra de Azcona sobre un director que pasa en segundos del amor al odio ciudadano por un malentendido retórico...

Business as usual

En realidad Trueba no dijo nada que no hubiera dicho antes de un modo u otro: soy un artista cosmopolita y un ciudadano del mundo, reivindicación progre clásica desde la Transición. Por no hablar del característico afrancesamiento cultural truebaiano, otro clásico de la era de los cantautores y la pana. Reivindicaciones con menos filo político del que pudiera parecer: son más bien folclóricas y costumbristas  

Pero resulta que no está el horno identitario para bollos en España a esta hora de la mañana... y las palabras de Trueba se salieron de madre, pese a que el director pronunció su discurso en tono cómico y relajado, y que dijo frases que tenían más de chiste de Gila que de ataque político serio a España: Del tipo: “Siempre he pensado que en caso de guerra, iría con el enemigo”. O incluso: “Me hubiera gustado que la Guerra de la Independencia la ganara Francia”.

El director no dijo nada que no le hubiéramos escuchado antes: soy un artista cosmopolita, reivindicación progre clásica desde la Transición

El público que asistió al acto -formado mayormente por prensa, políticos y miembros de la industria del cine- se río a carcajadas durante buena parte de su alocución (los miembros del clan Trueba siempre han tenido facilidad de palabra, esto es así). Pero quizá fue ese pitorreo reinante la gota que colmó la paciencia ministerial: Íñigo Méndez de Vigo, titular de Cultura, recibió el truebazo con cara de estar a punto de implosionar, y decidió cambiar su discurso sobre la marcha: de loar al premiado a hacerle frente.

De Vigo, por tanto, leyó rápido el cambio de significado del acto: ya no era una gala de cortesía, sino un duelo versallesco sobre la españolidad hoy. 

Humor de perros a ambos lados

Trueba dice haberse quedado estupefacto con la sobreactuación periodística, política y ciudadana a unas palabras que pretendían quitar hierro/meterle ironía a los discursos reivindicativos. El problema es que una cosa fue escucharle y otra ver lo dicho negro sobre blanco: "NUNCA ME HE SENTIDO ESPAÑOL". ¡Horror! (y ponte tú a explicarle luego a la turbamulta con antorchas que el muchacho estaba de pitorreo).

O sea, que Trueba midió mal el humor del español medio a esta hora de la tarde: ese gran coñazo celtibérico llamado tema identitario está ahora mismo en ignición, y no hay declaración folclórica que no se tome como una afrenta política grave a ambos lados del Ebro. No hay quien escape a la guerra de las banderitas, a la cansina deriva costumbrista de la política española/catalana.

Ahora bien: decir que uno no se siente español delante del ministro y con el Premio Nacional en la mano, es tener ganas de dar espectáculo; eh, Fernando, las cosas como son.

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