El vídeo del 23-F que no deja bien parado a Felipe González

38 años del intento de golpe de Estado ¿Por qué unos diputados se tiraron al suelo cuando entró Tejero en el Congreso y otros se quedaron sentados? La trastienda incómoda de un movimiento

Foto: La filmación de TVE durante el tejerazo
La filmación de TVE durante el tejerazo
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¿Qué pensarán los millennials al ver por primera vez la filmación del 23-F? Pues probablemente algo parecido a lo que pensaron las generaciones anteriores, pero quizá con más guasa: ¡Menudo astracán! ¿Cómo es posible que los golpistas fueran tan chapuceros como para no saber que toda España les estaba viendo en la tele? Pues bien: pese a la creencia habitual, aquello no fue así: nadie vio el golpe en directo en casa y con unas palomitas. Un operador de TVE se hizo el loco cuando entró Tejero y siguió grabando —los guardias civiles tardaron media hora en darse cuenta y cortar la emisión—. Pero al contrario de lo que pasaría hoy, la votación para la investidura de Calvo Sotelo no se emitía en directo en ningún sitio. La primera vez que España vio el tejerazo por televisión fue al día siguiente, el 24-F, momento clave para calibrar el golpe, del que hoy se cumplen 38 años.

Recuerden: la orden de Tejero fue: "¡Se sienten, coño!", pero los diputados prefirieron echarse al suelo cuando empezaron a silbar las balas; todos menos tres: Adolfo Suárez, presidente saliente del Gobierno, Santiago Carrillo, secretario general del PCE, y Manuel Gutiérrez Mellado, militar y vicepresidente del Gobierno, que se encaró con los golpistas.

Tras una tarde/noche de tensión, la asonada fracasó.

Alfonso Palomares, periodista crítico durante el tardofranquismo y la Transición, colaborador de varios medios y presidente de la agencia EFE desde 1986, comió el 24-F con Felipe González y Alfonso Guerra. Palomares lo contó en unas memorias —'Siempre llega la noche'— con tanta chicha que sus reveladores detalles sobre la resaca socialista del 23-F pasaron más bien desapercibidos. Y tenían tela. Marinera.

Mediodía del 24-F. Alfonso Palomares compra una tortilla de patata, tres pollos asados y unas gambas cocidas y se va a comer a casa de Felipe González y Carmen Romero. González y Guerra habían pasado la noche en vela en el Congreso. "Los encontré serenos. La recobrada libertad se imponía sobre el cansancio causado por los desvelos de una noche larga", escribe Palomares.

Portada del libro de Palomares
Portada del libro de Palomares

Pero la serenidad y el alivio se convirtió en malestar cuando los líderes del PSOE encendieron la televisión: TVE estaba a punto de emitir por primera vez las imágenes del asalto al Congreso.

"Cuando apareció Tejero, pistola en mano, Felipe ordenó con tono firme sin posible desobediencia: 'Apaga eso, Carmen'. 'Sí, apágalo' —añadió Alfonso Guerra—. Era evidente que no querían verlo. No querían verse tirados en el suelo, mientras Suárez y Gutiérrez Mellado se enfrentaban a los asaltantes y Carrillo seguía sentado fumando con indiferencia. Guerra comentó a modo de disculpa: 'Me tiré porque Peces Barba se me echó encima'", cuenta Palomares.

Pero no se vayan todavía, porque aún hay más. "En otra ocasión, años después, Felipe González mandó apagar el televisor cuando empezaron a pasar las imágenes del 23-F. Nunca lo confesó públicamente, y supongo que no ha hecho confidencias personales sobre ese día, pero creo que se reprochó muchas veces en su vida el haberse tirado al suelo. Si pudiera rebobinar su propia historia, cosa metafísicamente imposible, en una repetición de esa tarde no se tiraría al suelo", concluye Palomares.

Los tres tenores

El resquemor de González por haberse quedado fuera de una escena mitológica quedo ahí. Hablamos de unas imágenes con un poderío simbólico tal que 28 años después Javier Cercas publicó un libro basado en el análisis de la filmación de TVE y lo reventó: 'Anatomía de un instante' es el ensayo más influyente sobre el tejerazo del siglo XXI (si nos ceñimos a la recepción crítica y a las cifras de ventas). O por qué Carrillo, Suárez y Mellado aguantaron 'en pie' y el resto de diputados se desmoronó.

Así lo contó Cercas:

1) "La imagen de Adolfo Suárez petrificado en su escaño mientras, segundos después de la entrada del teniente coronel Tejero en el hemiciclo del Congreso, las balas de los guardias civiles zumban a su alrededor y todos los demás diputados presentes allí —todos menos dos: el general Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo— se tumban en el suelo para protegerse del tiroteo… Los gritos, los disparos, el silencio aterrorizado del hemiciclo y aquel hombre recostado contra el respaldo de curo azul de su escaño de presidente del gobierno, solo, estatuario y espectral en un desierto de escaños vacíos... Dice Borges que 'cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es'. Viendo aquel 23 de febrero a Adolfo Suárez sentado en su escaño mientras zumbaban las balas en el hemiciclo desierto, me pregunté si en ese momento Suárez había sabido para siempre quién era".

Era evidente que Guerra y González no querían verlo. No querían verse tirados en el suelo, mientras Suárez y Gutiérrez Mellado se enfrentaban a los asaltantes y Carrillo seguía sentado fumando con indiferencia

2) "El presidente Suárez se levanta de su escaño y sale en busca de su vicepresidente; Tejero está en mitad de la escalera de la tribuna de oradores, sin decidirse a bajarla del todo, contemplando la escena. Entonces suena el primer disparo; luego suena el segundo disparo y el presidente Suárez agarra del brazo al general Gutiérrez Mellado, impávido frente a un guardia civil que le ordena con gestos y gritos que se tire al suelo; luego suena el tercer disparo y, sin dejar de desafiar al guardia civil con la mirada, el general Gutiérrez Mellado aparta con violencia el brazo de su presidente; luego se desata el tiroteo. Mientas las balas arrancan del techo pedazos visibles de cal y uno tras otro los taquígrafos y el ujier se esconden bajo la mesa y los escaños engullen a los diputados hasta que ni uno solo de ellos queda a la vista, el viejo general permanece de pie entre el fuego de los subfusiles, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo y mirando a los guardias civiles insubordinados, que no dejan de disparar".

3) "Todos los escaños azules del gobierno están vacíos; también lo están todos los escaños rojos de los diputados, o todos salvo uno: en el extremo superior de la imagen, en el primer escaño de la séptima fila, justo al lado de la tribuna en cuyo suelo se amontonan los reporteros parlamentarios, un diputado permanece sentado y fumando. El diputado tiene sesenta y seis años, el gesto y la mirada rocosos tras las gafas de montura metálica, la frente tan amplia que es casi una calvicie; viste traje oscuro, corbata oscura, camisa blanca. Es Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista: como Suárez, como Gutiérrez Mellado, Carrillo ha desobedecido la orden de tirarse al suelo y ha permanecido sentado mientras las balas acribillaban el hemiciclo y sus compañeros buscaban refugio bajo los escaños… El plano vuelve a cambiar y la imagen vuelve a mostrar a Santiago Carrillo en medio de una desolación de escaños vacíos, viejo, desobediente y fumando, sentado a solas en el ala izquierda del hemiciclo".

4) "Justo detrás de Adolfo Suárez, en la escalera lateral de acceso a los escaños, un diputado ha permanecido bocabajo desde que se produjeron los disparos; la vista repara en ello porque ahora el diputado se está moviendo y, lívido y despeinado, se da la vuelta a gatas mientras Adolfo Suárez se vuelve también por un instante y advierte —como lo advierte la vista— que se trata de Miguel Herrero de Miñón, portavoz de su grupo parlamentario y uno de sus críticos más duros de UCD".

A Cercas no le pasó desapercibida la paradoja: el momento simbólico de gloria para Carrillo, Suárez y Mellado llegó cuando ya habían caído en desgracia política; González y Guerra, por contra, se convertirían pronto en los dos políticos más poderosos del país. La Transición había muerto, el 23-F había marcado los límites del terreno de juego, y empezaba otra era.

¡Se tumben, coño!

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