Netflix acaba de estrenar 'El irlandés'... y ya ha envejecido mal

El filme de Scorsese alarga la brillante trayectoria de un grupo de actores que se permiten una fiesta mafiosa a cargo de la plataforma de pago

Foto: Imagen de 'El irlandés'.
Imagen de 'El irlandés'.

Antes de su estreno en Netflix el pasado 27 de noviembre, 'El irlandés' era ya una obra maestra. La nueva película de Martin Scorsese llegaba por tanto a los espectadores un poco más tarde que la opinión que esos mismos espectadores debían tener sobre ella. Esta suspensión del criterio parece fácil de hacer, pero si fuera fácil de hacer, todas las películas se anunciarían como obras maestras y se recibirían como tales y acabaríamos muertos de placer autoinducido en las salas de cine y en el salón de nuestra casa. La ventaja para vender obras maestras en esta ocasión era que la película la dirigía Scorsese y la protagonizaban Robert de Niro, Al Pacino y Joe Pesci. Da la impresión de que hasta usted mismo puede producir una obra maestra con ese plantel y 1.500 euros que le sobren. Si la cosa además viene con el sello de Netflix, que ha puesto algo de más de 1.500 euros en el filme (140 millones de dólares), su nota no puede bajar del ocho en imdb. Netflix es sinónimo de que usted se cree que Netflix es sinónimo de calidad.

Concretamente, un 8,7 tenía en imdb 'El irlandés' antes de que pudiéramos verla. No se me escapa que un buen puñado de votos en esa web pueden proceder directamente de una empresa que se dedica a ponerle a tu estreno ochos y nueves y dieces en imdb a cambio de la tarifa habitual. Aun así —y esto es lo importante—, uno quería que 'El irlandés' fuera, acaso, una gran película. Es solo una película más.

[Crítica de 'El irlandés' por Marta Medina]

El largo 'travelling' inicial, que nos lleva hasta la silla geriátrica desde la cual un irlandés muy viejito nos va a contar su historia, parecía presagiar otro de esos espectáculos electrizantes a los que nos tiene acostumbrados Scorsese. Sin embargo, cuando la película sale del geriátrico, no es para entrar en los años mozos y las décadas adultas del personaje protagonista, sino para entrar en otro geriátrico, uno en el que están, de hecho, el director y sus actores dilectos, todos en silla de ruedas. La película es un constante ir de un geriátrico a otro, celebrando la amistad de hacer cine.

Scorsese, en definitiva, se copia a sí mismo, y lo hace como si tomara de películas suyas del pasado ('Casino' y 'Uno de los nuestros', obviamente) los borradores y las malas ideas y los planos imperfectos y las tentativas menos inspiradas. Hasta la música, siendo exactamente de la misma cuerda que la que aparece en 'Casino', suena peor. ¿Realmente alguien con un poco de cine negro en la retina puede ignorar lo que va a pasar cuando el irlandés, ya metido en faenas mafiosas, le pregunta a su hija si el frutero le ha dado de verdad un empujón? ¿No sabemos todos que irá a la tienda y le propinará una paliza? ¿No hemos visto decenas de veces (en rigor, tantas como hemos revisitado las maravillosas 'Casino' y 'Uno de los nuestros', o 'LA Confidencial') esos montajes de olas de crímenes donde se mata mucho en medio minuto mientras suena una simpática canción? ¿No estrangulan desde la parte de atrás del coche al tipo que viaja en el asiento del copiloto unas mil veces en la historia del cine, y siempre con un alambre o cordón? ¿Acaso impresiona ya a alguien ver la noticia de la muerte de Kennedy recibida en un bar por su, de pronto, afásica clientela (ídem en 'JFK', de Oliver Stone)? ¿Cuántas veces ha congelado Scorsese mismo una película para poner el nombre de un personaje y alguna información sobre él? ¿Y a santo de qué se ha molestado Harvey Keitel en salir de su casa para ir a decir cuatro frases en 'El irlandés'? Por otro lado, ¿no recuerda demasiado la bronca que Hoffa/Pacino les echa a sus subordinados a la bronca mítica en el búnker de Hitler en 'El hundimiento'?

Scorsese se copia a sí mismo, y lo hace como si tomara de películas suyas del pasado las malas ideas y las tentativas menos inspiradas

Cuando por fin Jimmy Hoffa entra en escena, la película gana mucho. Hasta ese momento, el tiempo se le iba a Scorsese en filmar intrascendentes paradas en carretera para fumar o echar gasolina y en sucesivas conversaciones de mafiosos en bares de copas tratando de darle miedo a alguien —menos al espectador—. Hay esfuerzos sumamente estridentes por lograr que Pesci repita la escena del “¿qué tengo de gracioso?” de 'Uno de los nuestros'. Y resulta notable que una película para Netflix como 'El irlandés', con sus tres horas y media de duración, parezca en verdad una serie para Netflix que por error o locura transitoria se ofrece en un único capítulo piloto. No puede ser muy bueno que uno, de hecho, tuviera ganas de dejar de ver la película exactamente cada 45 minutos, como pidiendo a la plataforma la piedad de haber hecho una serie con ella.

El proceso informático según el cual Robert de Niro y demás estrellas avejentadas aparecen ante nuestros ojos como si tuvieran 20 años menos solo puede considerarse un fracaso. Lo único bueno de este 'lifting' digital es cómo nos descubre que los actores actúan también con los poros de la piel, con las arrugas, con la carne misma que conforma sus caras. Es realmente imposible tomarse en serio a un gánster con la cara de 400 colores distintos y los ojillos como engastados a base de martillazos sobre una superficie de cera sucia. Los ojillos de Robert de Niro en algunas escenas parecen estar suplicando al espectador: ¡sácame de aquí!, ¡soy humano! Son más inexpresivos estos rostros pasteurizados que la mismísima careta cutre que llevaba Eduardo Noriega en 'Abre los ojos'. Quizá Scorsese debió optar por ponerles a todos una careta cutre.

Los ojillos de Robert de Niro en algunas escenas parecen estar suplicando al espectador: ¡sácame de aquí!, ¡soy humano!

La película se merece un siete, al cabo, por Al Pacino, cuyas escenas son todas animosas, vivas y coloridas, como si les dijera a sus vejestorios colegas: ¡Aún no estamos muertos; estamos en Netflix! Tiene las mejores frases del guion y ese fantástico gag sobre que todos los “putos italianos” se hacen llamar Tony. Su personaje, Jimmy Hoffa, aporta un sesgo ambiguo en la recepción de la película. Para un público estadounidense, que conoce su trágico final, inclina el pathos del filme hacia el hecho de que sea (¿'spoiler'?, yo creo que se ve venir desde el principio) su amigo y protector el que acabe con él. Para los españoles, por ejemplo, el núcleo del drama es si será asesinado finalmente, pues solo algunos recordarán quién es Hoffa por los chistes de 'Los Simpson' o 'Breaking Bad'. Toda la secuencia del asesinato, sin música, llena de silencios y espacios vacíos, es sin duda extraordinaria. Al Pacino parece ir a morir como iba a morir en el final de 'Donnie Brasco', con idéntica ternura.

Recuerdo que la gente se quejaba en los noventa de que 'Casino' durara tres horas. 'El irlandés' dura media hora más y nadie va a quejarse. Es el poder de Netflix: tienes que tragarte entero lo que te den. Esta película da otro significado a la expresión “ha envejecido mal” referida a una obra artística. 'El irlandés' ha envejecido mal en su propio estreno, la han envejecido mal al hacerla o la han envejecido mal la rejuvenecerla. Yo creo que va de que tenemos todos 80 años pero aún podemos hacer de mafiosos gracias a los jodidos ordenadores. Entonces, hagamos de mafiosos.

Mala Fama
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