Más allá del bien y del mal: el enigma de la opinión pública

¿Por qué lo que durante mucho tiempo nos parece tolerable, de repente resulta absolutamente inasumible y digno de denuncia?

Foto: Protesta feminista a favor del movimiento #MeTOO en Tokio. (Reuters)
Protesta feminista a favor del movimiento #MeTOO en Tokio. (Reuters)

El acoso y el chantaje sexual a las mujeres son probablemente tan antiguos como la existencia de la humanidad, pero solo desde hace un año, con el estallido del movimiento #MeToo, están en el centro del debate público. Arabia Saudí es desde su fundación una autarquía que no respeta los derechos humanos, pero solo ahora, tras el presunto asesinato del periodista Jamal Kashoggi en su consulado de Estambul, se empiezan a producir boicots a los encuentros económicos que auspicia y serias llamadas a repensar las relaciones con su gobierno. En España, durante años muchos periodistas medianamente informados y políticos con experiencia pensaron que el comportamiento del comisario José Manuel Villarejo era extraño, y que existía una red de sobornos y chantajes creada por él, pero solo después de décadas de esa presunta actividad fue condenado a prisión.

¿Por qué la opinión pública funciona de este modo ineficiente, incluso en democracias con libertad de prensa y donde los medios son solventes? ¿Por qué con frecuencia situaciones conocidas no se traducen en hechos? ¿Y por qué lo que durante mucho tiempo nos parece tolerable, de repente resulta absolutamente inasumible y digno de denuncia?

Hay una respuesta fácil a estas preguntas: el poder. Harvey Weinstein, el productor de cine que al parecer abusó de muchas actrices de Hollywood que luego activaron el #MeToo, tenía una descomunal influencia en la industria cinematográfica. Ninguna mujer que quisiera prosperar en ella se atrevía a denunciarle, y quienes lo intentaron fueron silenciadas con dinero y estrictos contratos de confidencialidad. Arabia Saudí tiene tanto poder para decidir el precio del petróleo, es tan influyente en los conflictos de Oriente Medio y tiene tal cantidad de dinero para comprar productos fabricados en Occidente, que este casi siempre decide seguir como si nada pasara. El poder de Villarejo era uno de los más fascinantes y repetidos de la historia: simplemente, sabía tantas cosas de todo el mundo que nadie quería darle una excusa para contarlas.

La gota que colma el vaso

Los sociólogos hablan con frecuencia del “tipping point”, un concepto procedente de otras ciencias empíricas que señala el momento en que la repetición de un fenómeno, que hasta entonces no ha producido cambios sustanciales en un equilibrio, de repente los provoca. Sería semejante a la gota que colma el vaso: algo rutinario a lo que nadie presta atención, o se prefiere ignorar, tiene de pronto unas consecuencias extraordinarias y desencadena actos incontrolables. Se trata de una idea moralmente incómoda: puedes acosar a muchas mujeres, pero llega un momento en que una más resulta intolerable; puedes matar a muchas personas, pero por alguna razón, la siguiente producirá un escándalo; extorsionas sin grandes problemas, pero un día te conviertes en un apestado y las autoridades actúan contra ti. Parece como si la moral fuera una balanza romana.

Pero a ninguno nos gusta pensar en nuestra moral de ese modo, como una balanza en la que añades peso a un plato hasta que este supera la resistencia del contrapeso. El primer abuso, el primer asesinato, el primer soborno deberían ser tan graves como el último.

Lo más probable es que la manera en que la opinión pública se enfrenta a sus asuntos sea fruto de la casualidad, el capricho y el oportunismo

Aun así, y aunque no resulte una idea agradable, la opinión pública no tiene esos fundamentos morales. Se ha estudiado mucho el desarrollo de los debates en los medios, los mecanismos que hacen que un tema aparezca, desaparezca o permanezca en los titulares de los periódicos y telediarios o por qué asuntos de gravedad parecida o dispar en términos morales son tratados de una manera parecida o dispar en las conversaciones. Y aunque es posible encontrar patrones, lo más probable es que la manera en que la opinión pública se enfrenta a unos asuntos u otros dependa de elementos azarosos, sea fruto de la casualidad, el capricho y el oportunismo. De modo que afirmar que la deliberación es la base de la democracia quizá sea una idea bonita pero falsa. La opinión pública es un animal que no acabamos de entender, aunque ahora en buena medida podamos medirla.

Democracia y justicia

Porque no solo está conformada por una parte racional, que pretende deliberar hasta encontrar la verdad y la manera óptima de organizarnos y prosperar. Sino que es ―no sé si de manera creciente, pero en todo caso sí muy importante― “una rama del entretenimiento organizada alrededor del conflicto tribal”, como decía hace unos meses Manuel Arias Maldonado. Lo cual no quita, por supuesto, que en el debate público existan elementos morales. Los hay, y muchos, pero no son los que rigen la conversación. Y tampoco significa que el debate público no nos traiga muchas cosas buenas. De hecho, es muy positivo que hoy estemos discutiendo de los abusos de hombres poderosos a las mujeres, de la relación diplomática con un socio tradicionalmente privilegiado por Occidente o que salga a la luz la utilización de las estructuras del Estado para llevar a cabo actividades ilegales. No hay democracia ni justicia sin opinión pública. Pero, al mismo tiempo, deberíamos ser escépticos. La información es también un artículo de consumo y la mayoría somos consumidores caprichosos, compradores erráticos, yonquis sin medida a veces y ridículos abstemios en otras ocasiones.

Nos gusta pensar que en el debate público el mal comportamiento es siempre el del adversario. “La verdadera oposición son los medios de comunicación ―dijo Steve Bannon―. Y la manera de hacerles frente es inundar la zona con mierda”. La verdadera oposición ―pensamos a menudo los periodistas― son los grupos de WhatsApp, los bots de Twitter y el algoritmo de Facebook. Sin ellos, creemos, todo iría mejor. Quizá sea cierto. Pero la opinión pública, ese animal imprescindible, a ratos racional y muchas veces caprichoso, necesaria para la democracia hasta que se vuelve contra ella, alabada como la verdadera voz del pueblo o acusada de estar a sueldo de millonarios con agendas ocultas, es algo que seguimos sin entender. Ni siquiera cuando sirve para hacer un poco de bien.

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