La poesía es la bien pagá: un género con más subvenciones que lectores
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Alberto Olmos

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La poesía es la bien pagá: un género con más subvenciones que lectores

Premios, boato y poca sustancia definen la poesía en España

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Entrega del XXVIII premio Loewe de poesÍa

Si uno pasa un rato largo en una librería, es difícil que no llegue a una sección que guarda muchas similitudes con el interior de una tienda de placas y trofeos en el centro de Albacete. Es la sección de poesía. 1º Premio de Natación, Accésit de Ajedrez, Mención Especial en Balonmano Alevín... leemos en las plaquitas de la tienda de trofeos. 1º Premio de Poesía, Accésit de Juegos Florales, Mención Especial de Sonetos Amorosos... leemos en la sección de poesía.

La evolución del verso en España, desde el romancero a nuestros días, pasando por Lope y Espronceda y el 27, es la historia de una institucionalización. Casi nada que hoy tenga que ver con la poesía carece de subvención, sea ésta pública o privada, de modo que los poetas, que habitaron en tiempos las buhardillas más miserables de París, se han convertido en una nueva clase de funcionario, el interino lírico.

Hace nada se ha entregado el premio mayor de este género en España, auspiciado por la marca de ropa de lujo Loewe, con gran afluencia de poetas antaño inopes y hoy aseadísimos, muy cómodos en el salón espléndido de un hotel de cinco estrellas, donde sólo de casualidad alguien diría que la vida merece un verso.

Astrud - 'Qué malos son nuestros poetas'

Dinero público

No pasa nada por que Loewe lleve varias décadas creyendo que la poesía vale algo. Es más grave que decenas de ayuntamientos en toda España crean que entregar miles de euros a poetas sea mejor que -incluso- robarlos.

Burgos, Melilla o Barbastro retiran de sus fondos públicos unos treintamil euros por ejercicio para dárselos a un libro de poemas, libro que casi siempre viene firmado por el mismo poeta que ganó otro premio en la ciudad vecina y avalado por un comité de expertos que, casualmente, se pasa el año entero dando premios a un puñado de liróforos escandalosamente reiterativos. Martín López Vega lo cuenta muy bien en este artículo.

Entiendo que alguien le cuela en algún momento al concejal de cultura de una ciudad mediana o pequeña que la poesía hay que fomentarla, y que nada mejor para ello que fundar un premio y soltar amarras en el presupuesto de cultura. El concejal, ingenuo como una oveja, cree que promociona la escritura y la lectura del noble arte de Quevedo, y así pasan los años regados de millones y nadie acaba de comprobar si tanto empuje por parte del erario público ha servido para que una sola persona en todo el país despierte a las delicias del poema.

Pasan los años regados de millones y nadie comprueba si todo el dinero del erario público sirve para que una sola persona lea un poema

De hecho, puede afirmarse sin margen de error que todo el dineral que han dedicado decenas de ayuntamientos, diputaciones, conserjerías -amén del ministerio de Cultura- a promover la poesía en España ha dado un resultado igual a cero. No sólo no leemos poesía, sino que ningún poemario premiado es tenido en cuenta por la propia poesía española pasadas 24 horas desde su publicación. ¿Están los poetas inquietos por la falta de lectores para libros que han escrito con todo el amor del mundo y que les han reportado 15 o 20 mil euros? No, no están inquietos. Les importa un huevo.

Cuanto menos talento tiene un autor, más pequeño es el lugar donde se cobija. El género de la poesía cobija tantos autores mediocres y tantos vendedores de humo que es normal que lo último que quieran es que abras sus libros. Sobre la catadura estética del falso poeta ha publicado una novela muy simpática David Pérez Vega: 'Los insignes' (Sloper).

Igual que Neymar

Con todo, el poeta que no es de postal me cae casi peor. Al igual que Cristiano Ronaldo o Neymar, el poeta serio gusta de hablar de sí mismo en tercera persona, otorgándose toda esa importancia que procura el distanciamiento. “El poeta mira la vida”, “el poeta trabaja con la silencio”, “el poeta...” dicen los poetas sin parar, mientras se ajustan el pañuelo del cuello.

Antonio Gamoneda es uno de los autores de poesía más valorados en nuestro tiempo. Practica esa poesía que, como hacía Andrés Trapiello con los poemas de Octavio Paz, puedes cambiarle los versos de sitio y ni se nota. Últimamente ha salido en los papeles al hilo de sus problemas con el fisco. (¡Quién le iba a decir al poeta famélico del XIX que al poeta del XXI le reclamaría dinero Hacienda, igual que a Messi!)

Pues bien, va Gamoneda y afirma que, como no le cambien la ley, deja de escribir. Lo tiene claro: entre el dinero y la poesía, se queda con el dinero.

Y así todos.

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