'Dios' y 'patria': ¿las dos ideas más progresistas de la historia de la humanidad?
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Ramón González Férriz

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'Dios' y 'patria': ¿las dos ideas más progresistas de la historia de la humanidad?

El analista político Víctor Lapuente acaba de publicar 'Decálogo del buen ciudadano', una serie de reglas de comportamiento para ser mejores individuos

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Víctor Lapuente.

Víctor Lapuente es uno de los mejores analistas políticos de España —además de columnista en 'El País' es, en su vertiente académica, un estudioso de la corrupción y las burocracias ineficientes— y acaba de publicar 'Decálogo del buen ciudadano'. El libro es precisamente eso, una serie de reglas de comportamiento para ser mejores individuos, y cuenta Lapuente en las primeras páginas que lo escribió en un momento en que la realidad le recordó su finitud: acababan de diagnosticarle un mieloma y había tenido un hijo. En esas circunstancias, dice, “quería poner mi granito de arena contra la división social que nos está empujando a separarnos en bandos irreconciliables: cosmopolitas contra nacionalistas en todo el mundo, izquierdas contra derechas en España, constitucionalistas contra independentistas en Cataluña…”.

Sin duda, Lapuente es en muchos sentidos un pensador transversal que no incurre en los sectarismos habituales: diría que es un liberal inglés en política, un pragmático escandinavo en economía y un conservador alemán en moral. Y, en efecto, muchos de sus consejos para mejorar nuestras sociedades trascienden las ideologías y arraigan en la filosofía clásica. Su objetivo es que abandonemos el narcisismo actual, y para ello propone asumir una cierta ética estoica que nos ayude a afrontar las circunstancias que se presenten, a interiorizar que la vida es incierta y estamos expuestos a riesgos, a ser agradecidos por todo lo que tenemos, a dejar de hacernos las víctimas y a mostrar algo de empatía con nuestros adversarios. No podría estar más de acuerdo. Pero Lapuente también recomienda encarecidamente recuperar las nociones de patriotismo y religión. Y ahí yo tengo algún problema.

placeholder 'Decálogo del buen ciudadano'. (Península)
'Decálogo del buen ciudadano'. (Península)

“Dios y patria, dos conceptos que suenan rancios y viejos, son las dos ideas más progresistas de la historia de la humanidad, las lanzas más certeras que hemos diseñado para atacar el corazón de nuestros problemas colectivos: nuestra proclividad a sentirnos superiores a los demás”, dice Lapuente. “Dios y patria son mecanismos culturales de igualación social”. Son ideas discutibles: durante milenios, los gobernantes han atribuido su superioridad frente a sus súbditos al designio divino. Y con frecuencia, las ideas de patria y patriotismo han servido para señalar como inferiores o merecedores de expulsión o marginación a una parte de la población.

“Sin patriotismo es difícil cimentar una buena democracia —dice Lapuente—. Es imposible equilibrar intereses contrapuestos… Sin cultivar un sentimiento de sacrificio por el bienestar común, no podremos reconciliar las demandas inherentemente opuestas de diferentes partes de la sociedad”. Pero ¿es eso cierto? ¿Acaso no podemos aceptar que nos cobren impuestos y que nuestra riqueza se redistribuya sin declararnos patriotas; creer simplemente que se trata de una cuestión de administración y justicia? Lapuente es muy consciente de que muchas veces el patriotismo deriva hacia un nacionalismo nocivo. Y advierte contra ello. Pero ¿se puede evitar, en mayor o menor medida, que eso acabe sucediendo? ¿Acaso no tienden las élites a exonerarse de las consecuencias de su mala gestión, o a beneficiarse en exceso de sus privilegios, en nombre de la patria?

Sin patriotismo es difícil cimentar una buena democracia, dice Lapuente

Algo parecido sucede con la religión. “La existencia de Dios evita el endiosamiento de los humanos”, dice Lapuente. Pero se podría escribir un libro de la extensión del suyo solo con casos de humanos endiosados de los últimos años. Incluso de humanos que se endiosan en nombre de Dios. “Las sociedades avanzan cuando sus individuos supeditan su interés individual a un ente impersonal y abstracto” en forma de “religión espiritual o civil”, dice. ¿Pero no puede llegar a amenazar esa subordinación nuestra libertad individual? ¿Puede que esa supeditación sea, en realidad, a políticos o ideólogos venales?

Rendición prematura

No tengo nada en contra de la patria —me siento perfectamente cómodo con la bandera española y con la Constitución— ni contra la religión —soy un ateo nada anticlerical—. Y, de hecho, otros pensadores nada sospechosos de reaccionarios están volviendo a hablar de patria y religión como los únicos pegamentos posibles para que las sociedades se mantengan unidas y el individualismo no las arrase. Es el caso del economista Paul Collier en el libro 'El futuro del capitalismo', de Francis Fukuyama en 'Identidad' o incluso de John Gray, que en sus últimos libros viene afirmando que la idea de que el ser humano puede ser plenamente cosmopolita o laico es solo un espejismo de los ilustrados ingenuos. Es posible. Y son cosas que debemos discutir. Pero declarar que no es posible una sociedad solidaria o una noción del bien colectivo sin religión o patriotismo me parece una rendición prematura.

Los riesgos de la religión y el patriotismo para las libertades son evidentes

La religión y el patriotismo pueden ser intrínsecamente humanos, y es posible que necesitemos una dosis de ambos para existir, pero los riesgos que implican para las libertades individuales me parecen evidentes. Lapuente no hace como si ese peligro no existiera, pero piensa que se puede superar. En parte, creo, porque como muchos científicos sociales da por sentada la democracia y es reacio a pensar que puedan volver las dictaduras, los gobiernos crueles o las iglesias al frente de la política (o los partidos que actúan como si fueran una Iglesia) del pasado. Sin duda, es improbable que lo hagan en España. Pero algunos de quienes defendemos la libertad individual por encima del efecto cohesionador del patriotismo y las religiones no lo hacemos porque rechacemos pagar impuestos, aspiremos a forrarnos explotando a los demás o consideremos que la fraternidad es irrelevante, sino porque tenemos demasiado presentes las tendencias de control que a veces laten en esas emociones.

“El mensaje central de este libro es: aspira a algo trascendental (un dios o una patria) en lo personal, pero actúa de forma pragmática (al César lo que es del César) y no te dejes llevar por fundamentalismos. Nuestros objetivos deben ser trascendentales. Nuestros instrumentos, pragmáticos”. Solo estoy de acuerdo con el 50% de esta afirmación de Lapuente. Sin embargo, para tratar de entender la mitad con la que no estoy de acuerdo, y dejar la puerta abierta a dejarme seducir por ella, nada mejor que este libro. Es un placer discutir mentalmente con él sobre cuestiones que, se quiera o no, siguen estando en el centro de la experiencia humana.

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