El canguro fake de Leguineche. Las pasmosas trolas del gran libro español de viajes

Cómo Manu Leguineche, icono del periodismo español del siglo XX, se inventó parte de su célebre ensayo sobre una vuelta al mundo en coche

Foto: El periodista Manu Leguineche. (imagen: EC)
El periodista Manu Leguineche. (imagen: EC)
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El día que cuente como atravesé el Círculo Polar Ártico a lomos de un mamut, se va a caer internet, pero ese día no es hoy…

El corresponsal de EFE en Bangkok, Gaspar Ruiz-Canela, ha publicado esta semana una entrevista asombrosa con el periodista estadounidense Harold Stephens, de 91 años, que en 1965 lideró una vuelta al mundo en coche: la Trans World Record. Resulta que en dicha expedición iba un joven (23 años) Manuel Leguineche (Vizcaya, 1941/Madrid, 2014), leyenda del periodismo español del siglo XX; resulta que Leguineche narró el viaje años más tarde en 'El camino más corto' (1974), considerado por algunos como el mejor libro español de viajes; y resulta, ¡ay!, que Stephens sostiene ahora que Leguineche fabuló el último capitulo del libro —el dedicado a Australia— porque abandonó la expedición antes de pisar nuestras antípodas.

Portada del libro de Stephens.
Portada del libro de Stephens.

"Leguineche quería ir después [a Australia] y me preguntó cómo era y le di mi manuscrito", contó a EFE Stephens, que junto a otro miembro de la expedición, Albert Podell, escribió su propia crónica del viaje —‘Who Needs a Road?’— publicada en 1968, seis años antes que la de Leguineche.

Lo primero que se te viene a la cabeza al oír esto es, pero vamos a ver, ¿cómo se va a inventar Manu Leguineche un capítulo entero sobre sus peripecias por Australia sin haber ido a Australia? Luego uno fantasea con la posibilidad de que Stephens no se acuerde bien de lo que pasó en 1965, o que esté medio gagá a los 91 años, o que lleve bebiendo ginebra desde las 10 de la mañana en su retiro dorado en Bangkok, o que sea uno de esos extranjeros arquetípicos afincados en Asia con el síndrome del coronel Kurtz: incapaz de diferenciar entre verdad y delirio tras dar demasiadas vueltas por la jungla.

Hacia rutas salvajes

Ante la duda, nos hacemos con el libro de Stephens y con el de Leguineche. Pues bien: a Stephens le ha fallado la memoria… porque se ha quedado corto. No es que Leguineche no pisara Australia con la expedición, que no lo hizo, es que tampoco realizó parte del periplo asiático, lo que no fue óbice para que lo describiera en su libro con todo tipo de floridos detalles.

Según el libro de Stephens, la última vez que vio a Leguineche durante el viaje fue en Darjeeling (India). La expedición estaba en punto muerto por diversos motivos y “Manu quería quedarse en la India para continuar de corresponsal de guerra [India contra Pakistán] y otros asuntos para la prensa española… Le miré por última vez. Cómo había cambiado desde aquella tarde que nos conocimos en Madrid… Cómo se había unido a nuestra expedición por casualidad y embarcado en una aventura que había cambiado su vida por completo y posiblemente para siempre. Nos despedimos por última vez, y me dirigí hacia Kaziranga, en el estado de Assam… hasta alcanzar el santuario natural”.

Tres elefantes nos esperaban en el umbral de la jungla. El sol estaba alto cuando penetramos en el corazón de la reserva de animales. Nuestro elefante se balanceaba como los dromedarios de Giza

En Kaziranga, una de las grandes reservas naturales mundiales, Stephens inició una larga ruta en elefante. Pero hete aquí que Leguineche asegura en su libro que él también iba subido en uno de esos paquidermos: "Tres elefantes con sus respectivos ‘cornacs’ nos esperaban en el umbral de la jungla. Escalamos hasta ellos, el jefe [Stephens] ocupó una de las alforjas y yo otra. El sol estaba alto cuando penetramos en el corazón de la reserva de animales. Nuestro elefante se balanceaba como los dromedarios de Giza".

Portada del libro de Leguineche.
Portada del libro de Leguineche.

Algunos de los párrafos de Leguineche recuerdan a los de Stephens, y en otros deja volar una imaginación fascinada de lector de ‘El libro de la selva’: "Observé el comportamiento del elefante: indiferente por completo a los rinocerontes blancos de un cuerno, a los búfalos salvajes, a los leopardos, tigres y boas que surgían de la selva virgen, el paquidermo se abría paso lentamente pero con absoluta seguridad. Extendía la trompa a un lado y a otro y arramblaba con frutas silvestres, ramas, tallos de bambú, lianas, hierbas y las devoraba con un apetito envidiable".

Leguineche no ahorra en detalles escatológicos:

"Enseguida descubrí que el elefante era una trituradora que lo que consumía delante lo evacuaba por detrás casi automáticamente. Sus deyecciones, constantes, caían con el sonido de las bombas sobre el terreno y los riachuelos. Era una perfecta maquinaria de comer y cagar, sin detenerse. Todo obstáculo vegetal que pillaba a su paso desaparecía después de violentos y sabios trompazos. En ocasiones la cerrada vegetación nos sumía en la oscuridad pero nuestro ‘bulldozer’ mantenía su marcha regular. Desde ese día mi admiración por los elefantes no tiene límites".

Antípodas

Respecto al capítulo australiano: sabemos que Leguineche estuvo luego en Australia (con certeza después de escribir ‘El camino más corto’, no sabemos si antes), pero en realidad eso no importa tanto, ya que lo que cuenta en el libro es su experiencia como miembro de una expedición… con la que nunca pisó suelo australiano (siempre según el libro de Stephens: no parece sensato pensar que el periodista estadounidense tuviera algún motivo para eliminar de esta parte del viaje a su amigo Leguineche en 1968).

El primer canguro rojo saltó unos 500 kilómetros después de haber tomado la salida en Darwin”, arranca el capítulo de Leguineche sobre Australia, titulado ‘Antípodas’.

No resultó una singladura fácil. En ocasiones perdíamos la carretera, convertida en pista arenosa, el consumo de agua era alto y los víveres escaseaban

Y sigue:

"El jefe [Stephens] seguía, impertérrito, al volante del Land Cruiser. El coche japonés era ya una continuación de nosotros mismos o nosotros una extensión de él, una especie de centauros. Lo mismo que los caballejos fieles saben guiar a su amo hasta lugar seguro, el Land Cruiser había adquirido con nosotros un sexto sentido que, con sus pistones, su motor de explosión, sus neumáticos, le permitía unirse al torrente sanguíneo de los viajeros. La simbiosis entre la carne y la máquina. De Darwin a Alice Springs hay 1.572 kilómetros de desierto que conducen a la altiplanicie central, y de Alice a Melbourne, 2.512 kilómetros, 500 de los cuales eran pistas de tierra. No resultó una singladura fácil. En ocasiones perdíamos la carretera, convertida en pista arenosa, el consumo de agua era alto y los víveres escaseaban”.

Y ya cuesta abajo y sin frenos...

"Por la noche encendíamos una hoguera al lado del Land Cruiser con la abundante madera a nuestro alcance y la botella de tinto australiano Mount Pleasant corría de boca en boca. Sólo faltaba una armónica para convertir aquello en una escena de película del Oeste. El paisaje, los vaqueros, los caballos salvajes nos recordaban al ‘far west’ metro a metro. Al sereno, sin hacer guardias, con varias hogueras a nuestro alrededor para evitar la presencia de algún animal peligroso, nos tumbábamos sobre nuestros sacos de dormir con la Zenith encendida y a considerable volumen. Nos daba seguridad y nos relajaba. Sobre todo la música jazz", escribe Leguineche.

PD: Y ahora permítanme rematar rememorando el día que atravesé las llanuras de Mongolia al frente de los ponis de asalto de Gengis Kan

Animales de compañía

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