Por qué ser católico pese a una "Iglesia gobernada por canallas"

El último libro del novelista chileno Rafael Gumucio se titula 'Por qué soy católico' (Random House) y es cualquier cosa menos una broma

Foto: El papa Francisco recibe una escultura con la forma de la hoz y el martillo del expresidente de Bolivia Evo Morales en su visita a La Paz. (Reuters)
El papa Francisco recibe una escultura con la forma de la hoz y el martillo del expresidente de Bolivia Evo Morales en su visita a La Paz. (Reuters)

Rafael Gumucio es un novelista chileno de cincuenta años. Fue uno de los fundadores de The Clinic, una revista brutalmente satírica, llamada así en homenaje a la clínica de Londres en la que estaba Augusto Pinochet cuando Baltasar Garzón ordenó su detención. Es director del Instituto de Estudios Humorísticos de la Universidad Diego Portales. Escribió sus memorias cuando tenía veintinueve años. Tiene una novela en la que el protagonista absoluto es su prepucio. Es imposible mantener una conversación con él y no acabar riéndote. Pero su último libro se titula 'Por qué soy católico' (Random House) y es cualquier cosa menos una broma.

Gumucio considera que Juan Pablo II fue un papa “execrable”. Afirma que “la mayoría de la Conferencia Episcopal chilena (y argentina, y española, y francesa, y ruandesa) está compuesta de untuosos seres de sexualidad indefinida” y que la Iglesia está “gobernada siempre por canallas, cuando no por pusilánimes”. Ni siquiera está claro que comparta buena parte de la doctrina católica sobre cuestiones sexuales, o sobre el aborto, por no hablar, claro, de la jerarquía eclesial o hasta de la resurrección. Pero es católico.

'Por qué soy católico' (Literatura Random House)
'Por qué soy católico' (Literatura Random House)

Lo fue su abuelo, Rafael Agustín, que fundó el partido Izquierda Cristiana y creía que no se podía hacer la revolución sin contar con “los curas y sobre todo [con las] monjas que han renunciado a todo poder y toda gloria por los siglos de los siglos”. Su tía abuela María Alemparte Prieto, la Cuca, fue monja, pero siguió trabajando en Hacienda. Otra tía abuela, Amalia, también se hizo monja; fumadora emperdernida, arruinó a su convento cuando se puso a domesticar conejos “sin pensar en la facilidad de estos para reproducirse”. Su tío Esteban consideraba que era una muestra de soberbia “llamar suerte o azar a todo lo que favorecía y desgracia o error a lo que no favorecía”, porque a fin de cuentas todo era fruto de la voluntad de Dios. Su madre, dice, es una católica progresista.

Este es el catolicismo en el que se mueve Gumucio. Está muy vinculado con un mundo de izquierdas, cercano a las guerrillas revolucionarias de los años sesenta y a la resistencia posterior contra Pinochet, aunque Gumucio tenga numerosos rasgos conservadores. Es un mundo en el que, aunque se crea en Dios, existe el miedo a la muerte, se sabe que el sexo es muy complicado y que nunca se acaba de estar cómodo con la religión.

Pero, entonces, ¿por qué seguir en ella? En el libro, Gumucio da muchas respuestas parciales a esta pregunta, ninguna de las cuales parece definitiva. Tienen, al menos para el ateo, algo de misterioso: “Creer en Dios hecho Cristo es otra manera de creer en los hombres, que es la manera que tenemos, los que tendemos a dudar de la humanidad, de seguir creyendo a pesar de los campos de concentración y las bombas y las torturas, a pesar de la angustia y la injusticia”. “La fe en Cristo no respondió a mi angustia por la muerte, pero me enseñó a asumir sin miedo que no hay respuestas.” “¿Por qué soy católico entonces? Porque haga lo que haga para no serlo, seguiré con mis negaciones y mis blasfemias alimentando esa fogata íntima en medio del descampado nocturno en que Pedro negó tres veces a Jesús y se hizo santo y mártir.” A veces, durante la lectura del libro, uno se imagina diciéndole a Gumucio que esas razones no son convincentes. Y se lo imagina a él encogiéndose de hombros con una sonrisa pícara y diciendo: “¿Pero qué vas a ser si no eres católico?”.

Alternativas

Se me ocurren algunas alternativas. Pero, como sucede muchas veces cuando los creyentes se enfrentan a las preguntas de los ateos, Gumucio responde que quienes pensamos que no creemos en Dios en realidad creemos en algo parecido a él, aunque tenga otra forma. Gumucio cita a Robespierre, que, dice, no creía en Dios, pero se tuvo que inventar uno para que la Revolución Francesa pudiera triunfar. Muchos latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX pensaban que no creían en Dios, pero creían ciegamente en la “revolución”. Los laicos, dice, creen que “la muerte es un problema que se puede resolver”, mientras que “el cristianismo siempre ha sido más realista y nunca ha negado que estamos destinados a morir con dolor y horror”. Sin duda, la caricatura que muchos creyentes hacen de quienes no lo somos no es tan distinta que la que hacen muchos ateos de los creyentes.

Gumucio advierte que todo el mundo sufre y teme y que buscar consuelo en una religión no es más excéntrico que hacerlo en la razón

Pero la comunicación entre las dos posturas existe y este libro es una prueba. Está lleno de historias personales, chismes familiares, digresiones morales, citas bíblicas, ataques a la Iglesia, disquisiciones políticas y algunas bromas, aunque muchas menos de lo que es habitual en Rafael Gumucio. Hay paredes infranqueables para un no creyente; a fin de cuentas, como recuerda el autor, era “cristiano Martin Luther King y [eran] cristianos el Ku Klux Klan”, algo que a los ateos nos cuesta mucho entender. Era católico su abuelo, que se tuvo que exiliar de Chile, y lo era Pinochet, que de no haber sido así lo habría perseguido. Y es posible un cierto entendimiento. Advertir que para todo el mundo el sufrimiento, los miedos y las incomprensiones son los mismos, y que buscar consuelo en una religión quizá no sea mucho más excéntrico que hacerlo en la razón o la experiencia (mi opción) o, simplemente, que no buscarlo. A ratos quisieras decirle: “Eh, Gumucio, no tienes razón, pero creo que te entiendo. Un poco”.

Hubo unos años, hace no tanto, en que a menudo se intentaba establecer diálogos entre creyentes y ateos. Umberto Eco y el cardenal Martini intercambiaban cartas sobre religión y luego las publicaban en forma de libro. El papa Benedicto XVI se sentó a dialogar con cuatro no creyentes en un acto público, entre ellos la escritora francesa Julia Kristeva. Quizá nos hayamos cansado de escuchar al otro. Pero es interesante oír lo que Gumucio tiene que decir. Si el libro se lee con la mirada de un ateo, resulta una mitad del diálogo interesante. Pero soy incapaz de imaginar qué pasa si esa mirada es la de otro católico.

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