Corre, negro, corre
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Ricardo Menéndez Salmón

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Corre, negro, corre

Memorias y ficciones sobre el tráfico de hombres al calor del estreno de 'Doce años de esclavitud'

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Fotograma de 'Doce años de esclavitud'

1831. Condado de Southampton. Sudeste del estado de Virginia. En este lugar y fecha se documenta "la única revuelta eficaz y sostenida en los anales de la esclavitud de los negros de Norteamérica". El texto entre comillas pertenece a la Nota del autor que William Styron, responsable de títulos tan reputados como La decisión de Sophie, colocó al frente de uno de sus mayores logros como novelista, Las confesiones de Nat Turner, obra con la que ganaría el Pulitzer en 1968.

El 5 de noviembre de 1831, Thomas R. Gray, a quien Turner relató las circunstancias y motivos de su alzamiento, redactó un panfleto en el que textualmente se puede leer: "La insurrección de Nat no estuvo inspirada por motivos de venganza o de repentina ira, sino que fue el resultado de una larga deliberación y arraigados propósitos de mente. Esta criatura de un tenebroso fanatismo, ser material pero fácil receptáculo de impresiones de esta naturaleza, será largamente recordada en los anales de nuestra tierra, y muchas madres, al oprimir contra su pecho a sus queridos hijos, temblarán al recordar a Nat y a su banda de feroces desalmados".

Acompañado por un grupo armado de entre cincuenta y setenta miembros, en apenas cuarenta y ocho horas Turner se cobró la vida de sesenta blancos entre hombres, mujeres, ancianos y niños. Capturado el 30 de octubre por un tal Benjamin Phipps, el cabecilla de la rebelión fue sentenciado a muerte en la ciudad de Jerusalem y colgado, decapitado, desollado y descuartizado el 11 de noviembre. Existen testimonios de que, con parte de su piel, se hizo un monedero.

Hasta aquí los datos objetivos, la corriente de furia, la venganza brutal, la justicia sin titubeos y los materiales históricos con los que Styron construyó una gran obra de ficción.

Un hombre libre

1841. Solomon Northup, hijo de un esclavo negro liberado, hombre libre él mismo, habitante de la ciudad de Nueva York, granjero de profesión y violinista aficionado, es persuadido para viajar a Washington por dos empresarios del mundo del espectáculo que, en realidad, se dedican al tráfico de seres humanos. Drogado por estos farsantes, Northup es embarcado hacia Nueva Orleans, donde será vendido como esclavo y vagará durante doce años por la región de Red River, en el estado de Louisiana, convertido en mercancía, sin poder emplear su propio nombre, sin papeles ni derechos, sin otro horizonte que la supervivencia bajo el hambre y los latigazos.

Tras sufrir azares de todo tipo, incluidos intentos de fuga e infructuosas gestiones para escribir a sus familiares y amigos, Northup recuperará la libertad en enero de 1853, regresará a su casa de Nueva York y redactará el testimonio de su peripecia, titulado 12 años de esclavitud, un texto que, ciento sesenta años más tarde, el director Steve McQueen y el guionista John Ridley llevarán al cine de forma no menos memorable que la que Styron logró conjurar para recrear la terrible historia del cimarrón Turner.

Turner era un analfabeto que nació, creció y murió bajo la perspectiva de una vida de animal de carga. No conoció otra ley que la de los azotes ni otra voluntad que la de sus amos. Su recompensa era llegar vivo al día siguiente. A efectos prácticos nunca fue más que un objeto. Su ofendida humanidad no encontró otro modo de responder a las injurias que la violencia y el desastre. Su rebelión, por mano de Styron, nos llega como un eco preciso de lo que un hombre desesperado puede llegar a cobrarse.

Su épica es la de los despojados; su ferocidad, la de quien no tiene nada que perder; sus razones, la de quien sólo posee su propia muerte para dejar constancia de que una vez estuvo vivo.

Northup, en cambio, sabía leer, escribir y tocar el violín. Fue al infierno, lo padeció y regresó de él para contarlo. Se abstuvo de matar y llevó siempre en el corazón a los suyos. Era un hombre respetado en su comunidad, padre de dos hijos, propietario de un techo, un horizonte, una vida dulce o tenebrosa, pero suya a efectos de conciencia. La dignidad de una vida propia mantuvo sus manos limpias de sangre.

Nació como un hombre libre, igual a sus vecinos blancos, de ahí que la pérdida de su reino, el ultraje sufrido, nos resulte, acaso paradójicamente, mucho más insoportable que la espantosa biografía de Turner. De hecho, lo que McQueen y Ridley logran trasladarnos es algo más que una historia de infamia y vergüenza: es una historia de terror.

Admirando 12 años de esclavitud es imposible no pensar en el nazismo. Más allá de matices históricos e ideológicos, lo que animaba a los esclavistas del Sur y a los jerarcas del Tercer Reich era una convicción común: la existencia de infrahombres, la superioridad racial, la quiebra insalvable en la escala de la comunidad humana.

Vuelve Eichmann

El azar ha querido que mi visión de la extraordinaria película de McQueen haya coincidido con la lectura de un reportaje de Harry Mulisch, el gran escritor holandés, sobre el proceso a Eichmann en otra Jerusalén, la ciudad santa de las religiones del Libro.

En este texto publicado por Ariel y titulado El juicio a Eichmann, Mulisch nos traslada una percepción aterradora: "Al margen de las reglas de la moral no existe en ningún lado una realidad moral; no existe en la 'naturaleza humana'. Ni siquiera esa existe. Carece de sentido decir sin más: 'el asesinato de judíos', pues eso estremecerá a uno, mientras otro se regodeará, el tercero se emocionará, y el cuarto se encogerá de hombros. De cada persona tengo que saber primero en qué 'campo de fuerza' aterrizará la palabra, en qué 'naturaleza humana'. Dos personas al azar se diferencian más entre sí que los leones y los piojos. En sí misma ninguna palabra significa algo".

El mal más indeleble que personas como los dueños de las plantaciones de algodón y Adolf Eichmann provocan es este vacío de sentido insinuado por Mulisch. Ante ellos, ante la evidencia de su 'campo de fuerza', es imposible sostener que exista un fondo común que nos vincule como especie. Porque ese fondo común, que muchos, entre los que me incluyo, han querido buscar en la empatía, esto es, en la capacidad de identificarse mental y afectivamente con el ánimo de quienes nos rodean, salta en mil pedazos cuando comprendemos la imposibilidad de derrotar ciertos prejuicios.

Concluyo con un epílogo de política-ficción. El año pasado, durante la ceremonia de los Oscar, Michelle Obama anunció por videoconferencia la concesión del galardón a la mejor película a la bienintencionada Argo. La memoria de la tragedia de Nat Turner y el recuerdo de la pesadilla de Solomon Northup acaso merecieran un instante de justicia poética durante el que el próximo 2 de marzo el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, hombre libre y negro, pronunciara ante los espectadores del mundo la frase de un famoso mantra: "And the Oscar goes to…".

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