Los límites de la masturbación autobiográfica

Dentro de la palabra “autobiografía” cabe el anecdotario de cada cual. Otras veces ofrecen un punto de vista que busca el exhibicionismo

Foto: Fotograma de 'Tenemos que hablar de Kevin'
Fotograma de 'Tenemos que hablar de Kevin'

A veces tenemos la certeza de que todos los libros se alimentan de la materia autobiográfica. Dentro de la palabra “autobiografía”, como dentro de un baúl, cabe el anecdotario de cada cual, la emoción, la ideología, los sentimientos, los sueños recurrentes, el deseo y los deseos, la relación con lo que nos resulta extraño y, sin embargo, nos conforma… Otras veces, desconfiamos de los textos autobiográficos en la medida en que ofrecen un punto de vista que busca la contrición o el exhibicionismo.

A mí me gustan mucho las novelas autobiográficas o las autobiografías noveladas. Aunque me parece que no son lo mismo: en las primeras el pacto esencial se establece con las reglas de la literatura, mientras que en las segundas se establece un pacto, más peligroso, con la verdad. De entre las novelas autobiográficas siento predilección por aquellas que se salen por la tangente. Hablo de Verano (Mondadori) de Coetzee. Hablo de la Autobiografía de Alice B. Toklas (Lumen) de Gertrude Stein. Hablo de Vidas minúsculas (Anagrama) de Pierre Michon. O de Vida Pablo (Periférica) de Carlos Pardo.

Se trata de contar la propia vida a través de las vidas de los otros reforzando el vínculo que une al ser humano con su comunidad. Las narraciones autobiográficas se sacan del resbaladizo terreno del onanismo,  aunque la masturbación -ni siquiera la literaria- no tenga por qué ser un acto condenable. Hoy recomendamos un texto que, a través del género autobiográfico del diario, dibuja a un personaje que no es quien habla en primera persona: Hombre en azul (Jekyll & Jill) de Óscar Curieses.

También recomendamos una de esas novelas que encubren la sustancia autobiográfica con una máscara que se pega al cuerpo d la figura desnuda: Big Brother (anagrama) de Lionel Shriver. Como en La maja vestida de Francisco de Goya.

Además de mirar, ver

La edición de Hombre en azul va acompañada de unas gafas 3D. El posible oportunismo del merchandising queda neutralizado en cuanto el lector se da cuenta de que las gafas forman parte sustancial del significado del libro. Curieses construye un texto donde la figura de quien escribe se refleja desde distintos prismas: lector, voz narrativa, referencias jocosas de la nota a pie de página y, sobre todo, el diario personal, la reflexión artística y la narración de un sueño que Francis Bacon supuestamente tendría y anotaría en agosto de 1990. 

Curieses se pinta brazos, piernas y manos con una mirada académica que, en principio, se sitúa en el polo opuesto del lirismo que se le presupone al relato del yo. O a lo mejor es que el lirismo tiene que ver con la puntiaguda lucidez y la inteligencia que caracteriza a Curieses como poeta: Dentro, en Bartleby, o Hay una jaula en cada pájaro, en la editorial Ya lo dijo Casimiro Parker, podrían ser dos buenos ejemplos de ello.

Al autor de Hombre en azul seguramente no le gustaría ser llamado así: él se autorretrata en un diario apócrifo que habla de otra persona transformada en personaje a través de la palabra literaria. Se autorretrata a través de la mirada del personaje central de su libro que, en este caso, es Francis Bacon.

Con su proyecto activa alguna de las probables máximas del pintor compiladas en Hombre en azul: “Los grandes maestros de la pintura no son los que nos enseñan a mirar, sino los que nos enseñan a ver”; “El cuadro puede ser un reflejo de la mirada interna de su protagonista, es decir, del modelo, pero no debería serlo, en ningún caso, de la mirada del espectador ni de la mía”; “Toda imagen se construye mediante una oscilación entre lo que el ojo mira y lo que el ojo ve, lo que suprime o añade. ¿No es eso violencia”

Curieses anula la falsa contradicción entre retrato y autorretrato, dentro y fuera, yo y nosotros, cultura y realidad, Cultura y procesos de socialización y de definición psicológica. Anula la pretensión, interesadamente ingenua, de ligar el arte con la espontaneidad. Religa el arte con el pensamiento. Maduración. Aprendizaje. Tensión. Epifanías de andar por casa. Curieses exhibe un sentido del humor que retoma lugares comunes de la pintura de Bacon: cuerpo, materia, violencia.

El lector se coloca las gafas y consigue, además de mirar, ver, con la conciencia de que, más allá de cualquier filtro o gafa bicolor, el referente está ahí y la realidad se impone. Quizá ciertas coplas no tengan razónEn el anexo se recogen fotografías del taller de Bacon; cada imagen nos habla del pintor dublinés y también de Óscar Curieses: el estatismo de una imagen congelada -lo descriptivo- puede ser un momento de la narración. Tal vez deberíamos replantearnos a qué le llamamos narratividad, porque últimamente se lo llamamos a cosas muy baratas. 

El autor de Hombre en azul -¿Curieses?- nos coloca en una humilde disyuntiva: la de no saber si el protagonista del libro es la voz en tercera persona de ese narrador/compilador que, con una ironía casi borgiana hacia lo académico –virulenta e idólatra-; o si el protagonista es el personaje sobre el que se coloca el chorro de luz narrativa, el foco, Bacon, pintor, homosexual, fóbico de la abstracción estadounidense, detractor de un mitificado Rothko y admirador de Velázquez, carne que se muere en Madrid…

El lector se coloca las gafas y consigue, además de mirar, ver, con la conciencia de que, más allá de cualquier filtro o gafa bicolor, el referente está ahí y la realidad se impone. Quizá ciertas coplas no tengan razón. Como aquella que rezaba: “Nada es verdad ni es mentira, todo depende del color/ del cristal con que se mira”. ¿Seguronbsp;   

Un tío asquerosamente gordo resulta ser tu hermano

Ese sería uno de los puntos de partida de Big Brother de Lionel Shriver. Aunque no suelo destripar los argumentos de las novelas, sólo quiero parafrasear ese instante del texto en que la protagonista y narradora del libro, un trasunto de la propia Shriver, va al aeropuerto a recoger a su hermano. Hace años que no lo ve. Mientras espera, escucha los comentarios de unos pasajeros a quienes les ha tocado volar con un tipo muy gordo. Desagradable. Sudoroso. Maloliente. El tipo resulta ser su hermano y la narradora tiene que hacer un prodigioso esfuerzo de visión para reconocer sus pómulos, su sonrisa o sus ojos por debajo de capas sucesivas de grasa.

Las cosas familiares se vuelven extrañas y Shriver, como escritora realista que disecciona mejor que nadie las taras de la sociedad estadounidense, está a la vez emparentada con el género de terror. Ya logró esa inquietante simbiosis en una de las mejores novelas que yo he leído en lo que va de siglo: Tenemos que hablar de Kevin (Anagrama) adaptada para el cine en 2011 por Lynne Rainsay y protagonizada por Tilda Swinton.

En Tenemos que hablar de Kevin Shriver abordaba con una prosa adictiva y una voz potente y peculiar –la de la madre de Kevin- problemas que no tienen una solución simple: ¿tiene la violencia una causa psicológica o la violencia individual es un reflejo de la violencia del sistema?, ¿rechaza la madre de Kevin a su hijo porque ve en él desde pequeño el estigma de la maldad o la maldad de Kevin es el resultado del desapego de su madre?, ¿el sentido crítico, la mirada política sobre lo real, nos convierte en malas personas o en todo lo contrario?, ¿por qué matan los adolescentes a sus compañeros de su clase, a su familia, a sus amigos?…

Una familia casi modélica se transforma monstruosamente en el ámbito de un mundo también monstruoso -el Imperio-. El resto de las sociedades permanece atento ante la posibilidad del contagio. Lionel Shriver ha decidido no vivir en los Estados Unidos.

En Big Brother la escritora, nacida en Carolina del Norte, emparenta con otro de los grandes de la literatura estadounidense contemporánea, Don DeLillo: en Ruido de Fondo (Seix Barral) el escritor reflexiona sobre un miedo a la muerte profundamente enraizado en nuestra forma de vida. En nuestro way of life – hablo en inglés con mala intención-.

Shriver critica la sociedad de consumo, la obsesión por la comida y las adicciones a las malas y a las buenas costumbres

Shriver critica la sociedad de consumo, la obsesión por la comida y las adicciones a las malas y a las buenas costumbres: Elsa Pataki hace quinientas flexiones y se agobia por no disponer de suficientes horas al día para pedirse más, para que los músculos le quemen y la camiseta se le empape de sudor. La adicción al ejercicio, publicitada como marca positiva, remite al cuestionamiento de la idea de dependencia física y afectiva.

La escritora también nos invita a formularnos preguntas en torno al éxito, los celos y la generosidad familiar. La falta de equilibro característica de las sociedades occidentales –neoliberales- se manifiesta en la imposibilidad de encontrar un punto medio de virtud entre la anorexia y la obesidad mórbida, la vigorexia o el sedentarismo. Tampoco se encuentra un punto medio de virtud entre la ausencia del hermano y la relación casi matrimonial o incestuosa: la historia se vincula con la vertiente siniestra de ese fallido cuento de hadas en el que acaba convirtiéndose muy inteligentemente esta novela.

Shriver, travestida en Pandora empresaria de éxito, cuenta su propia vida y se expone en su fragilidad. Subraya lo difícil que resulta asumir ciertas responsabilidades. Sugiere la imposibilidad de redimirse a través de las narraciones. Una carencia básica no nos permite generar mecanismos compensatorios: la literatura no nos alivia del malestar o la culpa; tampoco el amor fraterno. Los cuentos de hadas no existen. Tampoco las dietas milagro. Posiblemente tampoco el instinto de superación ni ninguna de las instrucciones que se enumeran en los manuales de autoayuda. La lucidez de Lionel Shiver nos da siempre un merecido y a ratos hilarante bofetón. Nos mantiene despiertos.

Biblioteca Pública
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