El gran chiste de la regeneración italiana llega a España

Corrupción, escándalo, regeneración... y vuelta a empezar. De la Italia de 1992 a la España de 2016. A vueltas con el gatopardismo pop de una serie de televisión de culto: '1992'

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Silvio y Mario
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    Comentario más repetido en Twitter tras la detención de Mario Conde: "¡Vuelven los noventa!". La mayoría de los tuiteros hablaba en clave de humor, pero el revival es real y tiene un alcance político a prueba de cuchufletas: la pesadilla noventera ha vuelto. O el remake de Mario Conde como juego de espejos: vuelve la corrupción, el escándalo y la regeneración, la santísima trinidad que marcó la política española a finales del siglo XX. 

    Flashback: Los cuarentones recordarán que el fenómeno cultural del felipismo tocó techo en 1992, año triunfal de la Expo y las Olimpiadas, con el país encantado de conocerse. Pero, ¡ay!, fue apagarse las luces de la fiesta y empezar el psicodrama: 1993 fue el año de la crisis económica (devaluación de la peseta, caída del 1% del PIB y tasa del paro al 24%) y de los escándalos grotescos de corrupción (de la caída de Roldán a la de Mario Conde), con sus consiguientes llamadas a la regeneración, lo que no impidió que Felipe González volviera a ganar las elecciones contra todo pronóstico: José María Aznar tuvo que esperar a que el socialismo se achicharrara del todo para llegar a Moncloa, en mayo de 1996, hace ahora veinte años.

    La serie demuestra los pavorosos límites políticos de conceptos como "regeneración" y de discursos como "es la hora de la gente decente"

    A Aznar le hubiera gustado pasar a la leyenda como el gran regenerador, pero la historia retrospectiva (ya saben: la justicia es lenta) le ha jugado una mala pasada: las fotos de sus Gobiernos posando en Moncloa son un clásico tuitero en 2016: cada vez que condenan, imputan  o investigan a uno de sus ex ministros, la plebe le pone una X o un círculo rojo; y sí: ya no quedan casi ministros aznarianos que no hayan caído por el sumidero de la corrupción.  

    Todo esto es importante porque "regeneración" es la palabra clave de la actual coyuntura política. Pero como demuestra la carbonización de los gabinetes regeneradores de Aznar, "regeneración" es solo eso, una palabra que cada uno puede rellenar de significado a su gusto. Ejemplo palmario: Mario Conde fue en los últimos años uno de los voceros de la regeneración en España, clamando desde las tertulias de Intereconomía contra la corrupción de los políticos y lanzando guiños a Ciudadanos. Guiños, por cierto, compartidos: recuerden los bochornosos tuits (2012) del líder de Ciudadanos en la Comunidad de Madrid, Ignacio Aguado, para el que el partido fundado por Mario Conde en 2011 (Sociedad Civil y Democracia) era la "alternativa" que "necesita España". Mario Conde, el gran regenerador (que se dice pronto). 


    Pero no se vayan todavía porque aún hay más. El sainete de la regeneración ha vivido un nuevo hito esta semana con la operación policial contra la cúpula de Manos Limpias y Ausbanc por extorsión. Manos Limpias, que ha llevado el peso de la acusación popular del caso Nóss (Urdangarin/Infanta), funcionaba como vanguardia contra la corrupción política con un discurso basado en agitar la dinámica escándalo/regeneración. Ahora se les acusa de poner querellas a políticos y empresarios corruptos y exigirles dinero luego para retirarlas, en lo que podría ser la parodia regeneradora definitiva. Sobornos contra la corrupción. ¡Toma Moreno!

    Manos Limpias tomó su nombre prestado de un emblemático movimiento italiano contra la corrupción, Mani Pulite, investigación judicial que en 1992 destapó el caso Tangentópolis (algo así como Sobornópolis), causa de alcance general sobre los lazos (putrefactos) entre políticos y empresarios italianos que acabó con el desmoronamiento de los grandes partidos de poder (Democracia Cristiana, Partido Socialista). Todo ello entre salvajes atentados de la mafia a los jueces Falcone y Borsellino

    El gran chiste de la regeneración italiana llega a España

    En 2015 se estrenó una serie italiana sobre este quilombo, '1992', que se puede ver otra vez este mes en Movistar +. Merece mucho la pena recuperarla porque ha pasado de puntillas por estos lares, al menos en relación a la exagerada fama de otras series políticas. En efecto, 'House of Cards' es un inofensivo e inverosímil juego de niños comparado con lo que se despacha en '1992': una demoledora e inmisericorde radiografía de las corrientes subterráneas que mueven la organización social. 'House of Cards' es la historia de un tarado; '1992' es la historia de un país.

    La serie italiana muestra los pavorosos límites políticos de conceptos como "regeneración" y de discursos ideológicamente transversales como "esto se resuelve con políticos honrados" o "es la hora de la gente decente" (¿les suenan?). O cómo el proceso que iba a regenerar Italia de arriba abajo concluyó con el triunfo de una nueva política liderada por, ¡ejem!, Silvio Berlusconi y la Liga Norte, gracias a una habilidosa instrumentalización de la dinámica corrupción, escándalo, regeneración... y vuelta a empezar. O sea, un cierre de crisis por arriba de toda la vida.

    Asociar "regeneración" a "Berlusconi" suena ahora tan disparatado como nombrar a Chiquito de la Calzada director de una funeraria, pero en 1993 cuajó, vaya que si cuajó, y '1992' nos muestra las entrañas del experimento en todo su esplendor.  

    El gran chiste de la regeneración italiana llega a España

    Tenía que ser una serie italiana la que diera un puñetazo sobre la mesa de la regeneración: recuerden la gloriosa tradición cultural del país que inventó el concepto del gatopardismo político. "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie", en gloriosas palabras inventadas por Lampedusa y popularizadas por Visconti.

    O como dice un viejo, cínico y astuto político de la Democracia Cristiana en una escena de '1992': "La mejor manera de enterrar un asunto en Italia es crear una comisión de investigación parlamentaria". ¡Larga vida a la comedia de la regeneración!       

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