El gran historiador del populismo: ¿por qué América latina se quedó a medio camino?

El nuevo libro del historiador mexicano Enrique Krauze, 'El pueblo soy yo', reflexiona sobre la política latinoamericana al hilo de cuestiones históricas

Foto:  “Yo ya no soy Chávez, yo soy un pueblo, carajo”, dijo cuando le quedaba poco de vida (EFE)
“Yo ya no soy Chávez, yo soy un pueblo, carajo”, dijo cuando le quedaba poco de vida (EFE)

Buena parte de la obra del historiador mexicano Enrique Krauze ha estado impulsada por una noción que puede parecer trivial: que son las personas quienes tienen las ideas. Estas no circulan de manera desencarnada, quienes las piensan y las transmiten son individuos con rasgos de carácter y experiencias singulares; infancias y educaciones distintas; intereses y pasiones únicos. Sin conocer este bagaje, es imposible entender a fondo las ideas y las verdaderas razones por las que triunfan o caen en la oscuridad.

Esta manera de entender la historia de las ideas, como una disciplina hermana e inseparable de la biografía, no es una invención de Krauze (para quien trabajé durante años en la revista que dirige, Letras Libres). Quizá fue Isaiah Berlin, una de sus figuras tutelares, quien en el siglo XX la practicó de manera más original. Bien fuera para comprender a Maquiavelo, a Marx o a pensadores mucho más oscuros como Vico o los rusos del siglo XIX, Berlin escribió largos ensayos en los que vinculaba el pensamiento de estas figuras con sus experiencias y el clima intelectual de la época en que vivieron. Mark Lilla, otro discípulo de Berlin, ha adoptado este género en varios ensayos, que luego han sido reunidos en dos libros brillantes -'Pensadores temerarios', sobre intelectuales que se vieron atraídos fatalmente por el poder político, y 'La mente naufragada', sobre los grandes reaccionarios-. Krauze lo ha aplicado, sobre todo, a importantes figuras latinoamericanas que en algún momento de su vida, o durante toda ella, han estado fascinadas por la idea política más grande que se pueda imaginar, la de la revolución: de Octavio Paz a Hugo Chávez, del Che Guevara a Gabriel García Márquez, o de Eva Perón al actual presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador.

'El pueblo soy yo' (Debate)
'El pueblo soy yo' (Debate)

El último libro de Krauze, 'El pueblo soy yo', que acaba de publicar en España la editorial Debate, es un tanto peculiar en el conjunto de su obra, que también incluye biografías y una historia canónica de México. No solo recoge esta clase de ensayos sobre la historia de las ideas -incluye el magistral retrato de López Obrador titulado 'El mesías tropical'-, sino que contiene también reflexiones mucho más amplias sobre la política latinoamericana -influidas por la obra del historiador Richard Morse, poco conocido fuera del ámbito académico-, la naturaleza de la democracia a partir de la obra de Shakespeare o la contemplación de las ruinas de la Atenas clásica, además de piezas que podríamos llamar de combate. Durante décadas, Krauze ha defendido un liberalismo muchas veces mal entendido -que, en mi opinión, se parece más a lo que en Europa se consideraría una izquierda muy moderada o una democracia cristiana extremadamente cautelosa que al neoconservadurismo del que le acusan sus críticos de izquierdas- y ha insistido en lo que él considera el gran mal de la política latinoamericana: la existencia de grandes desigualdades y de instituciones débiles que han propiciado una y otra vez la aparición de “redentores” -ese es el título de uno de sus mejores libros- que, después de prometer paraísos utópicos, han acabado dando pie a sistemas despóticos.

Pero, ¿de dónde viene esa desigualdad endémica? ¿Por qué la América anglosajona desarrolló instituciones fuertes y la América latina se quedó a medio camino? ¿Por qué Hugo Chávez acertó al ver que la pobreza de millones de venezolanos era un escándalo intolerable, pero no supo o no quiso luchar contra ella respetando las reglas de la democracia liberal? ¿Por qué, ahora, preside Estados Unidos un hombre de instintos autoritarios más frecuentes tradicionalmente en la América latina que en la anglosajona? Estas preguntas, que son habituales en Krauze, se plantean una vez más en este libro al hilo de cuestiones históricas, como las características institucionales del colonialismo español, o de otras más recientes como el auge del populismo.

En América Latina el trasfondo religioso de la cultura católica ha permeado siempre la realidad política

En muchas ocasiones, Krauze ve en figuras como las antes mencionadas un aire religioso: no solo tienen una vocación redentora, sino de profeta y mártir. La política latinoamericana, para Krauze, a menudo tiene un aire teológico que choca con el empirismo liberal. “En América Latina -dice en ‘Redentores’- el trasfondo religioso de la cultura católica ha permeado siempre la realidad política con sus categorías mentales y sus paradigmas mentales”. La tentación del absolutismo siempre está presente. Pero también lo está un aspecto extrañamente literario e intelectual de esas figuras: “Junto a la raigambre religiosa, todos los profetas [latinomericanos] creen en la comunión del autor y el lector a través de la palabra impresa. No son profesores: son escritores y editores de revistas y libros”. Muchos de ellos han jugado con la idea de encarnar la voluntad popular -de ahí el título del libro, 'El pueblo soy yo'- de una manera en la que solo los líderes religiosos podrían verse tentados a invocar. “Yo elegí ser ‘Evita’ -cita Krauze a Eva Perón- para que por mi intermedio el pueblo y sobre todo los trabajadores encontrasen siempre el camino de su líder”. “Aquí no hay nada más que amor -cita Krauze a Hugo Chávez-: amor de Chávez al pueblo, amor del pueblo a Chávez”. “Yo ya no soy Chávez, yo soy un pueblo, carajo”, dijo cuando le quedaba poco de vida.

No solo se trata de hacer frente a la visión redentora según la cual al dar el poder a una única persona se pueden solventar los problemas de una sociedad, singularmente las más pobres y desiguales. Sino de ver cómo las ideas que fundamentan esa posición circulan, se transforman, son encarnadas y florecen y gobiernan, o decaen y son sustituidas. Y eso nadie lo hace mejor en lengua española que Enrique Krauze.

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