¡Viva la revolución (en Instagram)!
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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¡Viva la revolución (en Instagram)!

Cuando asaltaron el Capitolio en Washington, su mayor preocupación fue que les hicieran fotos en los rincones más famosos del edificio

placeholder Foto: Golpistas seguidores de Trump asaltan el Capitolio mientras toman imágenes con sus móviles. (Reuters)
Golpistas seguidores de Trump asaltan el Capitolio mientras toman imágenes con sus móviles. (Reuters)

Empezó a ser evidente cuando los restaurantes cambiaron sus sistemas de iluminación para que las fotos de los platos quedaran mejor al subirlas a Instagram. Pasó también con la moda: los fotógrafos de 'street style' simulaban hacer fotos a gente que pasaba por la calle con un estilo espontáneo e interesante, pero en realidad habían pasado horas preparando ese 'look' ideal. Ahora sucede incluso con las revoluciones: uno toma el Capitolio en Washington para impedir la proclamación del presidente legítimamente elegido, pero su mayor preocupación es que le hagan fotos en los rincones más famosos del edificio, que luego suscitarán admiración y envidia en Facebook.

Por supuesto, a diferencia de la foto de un ceviche o de aparecer en 'The Sartorialist', un selfi robando documentación confidencial del despacho de la presidenta de la Cámara de Representantes puede llevarte a la cárcel. Pero esa distinción parece irrelevante. Las redes sociales tal vez se concibieran como un medio para enseñar a los demás cómo es nuestra vida. Sin duda, su funcionamiento ha incentivado que mostráramos sus aspectos más atractivos. Y ahora, parece que trabajamos en exclusiva para tener una vida, o fragmentos de ella, que pueda quedar bien en las redes. Somos empleados de nuestra cuenta de Twitter o, en general, de Mark Zuckerberg.

Quitarle a Trump sus redes es como si a Carlos I le hubieran prohibido retratarse

Por supuesto, eso permite crear un agradable mundo ficticio en el que todos somos más guapos de lo que somos en realidad, tenemos más dinero y mejor gusto de los que en realidad tenemos, y donde, quienes hemos construido nuestra identidad en las redes a través de los libros y los artículos que leemos y escribimos, aparentamos ser más listos de lo que somos. No tiene nada de raro: la historia del arte y la del periodismo del corazón se han basado en el intento de la gente —especialmente la rica, famosa y poderosa— de mostrar su estatus a los demás. Lo cual siempre ha tenido implicaciones políticas evidentes. Por eso, que a Donald Trump le quiten sus cuentas en las redes sociales es el equivalente a que a Carlos I le hubieran prohibido que los mejores pintores de su época le retrataran: ¿cómo iba a transmitir lo mucho que molaba sin su principal herramienta de propaganda?

Un mundo de ficción

Pero que el uso de nuestra imagen para transmitir el estatus deseado sea algo viejo, no significa que sus nuevas mutaciones no planteen nuevos problemas. El primero, que ya es real, es que decidamos vivir en un mundo de ficción. En la película 'Ready Player One', de Steven Spielberg, el protagonista es un adolescente que vive en un suburbio precario, donde los novios de la tía con la que vive abusan de él; su existencia es tan horrible que, como la mayor parte de la sociedad en 2045, ha decidido pasar la mayor parte del tiempo en una red social en la que puedes tener un nombre, una imagen y, en general, una vida mucho mejores que los reales.

Pero no hace falta recurrir a la ciencia ficción. Una parte de quienes asaltaron el Capitolio estadounidense vive en una realidad paralela y esencialmente digital llamada QAnon, en la que suceden cosas que no tienen ninguna correspondencia factual con la realidad. Sin embargo, este mundo les da la sensación de conocer una verdad que los poderes nos ocultan a los demás y, en ocasiones extremas como las del miércoles pasado, les permite convertirse en protagonistas de la historia, al mostrar en las redes su presencia real en el escenario físico del poder. Se han hecho célebres los cuernos y la piel de bisonte que vestía uno de los asaltantes —ya detenido—, pero muchos otros participantes en la insurrección llevaban indumentaria y simbología pertenecientes a juegos y mitologías digitales.

Los seres humanos generamos ficciones y nos habituamos a vivir entre ellas

Otro problema potencial es que esa invención reemplace por completo la vida real. No sería nada raro: los seres humanos generamos ficciones y nos habituamos a vivir entre ellas. El dinero y la religión son tal vez las más importantes y fascinantes, pero a estas alturas ni siquiera nos extraña que a muchos les cueste distinguir entre lo que leen en las novelas o ven en las películas y la realidad. La novedad es el poder inmenso que eso puede dar a un puñado de oligopolios, que decidirán qué personas pueden participar en esas ficciones y cuáles no, y qué ficciones son tolerables y cuáles no. En parte, tienen todo el derecho a hacerlo: son empresas privadas con unos términos de uso que sus usuarios deben cumplir para no ser expulsados. Pero todos sabemos que las implicaciones son mayores que en otra clase de empresas. Los conservadores estadounidenses tienen parte de razón cuando dicen que la repentina expulsión de Trump de varias redes sociales tiene motivaciones políticas —los demócratas van a copar todo el poder, y las tecnológicas quieren llevarse bien con ellos—, aunque sin duda también hay razones éticas o incluso penales.

Mudarse a vivir a las redes sociales será una más de las muchas mudanzas a la ficción que los humanos hemos hecho a lo largo de la historia. Pero hay que ser consciente de sus implicaciones. Es asombroso ver cómo se grababan los asaltantes al Capitolio, cómo documentaron hasta el último detalle de la ocupación. Y cómo, posiblemente, posaban imaginando el efecto de esas imágenes en sus redes, ignorando asombrosamente que los fiscales y las fuerzas de seguridad tardarían apenas horas en identificarles y pocos días en ordenar su detención.

La mayoría de nosotros no asaltamos edificios públicos. Pero sí hemos empezado a asumir la creencia de que las redes sociales no solo forman parte de la vida real, sino que constituyen su parte más importante y que esta no perjudica a las demás. Es una idea absurda. Pero todo parece indicar que con base en ella se forjarán y destruirán carreras, se alcanzará y se perderá el poder, se crearán y destruirán fortunas. Y, por encima de todo, seguiremos transmitiendo una imagen de nosotros mismos mucho más interesante, sexy o aguerrida que la que vemos en el espejo: sea al comer, al vestir o al intentar hacer una revolución.

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