La balada del cazador furtivo: Francis Franco y el silenciador de Hitler

El nieto del dictador, condenado a 30 meses de cárcel por embestir a unos guardias civiles y darse a la fuga mientras cazaba donde no debía, tiene un berlanguiano historial de tirador secreto

Foto: Francis Franco. (Imagen: E.Villarino)
Francis Franco. (Imagen: E.Villarino)
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Hagamos como que este artículo es una de esas películas en las que uno empatiza con el protagonista haga lo que haga y caiga quien caiga...

Tras una noche de caza furtiva en el noroeste de Teruel, el 4x4 de nuestro antihéroe (un Toyota Hilux) circula por la nacional 234, de noche y con las luces apagadas. Una pareja de la Guardia Civil le da el alto. Nuestro hombre responde pisando a fondo el acelerador… Treinta kilómetros de persecución por pistas forestales más tarde, los agentes cortan el paso al todoterreno en una carretera comarcal… pero lo mejor está por llegar: 1) El copiloto del Toyota blande un arma larga. 2) Nuestro protagonista embiste marcha atrás al vehículo policial, y vuelve a darse a la fuga. 3) Agente herido. 4) Los policías intentan disparar a las ruedas del 4x4, pero acaban colisionando y pierden su rastro. 5) El Toyota aparece abandonado en un pueblo perdido de Teruel... Oh, yeah.

Aquí pueden escuchar los audios policiales de la persecución cortesía de 'Espejo público'.

Casi seis años después de la noche de autos, un juzgado ha condenado a Francisco Franco y Martínez-Bordiú, Francis, a 30 meses de cárcel (18 por atentado a la autoridad y 12 por conducción temeraria). Francis alega que esa noche no estaba en Teruel, sino en Madrid. Cabe recurso. Al borde del presidio...

Francisco Franco en el juicio (EFE)
Francisco Franco en el juicio (EFE)

No es la primera vez que la suma de los dos grandes vicios de Francis -la caza y la velocidad- da como resultado una aparatosa mezcla deTarantino y 'Fast & Furious'.

El 5 de marzo de 1977, fue descubierto cazando de madrugada y con silenciadores en la reserva nacional de Puertos de Beceite (Tarragona). Tras escuchar los disparos, los guardias bloquearon las salidas de la reserva, pero Francis, en lo que parece ser un ejercicio de estilo, escapó a todo gas. Los agentes dispararon a las ruedas de su bólido, momento en el que el nieto del Caudillo echó a correr monte arriba cual cabra montesa. Logró huir, sí, pero fue identificado, y condenado a 45 días de arresto mayor y dos años de retirada de armas.

En 1979, le pillaron en otra cacería furtiva en la reserva nacional de los Montes Universales (Teruel), con un rifle Remington propiedad de su madre, Carmen Franco Polo. Fue denunciado y absuelto.

Armado y mimado

Si recordamos sus antecedentes, no es para dar ideas a los magistrados, sino para señalar una coherencia biográfica, una fidelidad a sí mismo y a su escopeta, una atracción por el desastre. Se trata, en definitiva, de ponernos en su lugar para tratar de entender qué se le pasa por la cabeza a un hombre (rico) de avanzada edad (63 años) para dedicarse a la caza furtiva y a arrollar picoletos en sus ratos libres...

Flashback 1: “No recuerdo cuando fue la primera vez que tuve un arma entre mis manos. Ni tampoco tengo muy claro cuál fue la primera pieza que abatí. Comencé a tirar desde muy niño con una escopetita de aire comprimido que me regalaron. Enseguida descubrí la que todavía es mi gran pasión: la caza. Con seis o siete años, me escapaba a los jardines del Palacio de El Pardo para cazar gorriones y otros trofeos de singular valía”, cuenta nuestro antihéroe en su biografía, ‘La naturaleza de Franco’.

No recuerdo cuando fue la primera vez que tuve un arma entre mis manos. Ni tampoco tengo muy claro cuál fue la primera pieza que abatí

Flashback 2: “Hasta los 14 años no dejó de llorar un solo día, siendo su infancia un columpio que iba de ser mimado a fondo a estar sobrevalorado sin cesar. Por eso Francis es ahora un hombre duro, frío. Necesita mucha leña para conmoverse. Tantos cantos de alabanza le condujeron al empacho. Desde que nació se le revistió de elogios. Ahora le está costando adaptarse a ser uno más entre millones”, cuenta Jimmy Jiménez-Arnau en ‘Yo, Jimmy. Mi vida entre los Franco’.

Francis se crió en El Pardo en un aislamiento típico de la sangre azul. Fue un niño mimado, enfermizo y sin amistades infantiles, como ha reconocido. “Mis amigos de la infancia fueron militares: los ayudantes de mi abuelo… Contaba las horas para que llegara el viernes y poder irme a cazar”, narra en sus memorias.

Así que, por un lado, tenemos al cazador compulsivo, y por otro, al niño débil -criado entre adultos y caprichos- convertido en hombre duro. Sumen ahora la llegada de la democracia, con sus fuertes dosis de hostilidad hacia la familia Franco tras décadas de jijí-jajá, y tendrán un cuadro mental que haría las delicias de un psicoanalista argentino...

La rave de El Pardo

El Generalísimo, gran aficionado a la caza, permitió a su primer nieto cazar conejos en El Pardo cuando era un chavalillo. “Con ello -contó un guía del monte a ‘Interviú’ en 1977- el nieto sacaba algunas perras”. Pero el joven Francis -19 años cuando murió Franco- tenía su propia agenda cinegética y económica al margen de su abuelo. El reportaje de ‘Interviú’ hablaba de “escandalosas noches de caza furtiva en El Pardo”, de Francis subido a un jeep provisto de un foco, de “coches particulares atiborrados de cazadores”. “Su abuelo no debió llegar a enterarse nunca” porque los guardias hacían la vista gorda, según contó uno de los furtivos a la revista.

Son unos cobardes. No tienen narices para invitar a un Franco a cazar

Francis aprovechaba las cacerías, que se repetían dos o tres noches por semana, para comercializar la carne entre los restaurantes de la zona. He aquí un joven emprendedor celtibérico en acción. “Se dio cuenta de que con los dos millones regalados por los abuelos al cumplir los dieciocho no tenía ni para empezar. A Francisco Franco junior el dinero se le iba de las manos, y su meta se centraba en idear y maquinar métodos para rellenar la hucha. Mientras fue nietísimo y tenía venia para cazar en los montes de El Pardo, se organizaba sus chanchullos con los restaurantes de la zona, a los que llevaba liebres, conejos y gamos a tanto la pieza. Como no estaba al tanto de los precios de mercado le pagaban menos. Pero él ni se enteraba. Al revés, estaba convencido de su gran capacidad de negociante y se consideraba un as del trueque. En otra ocasión, y sin que la familia lo supiera, afanó varias cornamentas -trofeos del abuelo y de su progenitor-, las metió en un camión y las vendió en Galerías Preciados, donde su abuela era accionista. Los cuernos tenían muy poca salida comercial, pero ‘por ser vos quien sois’ le entregaron diez mil pesetas”, cuenta Paloma Barrientos en su biografía de Carmen Martínez-Bordiú.

Cuando la burbuja del clan Franco saltó por los aires, el desconcierto del nieto del Caudillo debió ser sincero. En el verano de 1976, Francis llegó con un jeep a El Pardo para cazar, pero un guardia le prohibió la entrada. Se había acabado la diversión, al menos en la 'finca' del abuelo...

“Cuando el rumbo del país cambió, las prebendas desaparecieron. Las quinientas invitaciones recibidas al mes, habitualmente, para participar en cacerías, bajaron alarmantemente hasta llegar a cero. Las ratas que abandonaban el barco no querían saber nada de Francis, y así lo comentaba a sus amigos: ‘Son unos cobardes. No tienen narices para invitar a un Franco’. A él le daba igual. Si no le invitaban, peor para ellos, ya se buscaría otros montes donde ejercer su buen pulso. Y lo hizo, sin darse cuenta de que su abuelo ya había muerto”, recuerda Barrientos en el libro.

Podría haber seguido cazando furtivamente en los bosques de Icona, y no habría pasado nada, pero Francis quería que todo siguiera igual que en vida de Franco

Se lo contó Mauricio López-Roberts, marqués de Torrehermosa, al periodista Mariano Sánchez Soler en el libro ‘Los Franco S.A.’: “Yo solo he tenido dos silenciadores en mi vida: uno de la guerra del Vietnam y otro que me dio Francis Franco para que lo arreglara. Era un silenciador que Adolfo Hitler había regalado a su abuelo. Yo, con Francis, había cazado venados en los montes de El Pardo y él me dio ese silenciador para que se lo adaptase a las escopetas… Después de la muerte del abuelo, Francis se dedicó a la caza furtiva con ese silenciador. Podría haber seguido cazando furtivamente en los bosques de Icona, y no habría pasado nada, pero Francis quería que todo siguiera igual que en vida de Franco. Por eso lo denunciaron por caza furtiva”.

Que todo siguiera igual que en vida de Franco. En efecto, Francis era un nostálgico del antiguo régimen, pero lo que echaba realmente de menos igual no era el franquismo en general, que también, sino la libertad de poder cazar cuando y donde le daba la gana, a espaldas de cualquier autoridad… incluido su abuelo. ¡Si ni siquiera pedía permiso a Franco para cazar furtivamente, por qué iba a pedírselo a los demócratas que habían cambiado la camisa nueva por la chaqueta vieja!

En 1973, a los 18 años, Francis dio su primera entrevista: “Sé que a mi madre le habría hecho ilusión que hubiera sido militar. A mi abuelo, no sé, porque como nunca demuestra sus sentimientos… La gente joven es la más inquieta. ¡Vamos! ¡Somos los más inquietos! Siempre tenemos afán de polémica, afán de llevar la contraria y, al mismo tiempo, afán de renovación. Y, claro, eso también choca con las estructuras preestablecidas. Y por lo tanto, es normal que haya pequeños o grandes problemas. Lo veo como una cosa lógica, natural, y que habrá siempre, aunque yo soy totalmente apolítico”.

Su aportación más destacada a la renovación del franquismo quizá fue su corto noviazgo con una jovencita llamada Ana García Obregón -de familia de constructores vinculada al régimen- con la que desembarcó en la jet set marbellí y su loco mundo de hostelería y saraos. Los choques con las estructuras preestablecidas, por su parte, consistieron en jugar al gato y al ratón con los agentes que perseguían a los cazadores furtivos.

A Francis le dije que en 'La escopeta nacional' me iba a meter con el franquismo, pero no con su abuelo

Cuenta Francis en sus memorias que ni él ni el Caudillo estaban a favor de la caza furtiva, por el “necesario respeto a la naturaleza que debe tener un buen cazador”. Afirmación que choca con los incidentes aquí narrados, pero bueno, dado que Francis también asegura en el libro que Franco fue el hombre que trajo las libertades democráticas a España, pues no se lo vamos a tener en cuenta porque… ¡para qué están los nietos si no para hablar bien de los abuelos!

Moraleja: Francis se echó al monte para vadear las turbulencias de la Transición… y allí se ha quedado, tocando la balada del cazador furtivo. ¿Sigue pensando Francis que España es la finca de su abuelo?

El fontanero de Berlanga

Luis García Berlanga contrató a Francis Franco de asesor en ‘La escopeta nacional’ (1978). Con amplias funciones: desde comprobar que aquello tuviera un mínimo de verosimilitud cinegética, hasta proveer de armas al equipo, incluidas algunas usadas por Franco en sus cacerías, pasando por, ejem, conseguir lencería al maestro. En serio. Testimonio de Berlanga (sacado de un libro de Antonio Gómez Rufo): “Como yo no tenía ni idea de cómo eran esas cacerías que se organizaban durante el franquismo, me pareció una buena idea [contratar al nieto de Franco]. A Francis le dije que en la película me iba a meter con el franquismo, pero no con su abuelo, y la verdad es que se portó estupendamente… Luego, durante la película, necesité unos ligueros para Mónica Randall, y como sabía que a su hermana María del Carmen le gustaban mucho esas cosas, la lencería, la ropa interior, le pedí que la llamara para ver si me los podía prestar… Hasta en ese detalle nos ayudó”.

Francis Franco en su biografía: “Excepto por las licencias propias de un guion de cine, que exacerba los detalles morbosos para obtener efectos tragicómicos, la verdad es que las cacerías que reflejaba la película de Berlanga se parecían bastante”. No hay más preguntas, señoría.

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