Jaime Gil de Biedma, un catalán de Castilla

Aparecen los diarios completos de uno de los autores fundamentales de la Generación del 50, plagados de sexo -y pederastia-, inteligencia y poesía; un documento que ya es historia de nuestra literatura

Foto: 'Diarios', de Jaime Gil de Bidma
'Diarios', de Jaime Gil de Bidma

Mientras un Salomón de ciento y pico votos anda partiendo ahora de verdad un niño por el medio, la lectura de los 'Diarios' de Jaime Gil de Biedma nos traslada a aquellos tiempos en los que un catalán amaba Castilla y se conjuraba junto a madrileños y andaluces contra la dictadura del general Franco. Nadie tan catalán como Jaime Gil de Biedma y nada tan castellano como el pueblo de Nava de la Asunción, en la provincia de Segovia.

Este pueblo, que yo he visitado muchas veces, pues a él se llega casi por orden alfabético desde el mío, Fuentepelayo, dejando atrás Navalmanzano y Navas de Oro, era el pueblo de origen de los Gil de Biedma, lugar de veraneo de la familia, elegido a la postre por Jaime para retiros y convalecencias. Allí está enterrado el poeta y, si preguntan en un bar, aún encontrarán gente que les hable mal de él. Todo un éxito.

Gil de Biedma, Carlos Barral, José Agustín Goytisolo y Josep Maria Castellet.
Gil de Biedma, Carlos Barral, José Agustín Goytisolo y Josep Maria Castellet.

El escándalo, básicamente sexual, comía de la mano de Jaime Gil de Biedma, que lo propició por las calles y sótanos de Barcelona, en tabucos miserables en Manila, en su aparatosa residencia segoviana y, sobre todo, en su literatura. Hay páginas de sus diarios que ponen los pelos de punta.

Los rincones oscuros

Dice Michel Houellebecq que toda homosexualidad es pederastia, afirmación que, como casi todo en Houellebecq, contiene una verdad imprecisa. Ya mi lectura inaugural de 'Retrato del artista en 1956', primera parte de estos 'Diarios', que hice hace casi dos décadas, pendía en mi memoria por sus ganchos más mugrientos y abominables. Nadie puede olvidar esos pasajes del 'Retrato' donde Jaime Gil de Biedma acude a un prostíbulo en Manila, “de niños y niñas”, y acaba en la cama con un muchacho de “unos doce o trece años”. Pere Gimferrer y Andrés Trapiello se cruzaron la cara a artículos hace unos años al compás de estas miserias. Escribió Trapiello: “Lo único que tiene que aclararnos ahora Gimferrer, a quien siempre veremos del lado de los poderosos, es si le parece bien que se prostituya a los niños solo porque son de Filipinas, o bien porque quien lo hace es nada menos que de Barcelona.”

Nadie puede olvidar esos pasajes donde Gil de Biedma acude a un prostíbulo en Manila y acaba en la cama con un muchacho de “unos doce o trece años”

Los aficionados a la diarística emparentarán enseguida ese gusto por los chicos de Gil de Biedma, y su consiguiente relato en páginas privadas, con relatos similares que figuran en el conocido 'Diario' de André Gide, autor de cabecera de nuestro poeta. ¿Qué hacer con esas páginas, con esa delincuencia? ¿Callarla, evitarla, enterrarla? Entre el apetito de castración de quienes sacarían a un autor de los libros de texto por haber mantenido relaciones sexuales con menores, y la connivencia amical de otros que se limitan a hacer la vista gorda, solo queda apelar a la literatura como juez imparcial de una obra concreta. Esto es: ¿hay verdad y belleza y testimonio en ese libro?

Si esto es así, y en Gil de Biedma lo es de forma apabullante, ese autor y su obra deben preservarse. La literatura no la hacen las buenas personas, la hacen las personas que no niegan su propio mal, que dejan registros lúcidos y descarnados de sus rincones oscuros, que son siempre y a la larga los rincones oscuros del género humano.

Superado el escollo del señorito que abusa de menores, este libro arroja un saldo muy elevado de inteligencia, humor y buena prosa

Esta segunda lectura del 'Retrato', superado el escollo del señorito que abusa de menores, arroja un saldo muy elevado de inteligencia y buena prosa, de delicadas apreciaciones sobre la vida y el tiempo, de humor y de compromiso político.

Después de 120 páginas donde Jaime Gil de Biedma consigna la orgía perpetua (mayormente con adultos) de su estancia en Manila, lugar al que viajó como empleado de la Compañía de Tabacos de Filipinas, de la que su padre era director, el autor nos planta su Informe sobre la Administración General en Filipinas, motivo de su estancia en el archipiélago. En ese informe, divertidísimo por cuanto el lector lleva varias horas viendo al trabajador de la Compañía haciendo de todo menos trabajar, se aprecia la preocupación de Jaime Gil de Biedma por la brecha salarial entre empleados y jefes, a los que además afea “lo prolongado de sus vacaciones”.

Cierra el 'Retrato' su retiro en Nava de la Asunción, otras 120 páginas que destacan por sobre todas las de estos 'Diarios', pues, enfermo de tuberculosis (y cuánto bien ha hecho la tuberculosis a la literatura), Gil de Biedma mima la expresión, trabaja sobre la nada de su reposo, y logra páginas espléndidas.

Diarios secretos

Estos 'Diarios 1956-1985' se completan con los inéditos 'Diario de moralidades', 'Diario de 1978' y 'Diario de 1985', textos secretos que Gil de Biedma dejó al cuidado de su agente, Carmen Barcells, y que solo ahora ven la luz. Son bastante planos.

El primero, el de 'Moralidades', no es apenas otra cosa que el registro de los poemas que va escribiendo para ese libro suyo, y solo llamará la atención de los 104 (yo incluido) españoles a los que les puede interesar que los inolvidables versos “Tardan las cartas y son poco /para decir lo que uno quiere” fueran en principio “Tardan las cartas y son pobres/ para decir lo que uno quiere”. El mismo autor afirma que le cuesta “conservar mi prurito de diarista”, y que lo que está escribiendo es “somero y esquemático”.

En el 'Diario de 1978' afirma: “La verdad es que he dejado casi de ser escritor”.

Y el de 1985 lo motiva el sarcoma de Kaposi y el posterior viacrucis del autor, enfermo de sida. Son páginas clínicas, mortuorias, languidecientes. Recuerdan un poco a las páginas finales del diario de César González-Ruano, escritas también en el hospital.

Diríamos que el autor se agarra al mundo por los renglones que va escribiendo, pues para un escritor incombustible, la literatura solo puede terminar un poquito antes que la vida.

Mala Fama
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