Jugando al 'Quién es quién' sin negros: por qué el neopuritanismo es un disparate

El ámbito privado despliega las absurdas obsesiones de la corrección política

Foto: Tablero del juego 'Quién es quién'.
Tablero del juego 'Quién es quién'.

Después de pasarme toda la tarde jugando con mi hija a un 'Quién es quién' de 1982 donde no había negros ni casi mujeres, pusimos en casa una serie de extrema derecha para completar el día. Todo esto sucedió con total naturalidad. Fue una jornada divertida, en familia, digna incluso de que se la cuente. Sólo nos faltó echar tequila en los biberones y tirar el aceite por el fregadero.

Como saben, el 'Quién es quién' es un juego de mesa para dos contrincantes donde sendas bandejas repiten 24 caritas que también están en una baraja. Cada jugador mantiene oculta una carta mientras trata de averiguar mediante preguntas relativas al aspecto físico qué personaje le tocó a su rival. Teníamos ya un 'Quién es quién' moderno con veinte caritas, de las cuales 10 eran hombres y 10, mujeres; ocho, de blancos, y 12, de negros o mestizos. El problema con el 'Quién es quién' correcto era que había que deslizar las tarjetas, pues se trataba de una versión 'de viaje', y se perdía la esencia del 'Quién es quién' de toda la vida: tumbar las fichas, clac, clac, clac, ese sonido boyante y triunfal.

Solo me siento el mejor padre cuando doy a mis hijos bollería industrial. Cuando hago lo que hay que hacer, me siento un padre del montón

Para recuperar esa música, hice a mis padres rebuscar en los armarios el 'Quién es quién' de mi infancia. Solo después de jugar las primeras partidas me di cuenta de que estaba llevando a mi hija a la perdición, a un mundo donde las mujeres son cinco de 24 y no hay negros ni más razas que la blanca. Lejos de esconder esta arma de destrucción masiva de la corrección política, empecé a sentir un enorme placer, como cuando saco de casa a los niños y vamos a un bar y pido donuts de chocolate. Solo me siento el mejor padre del mundo cuando doy a mis hijos bollería industrial. Cuando hago lo que hay que hacer, me siento un padre del montón.

'Succession'

Simultáneamente, los padres de esta niña ideológicamente intoxicada a golpe de 'Quién es quién' (clac, clac) ven por las noches una serie llamada 'Succession' (2018). Va de una familia millonaria que posee un grupo de comunicación descomunal y cuyos valores son el dinero, el clasismo y el desprecio hacia los progres. Es muy divertida. Mi novia roja y feminista es quien más disfruta de esta serie reaccionaria. Fue una amiga roja y feminista la que nos la recomendó. Mi novia preguntó además en el parque después del colegio a otras madres rojas y feministas si conocían la serie y todas (todas) dijeron haberla visto ya. Sus ojos brillaban como quien confiesa infidelidades con otro padre, uno que estuviera buenísimo y que además tocara en un grupo. ¿Qué está pasando aquí?, llegué a preguntarme. ¿Es la incorrección política el nuevo BDSM? ¿Qué placer emana de azotar en privado el discurso moral de tu época?

HBO retiró en su día 'Lo que el viento se llevó' por motivos raciales, al tiempo que producía y emitía esta serie sin un solo negro. No hay ni un solo negro en una serie ambientada en Nueva York en nuestros días y, de los siete protagonistas, solo uno es mujer. Los hombres de 'Succession' hablan de sus falos a todas horas, pues cualquier negocio en Nueva York que implique millones de dólares tiene que ver con masturbarse, eyacular o practicar felaciones. 'Succession' es como lo último que se le ocurría escribir a nadie que soñara hoy en día con venderle un guion a Netflix o Movistar. Están todos los guionistas escribiendo sobre víctimas y poniendo muchas razas. Sin embargo, mujeres rojas que dejaron a medias la bobada de Leticia Dolera en Movistar esperan mordiéndose las uñas la tercera temporada de 'Succession'. 'Vida perfecta' les daba la razón, y eso es un coñazo; 'Succession' las sacude todo el tiempo, y eso es estimulante.

Rojas que dejaron a medias la bobada de Leticia Dolera en Movistar esperan mordiéndose las uñas la tercera temporada de 'Succession'

Los nuevos criterios de los Oscar para premiar películas consisten básicamente en que sean una mierda. Previsibles, políticamente puras, inanes y decentes. 'Succession' nos abre los ojos a las buenas ficciones del futuro: no querer contentar a todo el mundo, no querer representar a todo el mundo. Querer, incluso, no representar a nadie. La gente se dará cuenta de que alguien tiene algo que contar cuando no se parezca en nada a lo que se le muestra a diario, a todos esos clichés y certezas morales. El editor Andreu Jaume comentaba en una entrevista reciente el caso de un profesor de universidad que puso en clase 'Vértigo', de Hitchcock, y cuyos alumnos no vieron otra cosa que heteropatriarcado por todas partes. Para evitar esto, por supuesto, hay que poner heteropatriarcado por todas partes, hacer evidente la disfunción. 'Succession' va de gente clasista, racista, machista e intolerante, y por eso quedas como un imbécil si acusas a la serie de ser clasista e intolerante. Es la premisa. A partir de ahí, resulta que la serie va de tipos humanos con los que llega uno a empatizar. Es fascinante.

Hoy la gente se cree muy inteligente porque le ponen delante unas croquetas y es capaz de localizar a quién están ofendiendo esas croquetas. A lo mejor son sólo unas croquetas, solo un juego, una serie de HBO, 'Vértigo' o 'Lo que el viento se llevó'. Hay ya un montón de gente cuya manera de mirar ha sido destruida, y cuando ven una película creen que ver cine consiste en contar cuántos negros, transexuales o bicicletas aparecen en ella.

Por eso el 'Quién es quién' de 1982, donde no salen negros y solo hay cinco mujeres de 24, me parece un juego interesante para mi hija. Si todos los juegos que tiene, todas las series que ve y todas las canciones que escucha son impecables, paritarias, ecologistas y diversas, nunca sabrá qué no lo es. Y tampoco sabrá que la esencia de un juego o de una película no tiene nada que ver con todo eso. Jugando al 'Quién es quién' sin negros, quizá un día mi hija me diga, oye, papá, no había personas de raza negra en aquel juego; y quizás otro día me diga, qué pocas mujeres salían, ¿no? Y yo le diré: era solo un juego, ¿te divertiste con él? Pertenece a una generación que es probable que dentro de treinta años haga una gran aportación a la Humanidad, totalmente revolucionaria: descubrir que los juegos son para jugar y las películas para divertirse.

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