Cómo los de nuestra edad nos engañamos diciéndonos que somos jóvenes
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

Cómo los de nuestra edad nos engañamos diciéndonos que somos jóvenes

Que te perciban como joven puede ser alentador. Es una forma de engañarnos que, al menos en parte, es beneficiosa, porque nos hace más atrevidos en nuestro trabajo

placeholder Foto: Tom Brady celebra su victoria en la Superbowl con los Tampa Bay Buccaners. (Reuters)
Tom Brady celebra su victoria en la Superbowl con los Tampa Bay Buccaners. (Reuters)

En un primer momento, cuando un periodista veterano se refirió a mí como ‘joven’, me sentí confundido. Durante mucho tiempo, era algo que me había molestado. Tengo más de 40 años y llevo 20 trabajando. Pero esta vez fue distinto. Me alegró. “Sí, debo ser joven”, me dije.

Lo pensé bajo la influencia de Tom Brady, claro. Diez días antes, no sabía quién era. Pero resulta que es una estrella del fútbol americano que lideró su equipo, los Tampa Bay Buccaners, en su victoria en la última Superbowl. No habría prestado atención a la noticia de no ser porque Brady tiene exactamente mi edad y sigue siendo un deportista de élite. Es cierto que, según descubrí, Brady se levanta a las seis de la mañana, bebe agua infusionada con electrolitos, entrena más horas de las que yo dedico a trabajar y se alimenta básicamente de fruta. Pero mi cerebro decidió dejar a un lado esa información y centrarse en lo importante. A mi edad, se puede ser deportista de élite.

Foto: Super bowl lv - tampa bay buccaneers v kansas city chiefs

No es el único argumento para sentirse joven. Miremos la política: Estados Unidos se ha convertido en una gerontocracia que hace que los antiguos líderes del Partido Comunista soviético parezcan chavales. El presidente, Joe Biden, tiene 78 años y la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosy, 80. Janet Yellen, la secretaria del Tesoro, tiene 74. El líder oficioso de la oposición, Donald Trump, también tiene 74. En este contexto, Kamala Harris, la vicepresidenta, llama la atención por su juventud: tan solo tiene 56 años.

placeholder Joe Biden y Nancy Pelosi, en la Casa Blanca. (EFE)
Joe Biden y Nancy Pelosi, en la Casa Blanca. (EFE)

En España, existe una cierta tradición de líderes jóvenes, lo cual provoca con frecuencia que mucha gente mayor recele de políticos como Pedro Sánchez, Pablo Iglesias o Pablo Casado, todos con más de 40 años, por su excesiva juventud. Como si aún no hubieran tenido tiempo de desarrollar sus propias ideas, madurarlas y contar con la experiencia suficiente para aplicarlas, y fuera una temeridad poner en esas manos inexpertas el destino de una nación. Es una idea consoladora; como si el problema de esos tres fuera la edad.

Pero esto no solo ocurre en el deporte y la política. El mundo cultural está lleno de jóvenes que ya no lo son. Se celebra a nuevos novelistas que tienen canas, hijos y cara de cansancio permanente. Una de las muchas virtudes que se atribuyen al ensayo español de más éxito en los últimos años, 'El infinito en un junco', es que sea capaz de transmitir una profunda sabiduría clásica cuando su autora, Irene Vallejo, tiene solo 42 años. La generación de cineastas de Alejandro Amenábar (48), Mateo Gil (48) y Juan Antonio Bayona (45), entre otros, parece que será para siempre la generación de jóvenes directores. El otro día, alguien celebraba la calidad de este periódico y atribuía una parte de su éxito a la juventud de sus redactores y columnistas: debería vernos de cerca.

El otro día, alguien celebraba la calidad de este periódico y atribuía parte de su éxito a la juventud de sus redactores: debería vernos de cerca

Nada de esto es malo. Por supuesto, no para quienes tenemos esa edad. Que te perciban como joven puede ser alentador. Es una forma de engañarnos que, al menos en parte, es beneficiosa, porque nos hace más atrevidos en nuestro trabajo, la forma en que vestimos o hasta en asuntos más privados. Sin embargo, tiene una consecuencia que, sospecho, han experimentado antes otras generaciones. La sensación de que, si somos jóvenes, tenemos muchos años por delante y, por lo tanto, debemos aferrarnos a nuestro puesto y estatus durante décadas, impidiendo el acceso a la siguiente generación de la misma manera que hicieron quienes nos precedieron. Buena parte de nuestro trabajo ya no consiste en conquistar nuevos territorios, sino en cavar trincheras para asegurarnos de que, en los próximos 30 años, nadie nos saque de nuestro territorio.

Porque, por supuesto, seamos jóvenes o no, estamos en contacto con jóvenes de verdad. Y vemos lo distintos que son de nosotros y lo mucho que nos ven de la misma manera en que nosotros mirábamos a la generación anterior. Algunos tal vez piensen que hemos hecho cosas interesantes, pero para la mayoría somos inequívocamente gente mayor. Gente que creció sin internet, que habla demasiado —y sin saber— de Tinder, que resulta un poco grotesca en Instagram y que a veces habla o viste intentando parecer joven. Y que se pone pesadísima cuando sale hasta demasiado tarde —cuando eso se podía hacer— o consume sustancias en cantidades que no debiera. De hecho, durante las celebraciones por la consecución de la Superbowl, a Brady le grabaron andando con torpeza, visiblemente borracho. Después, se rio de sí mismo asegurando que se pasó un poco con el “tequila de aguacate” y que le subió porque ya no tiene costumbre. En eso sí, todos somos Tom Brady.

El fin de semana pasado, salimos a comer con amigos. En su momento, uno de ellos fue considerado una joven promesa de la política; otro, uno de los jóvenes periodistas más innovadores de la última década en España. Uno cumplía 40 años y el otro veía con asombro cómo se acerca a esa edad. Yo, que soy el mayor, sentí cierta satisfacción rencorosa: bienvenidos a la etapa vital en que, aunque os lo seguirán llamando, ya no seréis unos jóvenes prodigios y sabréis que algo ha cambiado. Preparaos para, de vez en cuando, tener la sensación de que estáis viviendo de las rentas del pasado. Sin embargo, debemos celebrar haber llegado a la mediana edad en un momento en que la sociedad ha decidido que esta es una fase tardía de la juventud. Para nosotros, es una magnífica noticia. Damos un poco de envidia a los mayores. Los jóvenes empiezan a mirarnos con aburrimiento. Quizá no sea un mal lugar en que encontrarse, a pesar de todo.

En un primer momento, cuando un periodista veterano se refirió a mí como ‘joven’, me sentí confundido. Durante mucho tiempo, era algo que me había molestado. Tengo más de 40 años y llevo 20 trabajando. Pero esta vez fue distinto. Me alegró. “Sí, debo ser joven”, me dije.

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