José Saramago y la dinamita: una historia de vanidad literaria y bochorno

El premio Nobel portugués exhibe en su 'Cuaderno póstumo' una adolescente adicción a sí mismo, imposible de entender en un intelectual tan preocupado por los grandes problemas del mundo

Foto: José Saramago. (EFE)
José Saramago. (EFE)

A principios de enero del año 1998 el Sunday Times publicó una elogiosa reseña de 'Ensayo sobre la ceguera', de José Saramago. Y poco más, amigos. No hay fábula o enseñanza derivadas de esta efeméride periodística, verdaderamente residual. Si acaso, la de ver a un hombre de 76 años tildar de “estimulante” para sus “bríos de autor” el “feliz suceso”, por mucho que el aplauso venga de un “dominical londinense”, y seguramente compartiera página, dicha reseña, con un anuncio de frigoríficos. A Saramago esta reseña se la tuvo que mandar por fax un amigo brasileño que, a su vez, tenía un amigo con conexión o conocimiento de Internet (año 1998, recuerden), que fue quien encontró el elogio y lo puso a circular por los siete mares hasta que llegó a Lanzarote, donde Saramago fue feliz.

Todo ello figura en 'El cuaderno del año del Nobel' (Alfaguara), las anotaciones esenciales y muy modestas que nuestro autor fue haciendo durante el año 1998, año que terminaría con la concesión del premio Nobel de Literatura. Así, el 4 de febrero Saramago ve necesario decir que el Círculo de Bellas Artes de Madrid estaba “lleno” para la presentación de 'Todos los nombres'; y al día siguiente transcribe íntegro (dos páginas) el panegírico de presentación de Vázquez Montalbán en Barcelona; el 16 de febrero lo dedica a consignar su cabreo debido a que diversos poderes portugueses se niegan a que la Escuela Secundaria de Mafra pase a llamarse Escuela Secundaria José Saramago de Mafra; el 2 de marzo avisa: “llueven desde Los Ángeles preguntas de productores de cine (son ya ocho o nueve, me dice) que quieren saber si están libres los derechos de 'Ensayo sobre la ceguera'”; en mayo vuelve el tema de su nombre en lo alto de una escuela en Mafra: no hay manera; el 2 de junio sucede algo importante: dos personas pararon por la calle a Saramago en Madrid, cuando iba camino de su hotel después de fallar el Premio Reina Sofía; más adelante le hacen una entrevista, que incluye íntegra en su cuaderno, y ahí nos enteramos de que abandonó Portugal porque el gobierno no quiso apoyar la candidatura de su novela 'El evangelio según Jesuscristo' al Premio Literario Europeo; nuestro autor también anota cada entrevista, reseña o mención que le hacen por el mundo, así como el nombre de todas las personas eminentes con las que habla o comparte mesa; hasta que finalmente llega el 10 de julio y escribe: “Asombro. El ayuntamiento de Madrid me propone para el Nobel.”

Exposición sobre José Saramago.
Exposición sobre José Saramago.

Cuando uno está tan pendiente de las reseñas que sobre sus novelas saca la gaceta de 'Torremolinos' o 'El Progreso' de Navalcarnero, lo del premio Nobel se atiende poco, como es natural. Son muchas las cosas que tiene en la cabeza un gran escritor, todas de vigorosa encarnadura humanística, como si le ponen o no su nombre a esa Escuela en Mafra, caray. ¡Vaya sorpresa que le dieron en Suecia a José Saramago, que estaba en ese momento mirando justo hacia donde no se dan premios Nobeles!

Sentido napoleónico

A mí José Saramago me parece un buen escritor, aclaremos eso; incluso un muy buen escritor. Pero da como pena ver a un hombre cercano a los 80 preocuparse por cosas que a los 40 ya deberían darte igual, a nada que la vida te haya iluminado sobre sus verdades y sus tragedias. Hay mucha derrota en un escritor de éxito fingiendo a los 76 años que ser candidato al Nobel le produce “asombro”. Es la derrota de la literatura, de la ética y de Portugal entero. Si Portugal le hubiera apoyado para ganar el Premio Literario Europeo, a lo mejor le habría propuesto en 1998 para el Nobel y no tendríamos que asistir a este bochorno en 2018, veinte años después.

'El cuaderno del año del Nobel' (Alfaguara)
'El cuaderno del año del Nobel' (Alfaguara)

Me gustan más, en este mismo sentido napoleónico, las palabras de Camilo José Cela, que confesó que él pagaría por recibir el Nobel exactamente la misma cantidad que te dan al obtenerlo. Obviamente uno quiere ganar el Nobel, y obviamente uno sólo gana el Nobel cuando quiere ganarlo y maniobra en consecuencia; no cuando no sabe ni qué día lo dan. Saramago anota el 8 de octubre: “Premio Nobel”, sin más. Ya ven que la reseña del Sunday Times al lado de unos frigoríficos de oferta ocho meses antes supuso un “feliz suceso”, muy “estimulante” y que le daba “bríos de autor”, pero el premio Nobel de Literatura no pasa de ser consignado en el mismo cuaderno como calderilla. La contención que consigue Saramago en estas páginas es sin duda admirable, muy calculada. Si pone una palabra de más, se le nota todo, y por eso se esconde en los esqueletos del decir: 'Madrid. Rueda de prensa'. (9 de octubre)

Alfred Nobel se hizo rico vendiendo dinamita y después blanqueó su fortuna en un proceso del que Saramago es ya partícipe

Lo que yo esperaría de Saramago, que manifiesta en este mismo cuaderno su lucha personal contra “el poder económico y financiero transnacional que hace de nosotros lo que quiere”, es que rechazara, no el Nobel, sino incluso ser candidato. Bastaría para ello recordar que Alfred Nobel se hizo rico vendiendo dinamita, y que, después de contribuir a que la gente volara en pedazos por todo el mundo, puso su fortuna al servicio de un proceso de blanqueamiento histórico en el que, finalmente, José Saramago mismo es ya partícipe. Cuando decimos que José Saramago es premio Nobel de Literatura decimos que José Saramago hace sitio en sus novelas a los cartuchos de dinamita Alfred Nobel, para que no se vean.

Como, por fortuna, este año no ha habido premio Nobel de Literatura, merece la pena recordar, no sólo su infame origen, sino también que este galardón no lo da Dios, sino dieciocho suecos. También en León dan un premio literario, llamado Leteo, y también lo dan cuatro o cinco leoneses reunidos en un cuarto. No tiene más. Un escritor o intelectual que no entienda y proclame la evidente intrascendencia del premio Nobel de Literatura, y que no sepa de los cabildeos e intereses que concurren en su concesión, no debería poder mirarse al espejo por las mañanas, ya fuera por estupidez, ya por hipocresía.

Pero es tanta la vanidad de los escritores que puedes llenar un cuaderno entero con ella, en Lanzarote.

Mala Fama

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