Un deslumbramiento: Sergio de la Pava

La gran revelación de las letras estadounidenses en un escritor de origen colombiano que ha deslumbrado con su primera novela

Foto: Apagón en Nueva York tras el paso de un huracán (EFE)
Apagón en Nueva York tras el paso de un huracán (EFE)

«Sólo los pocos imaginativos temen a la muerte cuando es el olvido lo que cala más hondo».

Una singularidad desnuda (Pálido Fuego, 2014), del novelista estadounidense de origen colombiano Sergio de la Pava (Nueva Yersey, 1971), encierra varias novelas en una sola novela. Pero si hubiera que señalar el tema que articula su devenir, diría que ese asunto es el vínculo existente entre dignidad y memoria, o mejor dicho, la dignidad que debemos imprimir a cada uno de nuestros actos si queremos sobrevivir como memoria.

A Casi, protagonista del libro, un abogado defensor de maleantes, prostitutas y yonquis de la ciudad de Nueva York, le preocupa ser bueno en su oficio, hacer las cosas lo mejor posible, ofrecer a sus clientes las mayores garantías hasta el último segundo. Su principal interlocutor en el libro, su colega Dane, vive también obsesionado con la idea de perfección: en el trabajo, en el arte, en el mal. El territorio no importa. Ambos, a su modo, logran que gran parte de la peripecia de la novela se organice en torno a esta idea que vertebra y dota de contenido sus experiencias.

En un mundo condenado a la extinción, la entropía y la indiferencia cósmica (las imágenes no son gratuitas: hard science, física teórica y metáforas termodinámicas operan con fuerza en la novela), la confianza en el prestigio ganado, en los actos concebidos y ejecutados con rigor y talento, es una vía de consuelo. Casi, que es un narrador concienzudo, a quien gusta discutir acerca de lo divino y lo humano (de las angustias del cogito a las recetas de la gastronomía colombiana; de la Weltschmerz epocal a la posibilidad del crimen sin castigo), descubre en la práctica del boxeo el crisol donde aunar esa identificación categórica entre dignidad y memoria.

Existe un instante decisivo en la trayectoria de cualquier boxeador, independientemente de su mérito o renombre. Es aquel en que, aunque comprenda que todo está perdido, decide seguir peleando. Esta lógica en apariencia suicida esconde el único tributo moral posible. Pues si bien llegará el día en que nadie quede para recordar ese gesto, cuando la Tierra sea ya sólo un cuerpo muerto a la deriva por el espacio estelar, la conciencia del boxeador es el único tribunal que importa, tanto desde la perspectiva de los espectadores del Madison Square Garden como desde la perspectiva de Alpha Centauri.

De La Pava, que introduce este elemento digresivo al narrar la carrera del púgil portorriqueño Wilfred Benítez, logra mediante dicho mecanismo, en apariencia desligado del cuerpo de la acción, que el tejido en que se concreta Una singularidad desnuda adquiera densidad conceptual.

«La publicidad no se dirige a una necesidad, la crea».

El aroma del experimento emparenta con las obsesiones de ciertas vacas sagradas de la vanguardia norteamericana, caso de Pynchon y Wallace, con quienes De La Pava dialoga abiertamenteHay un personaje en la novela, de nombre Angus, que decide ver completa su serie favorita de televisión en un bucle perfecto, repetido hasta la náusea y sin cortes publicitarios. Su propósito es conseguir que los personajes del otro lado de la pantalla devengan reales. Tan reales como la persona que los observa. Al final, de hecho, al modo de La rosa púrpura de El Cairo, logrará esa mutación. El aroma del experimento emparenta con las obsesiones de ciertas vacas sagradas de la vanguardia norteamericana, caso de Pynchon y Wallace, con quienes De La Pava dialoga abiertamente.

Otro episodio central de la novela tiene que ver con el secuestro y asesinato de un bebé por parte de dos niños de siete años. Ese suceso, el horror que conlleva, ha sido grabado en vídeo y debidamente convertido en carnaza política y estética. El mundo de Casi, como el nuestro, es el mundo del ojo, del icono, del simulacro que aboca al desierto de lo real, y sin embargo, en una Nueva York desahuciada por el frío y cercada por los apagones, donde los hombres maldicen como si en vez de dientes llevaran basura en la boca, Casi posee una confianza loca, a menudo absurda, en sus palabras y en las de los demás, en las palabras como cauterio, en las palabras como asilo, en las palabras como verdad más allá de las conquistas de la ciencia, de las dudas de la filosofía, de las cortes de apelación, de las barricadas del amor y de las intrigas televisivas:

«La vela se apagó y perdí su rostro junto con todo lo demás de la habitación. No había nada que mirar; todo lo que nos quedaba eran nuestras voces y las palabras que éstas formaban. En aquella oscuridad era como si pudiéramos ver esas palabras; eran nuestra única realidad».

Sergio de la Pava
Sergio de la Pava
Esas palabras son la única realidad que Casi puede trasladar a uno de los muchachos cuya causa defiende, un deficiente mental que aguarda en el corredor de la muerte de una prisión de Alabama, y cuyas cartas constituyen el momento más emotivo de una novela deliberadamente amarga aunque, a la vez, esplendorosamente divertida.

Esas palabras son la única realidad que puede compartir con su sobrina Mary, una niña que se niega a hablar hasta que un nuevo hermano llega a la vida y su tío favorito le relata un cuento hermético y extraño, protagonizado por un príncipe que vaga por el mundo buscando la cabeza arrancada de su madre. Esas palabras, en definitiva, son la única realidad que Casi derrama cada día, con voluntad suicida, como un chaparrón de dignidad y memoria, cuando intenta defender, con intensidad homérica, a cualquiera de los desgraciados que el azar ha conducido ante su puerta para comtemplar juntos toda la ira y toda la desdicha de la condición humana.

«En cada momento a cualquier sujeto dado se le está desproveyendo de significado, bien porque se le pastoree junto a una enorme cantidad de semejantes que acabarán siendo sacrificados en masa, bien porque está siendo rigurosamente aislado, abandonado a su suerte con sólo sus escasos talentos como protección. Y no te equivoques pero esta situación es la adecuada. Continuemos perfeccionando cada vez más los métodos mediante los cuales el hombre ahorca a su compañero y habremos acabado, de una vez por todas, con cualquier hipocresía».

El contexto de la novela es el urgente, atribulado y hostil de las megalópolis contemporáneasTodo libro posee su contexto. El de Una singularidad desnuda es el urgente, atribulado y hostil de las megalópolis contemporáneas. En ese mundo la conciencia, para sobrevivir, debe aquilatar la estatura de su oponente. En la frase que antecede al presente párrafo, Dane, el colega de Casi, expone, en las páginas finales de la novela, su visión hobbesiana del asunto. En esa barbarie enmascarada que es la vida moderna, no cabe la piedad. Habiendo tenido que renunciar a aquella idea de perfección largo tiempo anhelada, Dane se transforma en un cínico, la forma más radical de escepticismo conocida. Toma el dinero y corre. Vive como quieras. Y no mires atrás.

Pero Casi, nuestro hombre en Manhattan, se resiste a seguir esa calle de sentido único. Amante del heroísmo introspectivo de Descartes, de la honestidad radical de Hume, de la nobleza intelectual de Kant, Casi, el abogado de las causas perdidas, arrastra su humanidad por esa ciudad terrible, la más maravillosa del mundo cuando se tiene dinero, la más cruel cuando se carece de él, y da la espalda a Dane y a su ácida filosofía. Como Wilfred Benítez y otros grandes boxeadores de la historia, sabe que debe levantarse para aceptar su destino. Y no en nombre de una recompensa ajena o de una gloria mal entendida, sino por sí mismo.

El aplauso es sólo interior. Ese destino, en que el héroe se contempla a sí mismo como un cuerpo a punto de ser engullido por la materia estelar que viene y va a través del tiempo como una ola insaciable, es el que clausura esta deslumbrante novela que es Una singularidad desnuda.

Iluminaciones

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