El fin de la guerra: por qué somos incapaces de entender 'Dunkerque' aunque nos fascine

No haber tenido la experiencia directa de la guerra es una rareza histórica. No, no habrá guerras para nosotros, aunque las haya para los demás, y podemos ignorar sus códigos

Foto: 'Dunkerque'
'Dunkerque'

No haber tenido la experiencia directa de la guerra es una rareza histórica. En Occidente, durante milenios, las guerras han sido algo común, durante largos períodos constantes, y era imposible no pensar en ellas como algo que casi con seguridad tendría lugar a lo largo de la propia vida. La idea misma de que un hombre de mi edad no hubiera tenido nunca un arma en la mano habría parecido, hasta hace muy poco tiempo, algo absurdo. Quizá las guerras no fueran deseables, pero la obligación de un hombre era prepararse para ellas. “Dulce y honorable es morir por la patria”, dijo Horacio.

Por eso la guerra, con el amor y la religión, siempre ha estado en el centro de la cultura. El primer gran texto literario de nuestra civilización, la 'Ilíada', es sobre todo el relato de una guerra que se ve complicada por el amor y en la que los dioses tienen un papel activo. Y desde entonces hasta ahora, la guerra no ha dejado de aparecer en cuadros, libros y películas como espejo de virtud, ejemplo de sacrificio y forma de redención.

Para quienes hemos vivido tiempos de paz en nuestros países, esto es difícil de entender. En parte, debido a la existencia de ejércitos profesionales (algo que tiene numerosos problemas morales), porque la guerra sigue existiendo. Pero es un escenario que nos parece remoto. No, no habrá guerras para nosotros, aunque las haya para los demás, parecemos pensar. Por lo que podemos ignorar los códigos que rigieron la década durante la mayor parte de existencia humana.

Con lo que llegamos a 'Dunkerque', de Christopher Nolan, una película extraordinaria, cruda y al mismo tiempo raramente hermosa. La historia se basa en un hecho real: muy al principio de la Segunda Guerra Mundial, 400.000 soldados aliados fueron acorralados por los nazis en una playa del norte de Francia. Los aliados habrían perdido enfrentándose a los alemanes, por lo que la única opción era rescatar con barcos a esos soldados y llevarlos de vuelta a Gran Bretaña cruzando el canal, una distancia muy corta. Pero el ejército aéreo alemán no paraba de bombardear a quienes se aprestaban a hacerlo.

En 'Dunkerque' apenas hay palabras exultantes -de hecho, apenas hay diálogos-, apenas hay más heroísmo que el de un puñado de civiles voluntarios y el de algún militar profesional que sabe que, a fin de cuentas, la probabilidad de morir violentamente forma parte de su trabajo. Pero los soldados, los cientos de miles de soldados apretujados en la playa, en barcos, con la muerte rondando por todas partes, no entienden nada y no quieren entender: solo quieren sobrevivir a toda costa. Tienen miedo, están mojados y literalmente no tienen dónde cagar. No son valientes, aunque a veces, cuando lo piensan, por un instante les preocupa cómo les recibirán en casa, porque si consiguen llegar lo harán como derrotados. Aun así, lo importante es sobrevivir.

No ahogarse y no arder

No es ni mucho menos la primera película bélica que enfrenta así la guerra, pero sí me ha parecido una de las más honestas y duras. La guerra no redime y no es tiempo para pensar en dios ni en el amor. Lo único que cuenta es no ahogarse y no arder. Por supuesto, una de las grandezas de la película es que resulta mucho más fácil identificarse con esos muchachos atemorizados que con uno de los pocos valientes. Es una película grandiosa y épica, pero también es raramente íntima. Alejandro Alegré lo cuenta muy bien en su reseña en este periódico.

Una de las grandezas es que resulta mucho más fácil identificarse con los muchachos atemorizados que con los pocos valientes

Una de las frases más impactantes de la película, porque resume uno de los muchos rasgos insoportables de las guerras modernas, la dice un viejo civil que parte en su pequeña barca de recreo para intentar rescatar a un puñado de soldados. Cuando alguien le señala que está loco por adentrarse sin ninguna clase de armamento en un mar que está siendo bombardeado, el hombre responde que lo menos que puede hacer alguien que pertenece a la vieja generación, la que está mandando a los jóvenes a morir en la guerra, es intentar echarles una mano. En recreaciones modernas de la violencia antigua como 'El señor de los anillos' o 'Juego de Tronos', una de las distinciones morales más constantes es la que se establece entre los líderes políticos -digámoslo así, aunque sea un poco anacrónico- que van a la guerra con sus soldados y arriesgan su vida en la primera línea y los que permanecen en sus castillos, o en todo caso no entran en combate.

En las guerras modernas, probablemente, sería imposible que los primeros ministros o los presidentes fueran al frente; su función es otra y tiene lógica que así sea. Pero, al mismo tiempo, hay algo ligeramente repelente en ello. Y eso se amplía con el fenómeno de los ejércitos profesionales: si tienen vocación, los hijos de las élites, y también quienes no forman parte de ellas, pueden seguir la carrera militar o presentarse voluntarios, pero parece que la estructura actual de los ejércitos empuja a unirse a ellos, al menos en los rangos más bajos, a gente que lo tiene difícil para encontrar otro empleo. (El diario El País explicó que el aluvión de solicitudes de entrada en el ejército en 2011 y 2012, lo peor de la crisis, probablemente se debiera al elevadísimo desempleo juvenil).

Es difícil pensar en la guerra cuando crees que esta no puede afectarte, o que lo hará solo de manera indirecta, por lo que ves en la televisión o lees en los periódicos. 'Dunkerque' es un recordatorio terrible y admirable de su naturaleza espantosa, casi imposible de creer. Quizá por nostalgia de tiempos más nobles o heroicos haya quien siga viendo la guerra como una escuela para aprender valores como el patriotismo, el sacrificio o la nobleza de espíritu. Pero aunque quizá a veces sea inevitable, no, no es dulce morir por la patria.

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