Una nueva generación ha llegado a la política española... y todo es peor que antes

Afirmábamos que podríamos corregir los errores que cometieron nuestros padres durante la Transición: pero ahora, los líderes de entonces parecen, en comparación, gigantes de la concordia

Foto: Pablo Casado (PP), Pedro Sánchez (PSOE), Pablo Iglesias (Podemos) y Albert Rivera (Cs). Montaje: (EC)
Pablo Casado (PP), Pedro Sánchez (PSOE), Pablo Iglesias (Podemos) y Albert Rivera (Cs). Montaje: (EC)

La semana pasada se publicaron dos columnas con un mismo argumento. Aunque eso no tiene nada de raro, sí resulta curioso que Santos Juliá, un historiador nacido en 1940, y Jorge Galindo, un sociólogo nacido en 1985, estuvieran de acuerdo en una cuestión generacional. Ambos creían, con razón, que desde que mi generación se ha hecho con el mando de los partidos, la política ha empeorado notablemente.

En su artículo, Juliá compara la llegada al poder de los nuevos líderes con el conflicto que, hace poco más de un siglo, estalló en la política española. En 1914, un “grupo de intelectuales con evidente vocación política” que se llamó a sí mismo “la nueva generación” y fue liderado por Ortega y Gasset, proclamó “el fin de la vieja política, a la par que dirigía una llamada a la gente joven y le proponía los lemas del liberalismo y la nacionalización como marca de la política nueva”. “Vieja y nueva política ―dice Juliá― fue el correlato de vieja y nueva España, o de España oficial y España vital, dicotomía que exactamente un siglo después, y en parecidos términos, reprodujeron los jóvenes líderes de los nuevos partidos” que entraron en la política nacional en 2014. La capacidad de regeneración de la nueva política de principios del siglo XX fue limitada por las circunstancias históricas. Pero, ¿y la de la actual?

Pablo casado y Albert Rivera. (EFE)
Pablo casado y Albert Rivera. (EFE)

El enfoque de Galindo es más moral que histórico. La nueva generación que, en 2014, pasaba por una gran crisis y prometía la regeneración del sistema político a través de una profundización en las herramientas democráticas, dice, no ha aprovechado las oportunidades que proporcionaban las nuevas tecnologías. En lugar de una conversación renovada que nos permitiera llegar a acuerdos, y “a diferencia del antiguo ideal griego de conocimiento a través de la dialéctica, hemos decidido aprovechar para atacar el contrario”. En esa nueva política, las personas no se conducen como “exploradores que salen del campo ideológico propio en busca de ideas para mejorarlo”, sino que está conformada por “soldados del debate: acumulamos argumentos en casa antes de salir a la calle con el único objetivo de que el otro pierda”.

Las conclusiones de ambos artículos son igualmente desoladoras. Para Juliá, “qué antigua parece en sus modales la joven generación y qué olor a viejo despide en su lenguaje la nueva política”. Para Galindo, “resulta paradójico que la generación que salió a las calles y a las redes ante la mayor crisis de legitimidad de la democracia española haya terminado por ser testigo de esta especie de neobipartidismo”. No esta mal la semejanza del juicio que dos autores, que se llevan cuarenta y cinco años, hacen de esta otra generación. La generación intermedia, claro está, es la mía.

Irresponsabilidad generacional

Pero ambos tienen razón. Los actuales líderes de los cinco partidos nacionales nacieron entre principios de los setenta y de los ochenta: Pedro Sánchez en 1972, Santiago Abascal en 1976, Pablo Iglesias en 1978, Albert Rivera en 1979 y Pablo Casado en 1981. Y todos ellos están mostrando una irresponsabilidad que parecía impensable en una generación que a menudo se ha contemplado a sí misma en términos muy narcisistas. Éramos la generación más preparada de la historia de España, muchos habían vivido en el extranjero, aunque fuera gracias a una Erasmus, sabíamos idiomas, y habíamos crecido en democracia y como europeos de pleno derecho. Los más osados e inocentes de nosotros, y por eso mismo mucho más activos políticamente, afirmaban que podríamos corregir los errores y las chapuzas, decían, que cometieron nuestros padres durante la Transición. No ha sido así, y ahora los líderes de entonces parecen, en comparación, gigantes del pragmatismo y la concordia.

Santiago Abascal, junto al torero Morante de la Puebla en la corrida de la Feria de las Fallas de Valencia. (EFE)
Santiago Abascal, junto al torero Morante de la Puebla en la corrida de la Feria de las Fallas de Valencia. (EFE)

Mi generación ha desaprovechado diez años de la peor crisis económica y política desde que se restableció la democracia. Si la división entre la nueva y la vieja política era tan absurda en 1914 como en 2014 ―me temo que la política es solo política―, el caso es que en 2019 la política es peor que en 1999. Y no solo la política es preocupante. España puede encaminarse hacia lo que tantas veces se ha llamado la “italianización”, una teatralización de la política basada en la captura de intereses, como la que se ha desarrollado en Italia durante décadas, que en apariencia no daña seriamente al resto de la sociedad. Pero no va a ser solo eso. Esta situación va a impregnar plenamente la cultura. En realidad, ya lo ha hecho.

Porque la cultura es, sobre todo, la conversación que mantenemos unos con otros. Y esta, merced en buena medida a los políticos de mi generación, ya se ha contagiado de un sectarismo atroz que dificultará enormemente la polinización intelectual entre bloques, lo cual es imprescindible para dar pie a algo parecido a la creatividad y el escepticismo.

Pablo Iglesias conversa con Íñigo Errejón en el Congreso de los Diputados. (EFE)
Pablo Iglesias conversa con Íñigo Errejón en el Congreso de los Diputados. (EFE)

Durante mucho tiempo, oí hablar a los mejores políticos de mi generación ―la mayoría de ellos en una segunda fila parlamentaria o ministerial― de medidas políticas: creían de verdad, fueran liberales, socialdemócratas, conservadores o izquierdistas, que la política es una herramienta para mejorar la vida de los individuos y las comunidades, que escribir informes y analizar estudios era imprescindible para adoptar luego las decisiones adecuadas, que era posible encontrar una idea válida al otro lado del pasillo, una en la que poder trabajar y con la que llegar a acuerdos.

Hoy eso parece una ficción. No porque lo sea, sino porque los líderes políticos han decidido que esa actitud puede perjudicarles. Por supuesto, no se trata de una tragedia: ha sucedido una y otra vez en política. Pero el narcisismo generacional nos había hecho pensar que quizá podíamos evitarlo, que podíamos aplicar la experiencia democrática previa e invertir en un futuro europeo sin demasiados complejos de recién llegados. No parece que vaya a ser así.

La política, por lo demás, tiene una capacidad de contaminación que hará que ese tono, si no lo remediamos, impregne seguidamente al periodismo, la edición y a cualquier otra actividad en la que resulte necesario utilizar el cerebro, y además sea recomendable que esté lo más abierto posible.

Va a ser difícil. Y ya no podemos seguir echándole la culpa a nuestros padres.

El erizo y el zorro

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