Congo, una historia de terror

Pierre Muele pensó que podía volver a Congo. Había sido uno de los protagonistas de la revuelta que tuvo lugar en 1964, pero cuatro años más

Foto: Una mujer y su hijo esperan tratamiento contra el ébola en Butemb durante la reciente epidemia en El Congo. (Baz Ratner / Reuters)
Una mujer y su hijo esperan tratamiento contra el ébola en Butemb durante la reciente epidemia en El Congo. (Baz Ratner / Reuters)

Pierre Muele pensó que podía volver a Congo. Había sido uno de los protagonistas de la revuelta que tuvo lugar en 1964, pero cuatro años más tarde el presidente Mobutu Sese Seko, que se hizo con el poder tras un golpe de Estado, le había amnistiado, y su ministro de Asuntos Exteriores, Justin Bomboko, le aseguró que sería muy bien recibido de vuelta en el país. De modo que Muele cruzó la frontera y vio aliviado que se le había organizado una fiesta de bienvenida y que Bomboko le ofrecía hospedarse en su casa. Tres días más tarde, unos militares fueron a buscarle para llevarle a dar un discurso en un gran acto político que se celebraba en un campo de fútbol.

Pero en lugar de eso lo condujeron a un campamento militar, le cortaron las orejas y la nariz, le vaciaron los ojos y le cortaron los genitales. Aún estaba vivo cuando le amputaron los brazos y las piernas. Metieron sus restos en un saco y los tiraron al río. Poco antes, Mobutu había dicho en una entrevista: “En nuestra cultura el respeto por el jefe es sagrado (…). Cuando un jefe decide, decide, y punto”.

'Congo'. (Taurus)
'Congo'. (Taurus)

Este es uno de las numerosos relatos de terror que cuenta 'Congo', del escritor belga David van Reybrouck, que acaba de publicar la editorial Taurus. Se trata de una peculiar y brillante historia de ese país, que arranca hace cinco millones de años, cuando la especie humana se separó de la de los simios antropomorfos. Pero que se centra mucho más en su evolución desde la llegada en 1482 de los portugueses –que, dice el autor, “además de telas, traían hostias”–; en su total transformación a consecuencia de la oleada globalizadora que comenzó en el siglo XVI, en la que el país exportó básicamente esclavos, sobre todo después de la fundación de Estados Unidos a finales del siglo XVIII; y en una de las fechas clave del libro, la década de 1870, cuando Henry Morton Stanley empezó a explorarlo por encargo del rey Leopoldo II de Bélgica.

En 1885, cuando el monarca se quedó con los derechos de explotación del país con la aquiescencia del resto de Europa, lo convirtió en su propiedad privada, lo llamó irónicamente Estado Libre del Congo y explotó de manera despiadada a sus habitantes para recolectar y exportar caucho, un negocio que resultó muy pujante cuando se descubrió que era un material ideal para hacer ruedas de coche.

David Van Reybrouck
David Van Reybrouck

El libro de van Reybrouck tiene la peculiaridad de que, a pesar de ser esencialmente una historia del país, está contado con técnicas periodísticas. Reybrouck viaja con frecuencia a Congo, habla con ancianos que fueron testigos de los acontecimientos, o que recuerdan cómo gente aún mayor que ellos y ya desaparecida le contó aquellas historias, y las hila en el relato con un talento y agilidad extraordinarios. El subtítulo del libro es 'Una historia épica', y aunque con demasiada frecuencia utilicemos esas palabras para describir narraciones de gran volumen, en este caso está más que justificado. El libro es un relato estremecedor, detallado, inmenso y fluido, que atiende tanto a las pequeñas desgracias e ilusiones individuales como al gran retrato de grupo o la vastedad natural del país y sus recursos.

La gran paradoja

En esta última cuestión está la gran paradoja de un país rico y desgraciado. “Ningún país del mundo ha tenido tanta suerte con sus riquezas naturales como el Congo”, dice Reybrouck. “En el último siglo y medio cada vez que se generaba una creciente demanda de una determinada materia prima en el mercado internacional –marfil en la época victoriana; caucho después de la invención del neumático hinchable; cobre en plena expansión industrial y militar; uranio durante la Guerra Fría; corriente eléctrica alternativa durante la crisis del petróleo en la década de 1970; coltán en tiempos de la telefonía móvil–, el Congo daba con gigantescas reservas del material deseado y satisfacía dicha demanda sin ningún problema.” Lo que sucede, claro está, es que eso siempre ha suscitado una corrupción casi inverosímil –se cree que, en sus más de treinta años de cruel dictadura, Mobutu se llevó entre 5.000 y 15.000 millones de dólares– pero, al mismo tiempo, “el grueso de la población no recibía una migaja de los fabulosos beneficios que se obtenían”.

Ningún país del mundo tuvo tanta suerte con sus riquezas naturales como el Congo pero eso generó una enorme corrupción y violencia

Para ocultar esa corrupción estaban la barbarie de Leopoldo II –que el autor pone en su contexto, con todo, frente a las acusaciones de genocidio–; la absurda burocracia de los tiempos del colonialismo belga, en los que el gobierno bruselense intentó gobernar un territorio situado a miles de kilómetros siguiendo un ideario escrupulosamente científico; o el nacionalismo de Mobutu, que obligó a la gente a eliminar sus nombres de origen cristiano –el propio Mobutu había sido bautizado, en realidad, como Joseph-Désiré– y a renunciar a la ropa occidental, al mismo tiempo que él pagaba diez millones de dólares de dinero público para patrocinar en 1974 el célebre combate de boxeo entre George Foreman y Mohamed Alí en Kinshasha o cogía un Concorde para ir de compras a París.

Mobutu fue obligado a dejar el poder en 1997, pero eso no llevó la paz ni la concordia al país. De hecho, desde entonces ha seguido sumido en guerras con países circundantes o entre facciones internas, se han sucedido los golpes de Estado y producido un magnicidio. Un miliciano que participó en la guerra civil a principios de la década de 2002 le dice a van Reybrouck: “Un soldado es como un perro. Si le abres la verja, hará destrozos. Por las mañanas, antes de soltarnos, nuestro jefe nos decía; ‘Haced tonterías’. Saqueábamos casas. Nos llevábamos los móviles, el dinero y las cadenas de oro. Violábamos. Si tienes permiso para matar, ¿qué más da una violación?”. A una mujer que vio cómo los tutsis entraban en su casa, mataban a machetazos a su marido y le arrancaban las entrañas y el corazón, le obligaron a recoger los pedazos, a tumbarse encima de ellos y después la violaron doce soldados.

'Congo' tiene momentos de esperanza que se encuentran, sobre todo, en algunos de los personajes con los que habla van Reybrouck. Pero es un libro desolador y, al mismo tiempo, la mejor manera posible de contar de manera épica y absorbente tanta desolación.

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