El verano que okupamos peligrosamente

Crece la psicosis y la indignación ante la posibilidad de que varios desconocidos se instalen en tu casa

Foto: Manifestación okupa en Barcelona. (EFE)
Manifestación okupa en Barcelona. (EFE)
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Los que vivimos de alquiler y, por tanto, nunca hemos tenido casa, estamos en el punto de mira de la gente de bien. Se ha puesto muy difícil eso de entrar a vivir en cualquier parte, incluso de vacaciones a través de Airbnb o en la casa cedida de un amigo el fin de semana. Mi familia es okupa hasta que no demostremos lo contrario, cosa que sucede en uno u otro momento, cuando nos ponemos todos en fila, levantamos las manos como si nos fueran a fusilar y proclamamos: ¡no somos okupas! Esto nos ha pasado ya cuatro veces en el último par de años. Hay miedo.

El verano que okupamos peligrosamente

Sí, hay miedo. Todo aquel que tiene una casa tiene miedo de que se la okupen, porque a veces hay cola en el Mercadona o se te va demasiado tiempo en la peluquería. Vuelves a casa y hay gente. No te dejan entrar. No puedes echarlos. La Policía se muestra incompetente. Debes ir a juicio. Hay una empresa formada por vigoréxicos que saben kung-fu que puede ayudarte. Mientras, los okupas hacen lo que quieren con tus cosas. Lo hemos visto por la tele.

Foto: EFE.
Foto: EFE.

En medio del fuego cruzado, los arrendatarios nos estamos divirtiendo mucho. Cuando entras a vivir en una casa nueva, los vecinos son mucho más amables que antes. Antes a nadie le importaba quién venía a vivir al 4º izquierda. Ahora hay que averiguar si son okupas. Entonces se hacen los encontradizos en el portal y suben contigo en el ascensor y sacan temas de conversación, y a partir de lo que digas y de cómo lo digas, concluyen que no eres okupa, sino pobre. A veces te preguntan directamente si te has mudado, si vivís ahora en el piso de Enrique o Pepa –te miran fijamente para ver si sabes de quién hablan, los dueños legítimos del piso, que ahora residen en un chalet en Aravaca–. Incluso pasar dos semanas en la casa cedida por un hermano o un amigo tiene uno que explicárselo a los vecinos. Como nadie ha visto a los okupas –no salen en la tele–, okupas podemos ser todos, quién sabe.

Las okupaciones suben un 300%

Este año las okupaciones han subido un 300% y el año pasado hubo más de 12.000 casos. Es un problema serio que ha llevado a situaciones escalofriantes. Lo de okupar era otra cosa en los años 90 y en los primeros 2000. Se ocupaban edificios enteros medio en ruinas y se ponía un centro social. La gente iba allí a hacer la revolución y a beber cerveza; ligaba. También podían ocuparse casas vacías por pura necesidad, sin chulería ni nada. Lo vimos en una de las películas de Ken Loach, 'Riff raff' (1990), donde Robert Carlyle se quedaba a vivir en una de las casas que había ayudado a construir como peón de albañil. Era gracioso.

Robert Carlyle en 'Riff Raff', de Ken Loach.
Robert Carlyle en 'Riff Raff', de Ken Loach.

De este cine y estos laboratorios viene la simpatía de la izquierda por las okupaciones. Se entendía que una okupación no hacía daño a nadie, pues los okupas tenían el buen criterio de meterse en inmuebles abandonados o casas que otros no necesitaran para vivir. Ahora que las okupaciones echan a pobres ancianitas a la puta calle, la izquierda no sabe muy bien qué decir. Hombre, no sé yo si no hay que decir algo aquí.

Le he preguntado a mis amigos más rojos sobre el asunto y todos se inhiben. Es difícil gestionar el catecismo básico de los valores de izquierdas. “Okupa” está en la página tres, justo después de “Cuba” y “Huerto”. Son palabras, conceptos, romantizados durante décadas, y es difícil de pronto pensar que okupar es malo como es difícil de pronto pensar que un huerto urbano es una gilipollez. Además está Vox todo el día con el tema, dando la razón a las ancianitas, y así es imposible elegir bando, porque uno prefiere cualquier cosa antes que alinearse con los fachas.

José, toda una vida de camarero en Mallorca, malvive como okupa en la cárcel vieja de Palma. (D. Brunat)
José, toda una vida de camarero en Mallorca, malvive como okupa en la cárcel vieja de Palma. (D. Brunat)

“Meto ratas en edificios, corto el agua, la luz; a veces voy con los colegas con bates de béisbol y echamos a la gente que vive en los pisos”, dice el personaje interpretado por Romain Duris en la extraordinaria película 'De latir, mi corazón se ha parado' (2005), de Jacques Audiard. Su protagonista es un hombre que gestiona el parque inmobiliario de su padre y de otros y hace el trabajo sucio cuando los inmigrantes se cuelan en los pisos, pues prefieren especular con la vivienda antes que alquilarla. Hay una escena donde Duris llama, en efecto, a sus colegas y destrozan ventanas y sanitarios justo mientras un activista estaba ayudando a varias familias de inmigrantes a instalarse en el edificio. “Ahora lo tendrás más difícil”, dice Duris, con crueldad inaudita.

Visto así, okupar también me parece bien. Si la cosa se redujera a grandes edificios vacíos con los que se hace negocio impíamente y a familias inmigrantes que no tienen dónde meterse, la elección moral, al margen de la ley incluso, es fácil de hacer.

La Policía Foral disuelve una concentración durante el desalojo del Palacio del Marqués de Rozalejo. (EFE)
La Policía Foral disuelve una concentración durante el desalojo del Palacio del Marqués de Rozalejo. (EFE)

El problema viene cuando la gente indefensa es la que tiene una casa, y la gente sin escrúpulos es la que se la quita, con la ley en la mano y todo muy planeado y estudiado. Bastan esas dos o tres informaciones de ancianas expulsadas de sus viviendas de toda la vida, cuya intimidad y pequeñas posesiones pueden ser pisoteadas por completos extraños, para concluir fácilmente que aquí algo tenemos que hacer. No creo que sea muy decente mirar para otro lado, la verdad.

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