Daniel Bell: cien años del sociólogo que anticipó nuestros conflictos

Se cumple el centenario del nacimiento del estadounidense, al que su rara posición ideológica le resultó fértil intelectualmente, pero hizo que no comprendiera algunas cosas

Foto: Daniel Bell. (Universidad de Harvard)
Daniel Bell. (Universidad de Harvard)

En su número de agosto, la revista Letras Libres ha publicado un extraordinario texto del historiador David A. Bell en el que evoca con ternura y admiración intelectual la figura de su padre, el sociólogo estadounidense Daniel Bell, de cuyo nacimiento se han cumplido cien años.

Bell fue un sociólogo particular: ejerció como periodista en la revista 'Fortune', escribiendo sobre todo acerca de las formas de trabajo en Estados Unidos durante los años de fuerte industrialización y prosperidad de la década de 1950; trabajó luego para el Congreso para la Libertad de la Cultura, un organismo con sede en París que promocionaba la cultura anticomunista en plena Guerra Fría, que más tarde se sabría que estaba financiado por la CIA. Luego fue responsable de la revista 'The Public Interest' junto a Irving Kristol, el padrino del neoconservadurismo, pero la abandonó cuando le pareció que adoptaba una deriva demasiado derechista, y se dedicó a la docencia universitaria primero en Columbia y luego en Harvard.

Su rara posición ideológica le resultó fértil intelectualmente, aunque también hizo que no comprendiera determinadas cosas

El perfil publicado en Letras Libres es particularmente bonito porque cuenta, desde la perspectiva de un hijo, los múltiples desgarros interiores que vivió Bell. Nació en una familia judía pobre de Nueva York, su padre murió cuando él tenía seis meses y su madre, que solo hablaba yidish, con frecuencia se veía obligada a dejarle en un hospicio para poder ir a trabajar a una fábrica. Pero los desgarros no solo fueron personales (además tuvo al menos un divorcio traumático y sufrió depresión que trató con psicoanálisis), sino también los derivados de las pugnas políticas de la época, del hecho de que se le asociara con la derecha dura cuando él más bien se consideraba de izquierdas, y de su singular ubicación ideológica.

Bell se describía a sí mismo como un socialista (hoy diríamos socialdemócrata) en cuestiones de economía, un liberal en cuestiones políticas y un conservador en materia cultural. Esto último lo ilustra maravillosamente su hijo al decir que “detestaba la mayor parte de la cultura popular, especialmente la televisión y la música rock… Le horrorizó el amor por los cómics que desarrollé en mi infancia”.


[Daniel A. Bell: "Estados Unidos puede aprender de las prácticas políticas de China"]

Pero a Bell su rara posición ideológica le resultó fértil intelectualmente, aunque también hizo que no comprendiera determinadas cosas. Hoy algunos de sus libros tienen un extraño eco de actualidad. En 'El final de la ideología' (1960) afirmaba que “en el mundo occidental existe hoy un robusto consenso entre los intelectuales sobre las cuestiones políticas: la aceptación del estado del bienestar; lo deseable de la descentralización del poder; un sistema de economía mixta y el pluralismo”. En este sentido, decía, “la era ideológica ha terminado”. No se trataba de la exaltación de una gestión meramente tecnocrática de los asuntos públicos, sino la creencia de que el comunismo había fracasado y de que en el capitalismo democrático el Estado debía tener un importante papel interventor: no había nada fuera de eso.

Su segundo gran libro, 'The Coming of Post-Industrial Society' (1973), anunciaba algo que hoy suena extrañamente familiar: cómo las sociedades ricas se irían volviendo cada vez más desindustrializadas, basarían sus economías en la acumulación y el manejo de la información y su sector más importante sería el de los servicios. Todo ello daría pie al auge de la ciencia y la tecnología, y crearía unas nuevas élites técnicas que obligarían a rehacer la idea clásica de clase social.

Cubierta de 'El final de la ideología'. (Alianza Editorial)
Cubierta de 'El final de la ideología'. (Alianza Editorial)

Finalmente, en 1976 publicó 'Las contradicciones culturales del capitalismo' (Alianza), un libro marcado por la alarma que le había provocado la revolución cultural y moral de la década de los sesenta -que ahondaron su conservadurismo cultural- y que sostenía una tesis que se ha demostrado falsa. Bell señalaba que había sido el puritanismo de los burgueses, “cuyas energías se canalizaron en la producción de bienes y en un conjunto de actitudes hacia el trabajo que se distinguieron por el temor al instinto, la espontaneidad y el impulso errante”, lo que había permitido que el capitalismo se mantuviera en pie.

Este era fruto de la combinación de una gran inventiva económica y una gran represión moral. Pero en los sesenta, decía, esa represión moral había terminado y los jóvenes se habían abandonado al irrealismo político, el hedonismo cultural y sexual y la cultura de la irresponsabilidad. Ese hecho -que la prosperidad económica había destruido la austeridad que la había hecho posible- era la gran “contradicción del capitalismo”, que entraba en una fase de inestabilidad y que al final, si no se corregía, llevaría a su destrucción.

Ahora, difícilmente consideraríamos sociólogo a un hombre del perfil intelectual de Bell, como tampoco pensaríamos que lo fuera, por ejemplo, su predecesor Thorstein Veblen (1857-1929). Veblen, que en Estados Unidos fue el pionero en el análisis del capitalismo, describió de manera memorable lo que llamó la “clase ociosa”, compuesta por quienes en tiempos de industrialización estaban exentos del trabajo fabril y se dedicaban a tareas intelectuales y artísticas, y a consumir y practicar el ocio de manera ostentosa, para demostrar su independencia y libertad. O a Sigfried Krakauer (1889-1966), quien en su libro 'Los empleados' (Gedisa) estudió un fenómeno nuevo en la Alemania de entreguerras: el de las masas de oficinistas, tres millones y medio de personas que realizaban tareas administrativas y técnicas en los bancos, los almacenes, la industria y los transportes, y que empezaba a definirse como una clase independiente con sus propios sesgos ideológicos y hábitos de ocio. Eran sociólogos distintos de los actuales.

Bell creía que el comunismo había fracasado y que en el capitalismo democrático el Estado debía tener un importante papel interventor

David Bell recuerda a su padre como alguien que oscilaba entre la tradición religiosa judía, que es extremadamente conservadora, y la experiencia profundamente radical de los yidish, los judíos del centro y del este de Europa. Me parece una descripción adecuada para un hombre que cambió con frecuencia de postura y, en todo caso, cuya posición siempre consistió en tomar elementos ideológicos de aquí y allá para formarse un criterio propio. Ese fue uno de sus grandes legados, que vale la pena recordar cuando se cumplen cien años de su nacimiento. Un gran legado del que deberíamos hacernos merecedores.

El erizo y el zorro
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
0 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios