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¿Estás realmente "superado por el trabajo" o lo dices para dar una imagen de éxito?
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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¿Estás realmente "superado por el trabajo" o lo dices para dar una imagen de éxito?

Por algún extraño mecanismo social, decir que tienes mucho que hacer se ha convertido en un señalador de estatus

Foto: Oficina. Trabajadores. (Unsplash/Jason Goodman)
Oficina. Trabajadores. (Unsplash/Jason Goodman)
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Ya es más la norma que una excepción. A la pregunta informal "¿Qué tal?" o "¿Cómo va todo?" formulada a un amigo, un colega o un recién conocido en las incipientes reuniones poscovid, la respuesta suele ser: "Desbordado". "Con mucho curro". “Agotada, no paro ni los fines de semana”. Bueno, pienso, es normal. Desde la crisis de hace una década, uno tiene la sensación de que en ciertos sectores económicos los proyectos salen adelante con menos trabajadores, o menos trabajadores con experiencia, y que la productividad ha tenido que aumentar, simplemente, siguiendo el lema que acabó de afianzarse entonces: "hay que hacer más con menos". Si eres autónomo, eso se traduce en "tienes que trabajar bastante más para ganar lo mismo".

Pero no será solo eso, me digo. Tal vez a la gente de mi entorno la tecnología le genere en parte esa sensación de desbordamiento. Sí, internet facilita la vida en muchos sentidos; ahorra horas de trabajo. Y al mismo tiempo es posible que no haya supuesto un aumento claro de la eficiencia, porque debido a las nuevas tecnologías vivimos constantemente bombardeados por mensajes que confunden nuestra vida laboral y privada, y que, por mucho empeño que pongamos, acabamos mandando y recibiendo por las noches y durante el fin de semana. Quizá no trabajamos mucho más, pero sin duda pasamos más horas con nuestras herramientas de trabajo.

Hay que producir mucho y transmitir que estás muy solicitado, con facultades, que no serás superfluo cuando lleguen las nuevas generaciones

Seguramente, también obtengo a menudo ese tipo de respuesta —“me muero de sueño todo el día, porque acabo de madrugada”— por el grupo demográfico al que pertenecen en general las personas a quienes pregunto: hombres y mujeres con algo más de cuarenta años que empiezan a plantearse la segunda mitad de su carrera laboral. Tendemos a asociar la ambición con los jóvenes, que pueden trabajar más, dormir menos y aprovechar que aún no tienen familia para centrarse en su profesión. Pero la gente como yo tiene otras razones para ser ambiciosa: sobre todo la de intentar asegurarse, en la medida de lo posible, un lugar en el mundo laboral con cincuenta años. Eso lo consigue produciendo mucho y transmitiendo que está muy solicitada, que no pierde facultades y se mantiene al día, para no ser superflua cuando lleguen las nuevas generaciones. Hoy quieren mostrarse muy productivos incluso los que han optado por profesiones que, en el pasado, quizá estuvieran peor pagadas, pero daban cierta tranquilidad: conozco a profesores de filosofía estresados. Parecen estarlo incluso las hijas de los nobles españoles que deciden hacerse influencers.

Un recurso raro

Todo lo anterior es cierto, pero cuanto más oigo esas respuestas —“No, el domingo no podemos, tenemos que trabajar, una lata, pero es un proyecto chulo”—, más me doy cuenta de que, por algún extraño mecanismo social, decir que tienes mucho trabajo se ha convertido en un señalador de estatus: si dices que estás sobrepasado, la gente entenderá que eres exitoso y, si lo transmites bien, puede que hasta importante.

Es un recurso raro. Durante la mayor parte de la historia del capitalismo, no hubo mayor transmisor de estatus que disponer de muchas horas de ocio y demostrar que podías dedicarlas a actividades elegantes e improductivas: la ropa blanca de los ricos indicaba que no hacían ninguna actividad física en la que pudiera mancharse. Puede que eso fuera, hace un siglo o dos, una rémora del viejo mundo aristocrático, en el que trabajar era inconcebible. Pero incluso en el mundo industrializado había señales asociadas a no trabajar que transmitían estatus. Como explicó de manera memorable el sociólogo Thorstein Veblen en 'Teoría de la clase ociosa', debías demostrar de la manera más ostentosa posible que no formabas parte de las actividades prácticas que contribuían a la economía. Eso era cosa de fracasados.

Incluso en el mundo industrializado había señales asociadas a no trabajar que transmitían estatus

Esa percepción cambió en algún momento de las últimas décadas y ha llegado a un extremo caricaturesco. Lo primero que hacemos cuando conocemos a alguien es transmitirle que, en realidad, no hacemos nada más que contribuir a la economía con nuestra productividad. Lo cual presenta, además, algunas complicaciones extra: hace unos años bastaba con llevar determinado tipo de traje y corbata, si eras hombre, o de traje de chaqueta, si eras mujer, para indicar que pertenecías a la clase media, quizá media-alta. No hacían falta demasiadas palabras. Ahora eso ya no es posible: todos hemos adoptado el ominoso estilo unisex de camisa de cuadros, vaqueros y zapatillas New Balance. En los ambientes en los que me muevo, tampoco se ven otros viejos señaladores de estatus como los puros caros en los hombres o los bolsos buenos en las mujeres. Todos tenemos el mismo ordenador. Tenemos un iPhone o un Android de gama media o alta. Consumimos lo mismo, nos gusta lo mismo, vivimos en lugares que no nos encantan pero en casas que son uniformemente cómodas. Es como si, de hecho, solo pudiéramos expresar que somos distintos si afirmamos que tenemos más trabajo que los demás.

Cuando me devuelven la pregunta y se interesan por cómo estoy yo, respondo también: “Contento, pero superado por el trabajo”. Tengo la sensación de que no puedo permitirme el lujo de decir que, en realidad, el trabajo no me agobia.

Ya es más la norma que una excepción. A la pregunta informal "¿Qué tal?" o "¿Cómo va todo?" formulada a un amigo, un colega o un recién conocido en las incipientes reuniones poscovid, la respuesta suele ser: "Desbordado". "Con mucho curro". “Agotada, no paro ni los fines de semana”. Bueno, pienso, es normal. Desde la crisis de hace una década, uno tiene la sensación de que en ciertos sectores económicos los proyectos salen adelante con menos trabajadores, o menos trabajadores con experiencia, y que la productividad ha tenido que aumentar, simplemente, siguiendo el lema que acabó de afianzarse entonces: "hay que hacer más con menos". Si eres autónomo, eso se traduce en "tienes que trabajar bastante más para ganar lo mismo".

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