El sórdido trapicheo con el cadáver del hermano 'hippie' de Maragall

O cuando la muerte en oscuras circunstancias del familiar de un alto cargo —el alcalde de Barcelona— se convirtió en una batalla política siniestra. La resaca del 92

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El mundo visto a través de un grano de arena: ¿Está toda la historia española del siglo XX contenida en las peripecias de dos familias?

Jordi Costa acaba de publicar una historia subterránea de España: 'Cómo acabar con la contracultura'. Ensayo sobre la explosión 'underground' —'hippies', anarcos, macarras; 'cómix underground', cine alternativo, revistas contraculturales— nacida contra el franquismo y difuminada tras la normalización socialdemócrata. Del conflicto a las instituciones.

El ensayo de Jordi Costa.
El ensayo de Jordi Costa.

El ensayista se pregunta qué fue de la energía contracultural, pero también reflexiona sobre las contradicciones del movimiento, y monta un juego de espejos entre la contracultura y sus gemelos del 'mainstream'. La gran paradoja queda sintetizada en el capítulo dedicado a la saga Vallejo-Nájera. O las inquietantes conexiones sentimentales y políticas entre supuestos opuestos: el patriarca, el doctor Antonio Vallejo-Nájera, jefe de los Servicios Psiquiátricos Militares del ejército franquista durante la Guerra Civil y autor de truculentos estudios clínicos 'mengelianos' sobre la relación entre marxismo e inferioridad mental; y su hijo, Alejandro Vallejo-Nájera, considerado el primer y último 'hippie' español, atrincherado primero en Ibiza (¡antes de los años sesenta!), y más tarde en las playas asiáticas de Goa, con aspecto de eremita y afición a las drogas, pero que no llega a ser nunca la oveja negra de una familia de élite, pues quizá tenía más de vividor, de "sinvergüenza simpático" y de 'hippie' de derechas que de rupturista social. Por no hablar de la última generación de los Vallejo-Nájera, representada por esa indescriptible 'celebritie' pija llamada Colate.

Solo por el capítulo dedicado a los Vallejo-Nájera, el libro de Costa merecería estar entre los mejores ensayos del año. No hay mucho más que añadir a la psicodélica historia de esta familia.

Donde igual sí se puede aportar algo es a otra saga familiar que planea sobre el libro y explica a todo un país: los Maragall. Tenemos a Joan Maragall, padre de la poesía catalana modernista e intelectual de postín del XIX en Cataluña; y a su nieto, Pasqual, alcalde socialista de la Barcelona del 92 y 'expresident' de la Generalitat; también tenemos a un invitado sorpresa, Pau Malvido, nombre de guerra del hermano de Pasqual, teórico brillante de la contracultura (imprescindibles sus crónicas de la época para la revista 'Star' recopiladas en el libro 'Nosotros los malditos') y militante alternativo hasta sus últimos días (del hippismo de Formentera, a las comunas catalanas, pasando por la Barcelona libertaria del 77).

He aquí un extracto de lo que escribió Malvido a su paso por la Formentera 'hippie':

Portada del libro de Maldivo.
Portada del libro de Maldivo.

1) "En Formentera se instalaron unos pocos 'hippies', rodeados de yanquis y holandeses mucho más ricos que ellos. Casi ningún barcelonés alcanzó la beatitud casi tonta de algunos de los 'hippies' extranjeros que veíamos por aquí. Llevábamos detrás demasiada carga como para eso. Los placeres, la sencillez, los ropajes amplios y cómodos, la fraternidad, la no-obligación de hacer cosas 'importantes' o de provecho, el ocio y el arte, todo eso lo intentamos y en buena parte lo conseguimos, pero acompañándolo siempre de una cierta dosis de mala leche, de enfrentamiento con todo lo que nos rodeaba. Es muy diferente un estudiante yanqui con pasta que se va al campo, a un campo fértil y organizado, que disfruta de una beca o un seguro de desempleo, de un catalán pobretón, en un país fascista, que se va a un campo depauperado y seco, sobre todo en Formentera, donde para plantar una lechuga hay que extraer diez kilos de pedruscos".

Los que nos hicimos 'malos' procediendo de familias un poco más ricas y biempensantes, hemos tenido que endurecernos aceleradamente, dándole muchas vueltas al coco

2) "Toda esa dureza social, económica y política hacía que el abandono de los 'hippies' catalanes fuera relativo. Un ojo abierto y otro cerrado. Dobles vidas. Para aguantar en eso había que montarse un rollo mental fuerte, tan fuerte como la vida misma que estábamos llevando. Lo necesitábamos también porque siempre habíamos tenido un rollo mental o ideológico con que reforzar o justificar nuestra actitud rebelde. La gente que procede de ambientes proletarios o delictivos de toda la vida se hacen duros desde que nacen. Los que nos hicimos 'malos' procediendo de familias un poco más ricas y biempensantes, hemos tenido que endurecernos aceleradamente, dándole muchas vueltas al coco. Por eso, los freaks y los 'hippies' no se limitan a vivir una vida diferente a como lo tenían. Y para eso nada más adecuado que el LSD que no tardó en aparecer", escribió Malvido.

Al final de su libro, Costa se pregunta qué acontecimiento simboliza la muerte de la contracultura en España: "¿Murió la contracultura cuando Pasqual Maragall se hizo esa célebre foto desde las alturas, con la ciudad borrosa al fondo, para celebrar la elección de Barcelona como sede para las Olimpiadas del 92? En mayo de 1994 se hallaba el cuerpo sin vida de Pau Malvido en las Ramblas de Barcelona, víctima de esa adicción a la heroína que tal vez había sido su último gesto ante la constatación de los límites para la utopía que le ofrecía el presente".

¿Murió la contracultura cuando Pasqual Maragall se hizo esa célebre foto para celebrar la elección de Barcelona como sede para las Olimpiadas del 92?

Pero la verdadera colisión dolorosa entre el 'underground' y el 'mainstream', el fin de la inocencia, no fue tanto la muerte de Malvido como la gestión política de su cadáver, trapicheo apuntado brevemente por Costa y del que merece la pena contar algo más. O la paradoja del hombre —Malvido— que se pasó toda su vida huyendo del 'mainstream', pero no pudo morir en paz 'underground', víctima de los instintos más bajos de las altas instancias.

Hombre muerto en las Ramblas

21 de mayo de 1994, una patrulla de la Guardia Urbana encuentra un hombre muerto en un banco de las Ramblas de Barcelona. Causa: sobredosis de heroína. El muerto no lleva ninguna identificación... pero se parece bastante al alcalde. Uno de los agentes, que ha oído las historias que circulan sobre un hermano de Maragall adicto a las drogas, decide llamar antes a la alcaldía que al juzgado. No iba desencaminado: el muerto era Pau Maragall, conocido en los ambientes contraculturales como Pau Malvido.

La familia Maragall intenta despachar el asunto con una mezcla de discreción y manipulación. Ernest —hermano de Pasqual y Pau y miembro del equipo de Gobierno del Ayuntamiento de Barcelona— se pone a la cabeza de las operaciones: puentea al juzgado y traslada el cadáver de su hermano al Centro Médico Municipal Perecamps, donde Malvido recibía esos días un tratamiento de desintoxicación. El psiquiatra de Pau en el centro médico firma un certificado falso de defunción: Malvido habría muerto en Perecamps tras una "intoxicación farmacológica" derivada de su tratamiento.

La cosa se podía haber quedado aquí, en la gestión clandestina de la dolorosa muerte del familiar de un alto cargo, en un blanqueamiento desde el poder. Pero resulta que el magistrado de guardia ese día era Lluís Pascual Estevill, juez estrella de Barcelona, azote de la burguesía… y futuro condenado por varias causas aberrantes de corrupción judicial.

El alcalde Maragall durante los preparativos de los Juegos Olímpicos. (EFE)
El alcalde Maragall durante los preparativos de los Juegos Olímpicos. (EFE)


Fontanería guarra

Los datos del oscuro episodio del cadáver de Pau Malvido están sacados del libro 'Estevill y el clan de los mentirosos', del periodista Félix Martínez, biografía no autorizada del superjuez subtitulada contundentemente: "Crónica de un chantaje a la burguesía, a la banca y a las instituciones".

La relación entre Estevill y Maragall no era buena: el alcalde de Barcelona había chocado con uno de los socios de tropelías del magistrado: el empresario Javier de la Rosa. Para colmo, Maragall se había posicionado en contra de que Estevill ascendiera en el escalafón judicial (su nombre sonaba para el Consejo General del Poder Judicial). Había llegado la hora de vengarse del alcalde: la gestión del cadáver de Pau Malvido se iba a convertir en un escabroso tira y afloja entre un Maragall que intentaba enterrar a su hermano de un modo discreto y un Estevill que retuvo el cuerpo… hasta que logró rascar algo.

El alcalde envió al juez un fax con una sola frase como texto: 'Déjenos enterrar a un hermano en paz'


Estevill ordenó trasladar el cadáver al Instituto Anatómico Forense y detener al psiquiatra de Pau Maragall por manipular el acta de defunción. Medidas judiciales que podían sonar justas y razonables a primera vista —las maniobras de la familia Maragall por maquillar el escenario de la muerte eran evidentes— pero que ocultaban algo más: a Estevill nunca le movió el afán de justicia, ni en este caso ni en ningún otro...

Lo primero que hizo el juez tras hacerse con el control del cadáver fue filtrarlo a la prensa. Lo segundo: quedarse de brazos cruzados. "Pasqual Maragall fue informado de los manejos del juez. Inmediatamente intentó ponerse en contacto con Estevill. Llamó reiteradamente al Juzgado de Guardia. Pero el magistrado no se dignó a ponerse al teléfono. Ante las dificultades de comunicación [el alcalde] le envió un fax con una sola frase como texto: 'Déjenos enterrar a un hermano en paz'", cuenta Martínez. Pero el tiempo corría a favor de Estevill.

Portada del libro de Martínez.
Portada del libro de Martínez.

El chantaje funcionó. Un desesperado Maragall contactó con Miquel Roca —entonces portavoz de CiU en el Congreso— para que desencallara el asunto (¿cuántas veces habrá ejercido Roca el rol de solucionador de entuertos —cual Señor Lobo en 'Pulp Fiction'— en los últimos cuarenta años?). Roca llamó a Estevill, y mira tú por dónde, a él si le cogió el teléfono. El juez estrella aprovechó la llamada para amarrar su próximo nombramiento como miembro del Consejo General del Poder Judicial a propuesta de CiU. "Estevill solo quería saber si dejar correr el asunto [del cadáver de Pau Malvido] iba a ser considerado un favor en el futuro por Roca. El entonces secretario general de CDC se lo confirmó. 'Entonces dalo por hecho', fue la despedida de Pascual Estevill", según Martínez. Pelillos a la mar, aquí no ha pasado nada, circulen.

El perfil del magistrado es de traca: hijo de un pastor de cabras, Estevill llegó a la Barcelona de los años cincuenta muerto de hambre, pero acabó prosperando, hizo carrera como abogado (mediante no pocas turbiedades) y triunfó como juez estrella y azote de la burguesía catalana. Ante la fascinación de un sector de la prensa que lo vendió como un Robin Hood de los juzgados, el terror de la flor y nata barcelonesa. La leyenda del justiciero hecho a sí mismo.

¿El ensañamiento antiburgués de Estevill era fruto del resentimiento de clase del expastor de cabras? La obsesión de Estevill con los ricos no se explica del todo ni con el odio de clase, ni con la venganza, ni mucho menos con el afán de justicia, sino con algo mucho más prosaico: la avaricia y el abuso de poder. En efecto, no hay chantajeado más lucrativo que un rico: bastaba con la amenaza del juzgado para que empezaran a soltar dinero (era eso o la cárcel). Sobornos S.A.

Café, copa y puro

Estevill fue un juez estrella con fuerte voluntad de poder, grandes dotes para la manipulación y asombrosa falta de escrúpulos. Flirteó con la política tardofranquista, con el CDS, con el PP y con CiU. También flirteó con los medios (bueno, más que flirtear, consumó): las filtraciones a la prensa eran constantes, y tenían su particular escenografía: se hacían siempre en el restaurante donde Estevill tenía mesa reservada 24/7 (restaurante de nombre ajustado a lo que allí se cocía: La Puñalada).

"En 1992, ya era tradicional que un día antes de que ejecutara una diligencia que iba a resultar espectacular citara a alguno de sus periodistas de cámara a comer en La Puñalada. Los platos llenos de virutas de jamón de Jabugo finamente cortadas y acompañadas de apio, marca de la casa, precedían a los arroces de verduras, de pescado, o al bacalao con 'xamfaina', siempre regados con caldos de Rioja… Con los cafés, la copa —en el caso del juez, copas— y el inevitable Montecristo del número 1, llegaban las confidencias del magistrado: citaciones de personajes públicos en calidad de inculpados que iban a acabar, con absoluta certeza, en encarcelamiento; informes sobre el patrimonio, las actividades económicas de los principales acusados… Si el magistrado estaba de humor, el periodista le seguía, tras el almuerzo, hasta su despacho, donde Estevill le entregaba copias de la documentación que corroboraba las confidencias que le había hecho entre copa y copa", explica Martínez.

El sobrenombre de 'azote de la burguesía' se lo había sugerido el propio Estevill a un periodista

Y atentos a la segunda parte de esta edificante performance judicial/periodística: "Al día siguiente, blandiendo el periódico en el que aparecía la información como evidencia de un delito de lesa tradición, Estevill sometía a los abogados de la defensa a sus temibles estallidos de cólera. Dispensándoles un trato humillante, les acusaba de ser los responsables de la filtración periodística, a pesar de que las informaciones fueran absolutamente contrarias a los intereses de sus clientes. Gritaba, golpeaba la mesa con sus puños… y llegaba a amenazarles con iniciar un procedimiento penal contra ellos por revelación de secreto. La diatriba, con interrogatorios incluidos, podía durar horas". ¿Justicia? Yo soy la Justicia.

La prensa amiga, en definitiva, siguió alimentando el mito del magistrado como peor pesadilla de la malvada burguesía. "El sobrenombre de 'azote de la burguesía' se lo había sugerido el propio Estevill a un periodista poco antes de que el apodo apareciera por primera vez en letras de molde", aclara Martínez.

Pero a mitad de los noventa, las cosas empezaron a torcerse. En 2005 el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña condenó a Estevill a nueve años de cárcel por cohecho, prevaricación, extorsión y detenciones ilegales.

Moraleja: La autopsia de la contracultura en España la hizo un pastor de cabras reconvertido en juez estrella, con el cadáver de un miembro desclasado de la burguesía, y ante el estupor del alcalde progresista de Barcelona. Mejor y más sórdido episodio para explicar el errático funcionamiento del ascensor social en España no lo van ustedes a encontrar nunca. O cuando todas las cartas están marcadas.

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