Mejor trabajar en la mina que trabajar en tu casa, amigo

El teletrabajo podría convertirse en una opción habitual en un futuro inmediato, pero quizá no tan idílica como muchos creen

Foto: Teletrabajo. (Corinne Kutz para Unsplash)
Teletrabajo. (Corinne Kutz para Unsplash)
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Trabajar en casa suena muy bien hasta que te das cuenta de que esa casa en la que vas a trabajar es la tuya. Yo creo que la gente esto de trabajar en casa no lo ha pensado bien y se ha quedado con lo acogedor de la perífrasis, con toda la sugerencia aparejada a lo hogareño, que le ha ido llenando la cabeza de sofás y cervezas, de partidos de fútbol, de listas de Spotify y de árboles de Navidad. ¿Puede pasarte algo malo junto a un árbol de Navidad? ¿Mientras suena Ed Sheeran? ¿En gayumbos? ¿Con cerveza? ¿Y tirado en el sofá? Trabajar en casa es demasiado bueno para ser verdad.

Despertad, amigos. Si tenéis la mala suerte de necesitar trabajar para comer, debéis recordar que el teletransporte no existe, de modo que el teletrabajo no significa que vuestra casa, durante unas horas, se vuelva una oficina, sino que ya no sabréis dónde acaba la oficina y dónde empieza la familia, el territorio inexpugnable de lo íntimo. Lo único bueno de ir a trabajar es justamente la necesitad de desplazarse, porque es la manera más efectiva que se conoce de poder al cabo marcharse del trabajo. Ese placer único y hasta romántico (¿a qué hora sales de trabajar?), que consiste en dar por cerrada la jornada laboral simplemente dirigiendo los pasos hacia una puerta, corre el riesgo de ser exterminado, y además con vuestra aquiescencia.

Es conocido que Karl Marx nunca pisó una fábrica, pero si vuestra intención no es escribir 'El capital', es mejor pisar fábricas y oficinas y 'call centers' para evitar que os los metan en casa. Un mecánico de automóviles no puede trabajar desde el salón de su domicilio, pues tendría que plantar allí el coche averiado y llenarlo todo de grasa, aceite y herramientas. Es lo que vais a hacer vosotros, aunque no lo sepáis: meter en casa mucha grasa, mucho ruido, teléfonos de más y quizás algún romance interdepartamental. ¿Vais a renunciar a la copa de después del trabajo, a la excusa de tener mucha tarea para llegar tarde a casa después de tramitar, en efecto, cuatro gin-tonics? Veo que os voy abriendo los ojos.

Es mejor pisar fábricas y oficinas y 'call centers' para evitar que os los metan en casa

Los escritores y los columnistas siempre han trabajado en casa. Desde esa autoridad escarmentada os hablo. No hay ninguna casa tan propicia al trabajo como el propio lugar de trabajo. Desde hace décadas, Google o Telefónica han conseguido espacios laborales que parecen Disneyland, con colorines, futbolines, sillones de masaje y aparcamiento para patinetes. ¿Supera eso vuestro piso de 50 metros cuadrados con vistas a innumerables bombonas de butano? ¿Sabéis acaso lo que hacen los escritores cuando les llega el éxito? Alquilarse un apartamento o despacho únicamente para escribir, y cerca de Central Park. Es decir, para trabajar en casa hay que tener dos casas. Que no os engañen los autores defendiendo el trabajo en bata. Si trabajan en bata en su propia casa solo significa que nadie lee sus libros, por lo que escribirlos no es su trabajo, sino el trabajo de su bata.

Cuando les digas a tus hijos que vas a trabajar y que no molesten, y te vean entrar en pijama en la habitación de enfrente, ¿realmente crees que te van a tomar en serio?

Empresarios

Tampoco parece que los empresarios hayan pensado bien esto del teletrabajo. Dejar a la gente en su casa es abocarla a una larga jornada de zapatillas de orillo y camisetas desgastadas. Quizás en los primeros meses, los trabajadores se aseen como si fueran a salir a trabajar, pero, poco a poco, la desidia se impondrá, el descuido, y la revolución será inevitable: todos trabajando en pijama o calzoncillos rodeados por bolsas de Ruffles medio vacías y un gato entre las piernas. ¿Qué clase de PIB puede conseguirse en bermudas, queridos amigos? Uno muy bajo, ya os lo digo yo.

Cuando trabajé de telefonista, hace mil años, me sorprendió conocer que una empresa de la competencia obligaba a sus teleoperadores a ir al trabajo en traje y corbata. Como los clientes no podían ver a los pesados que los llamaban para venderles planes de telefonía, no entendía yo el sentido de tanto atildamiento. Sin embargo, finalmente comprendí que la voz que te sale vestido de traje y corbata es muy distinta de la que te sale vestido en camiseta, y no digamos desnuda mientras esperas a que se haga el café y buscas unas bragas en un cajón. ¡Vamos a hundir el país trabajando en bragas! Yo os aviso.

La voz que te sale vestido de traje y corbata es muy distinta de la que te sale vestido en camiseta

Por supuesto, el cálculo empresarial más mezquino apunta a que ya no hará falta una oficina de 400 metros cuadrados llena de mesas y sillas y máquinas expendedoras, y a que la factura de la luz, el agua y el jabón de manos sufrirá una caída muy agradable si todos los trabajadores pagan su parte de estos gastos desde su propia casa, indistinguibles de sus gastos corrientes. ¿Tiques de comida? No, si comen en casa. ¿Plus de peligrosidad, plus de desplazamiento? Nada de nada, todo ventajas para el empresario. ¿Revuelta sindical? ¿Cómo, si los obreros no se ven unos a otros?

Porque esa será otra consecuencia de aislar de uno en uno a los trabajadores en sus casas: que ya no se verán todos juntos. Entonces, dejarán de saber cuántos son; es decir, dejarán de saber que son más.

Mala Fama
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