Silicon Valley mola, pero va a destruir tu mundo
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Alberto Olmos

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Silicon Valley mola, pero va a destruir tu mundo

Anna Wiener debuta con un divertido y brutal testimonio sobre las 'startups' y la economía de la vigilancia

Foto: Exterior de la sede de Google en Mountain View (Silicon Valley, California).
Exterior de la sede de Google en Mountain View (Silicon Valley, California).

Tiene gracia que el entorno laboral más atento a las minorías, la corrección política, la explotación animal, la comida sana y los espacios laborales simpáticos haya permitido y propiciado la violación masiva de la intimidad de todo ser humano con conexión wifi que haya en el planeta. En efecto, las gentes de la tecnología son encantadoras, respetuosas, desaliñadas. Visten como si acabaran de hacer una mudanza, aunque tenga mil millones de dólares en el banco. Persiguen en sus organigramas, y en las plataformas y aplicaciones que han inventado, la igualdad y la diversidad. Son veganos, drogadictos y demócratas. Todo bien, salvo que trafican con tu vida sexual, tus complejos y tus euforias y, en el caso de Estados Unidos, la seguridad nacional ya sabe cualquier cosa sobre ti.

Este despropósito ha dado para varios libros y documentales, desde el sólido ensayo de Marta Peirano 'El enemigo conoce el sistema' (Debate) al irrisorio filme 'El gran hackeo', pero solo Anna Wiener estuvo allí cuando la cosa comenzaba y ha tenido la pausa y la gracia de contar su experiencia en uno de los libros del año: 'Valle inquietante' (Libros del Asteroide).

placeholder 'Valle inquietante'. (Asteroide)
'Valle inquietante'. (Asteroide)

La obra, tomada como autobiografía de época, empieza a lo Dickens: era el mejor y el peor de los tiempos, “fue la cúspide, el punto de inflexión o bien el principio del fin de la era de las 'startups' de Silicon Valley”. ¿Qué es una 'startup'?, debemos preguntarnos. Una respuesta brevísima sería: lo opuesto a una editorial.

Es decir, una 'startup' la llevan tres veinteañeros sin lecturas que cuentan con varios millones de dólares procedentes del capital riesgo para elaborar algo completamente inútil que todo el mundo adorará dos semanas después de ponerse on line precisamente porque no lo necesitaban, lo que lógicamente hará que Google o Amazon compren esa 'startup' por un precio escalofriante y sus dueños puedan dar por concluida su vida antes de los 30 y dedicarse a lo importante, sea lo que sea “lo importante”. Ya se lo dije: lo opuesto a una editorial.

Una startup la llevan tres veinteañeros sin lecturas que cuentan con varios millones de dólares para elaborar algo completamente inútil

De hecho, Anna Wiener trabajaba al comienzo de su libro (hacia 2013) en una agencia literaria en Nueva York, donde ganaba 30.000 dólares al año. Lo dejó y voló a San Francisco a contestar intrincadas preguntas de selección de personal (“¿cómo le explicarías Internet a un granjero de la Edad Media?”), y, después de un breve periodo en una 'startup' de libros digitales, acabó en otra mejor de análisis de datos ganando (hacia la página 160) 90.000 dólares al año y gastándoselos en “unas botas de 500 dólares”, “un vibrador con puerto USB”, “un gimnasio con piscina de agua salada” y “una hipnoterapeuta”, amén de incurrir en algunas donaciones para ONG “de salud reproductiva”. La literatura le había aportado amigos contraculturales y ropa de segunda mano, pero la tecnología le daba todo lo demás.

Mejor que en casa de tu abuela

Anna Wiener disecciona con crudeza las bambalinas de una empresa moderna, esa que busca que seas más feliz en la oficina que en casa de tu abuela, pero no arroja una mirada más complaciente sobre el mundo editorial, que destroza en las primeras páginas de 'Valle inquietante'. “Parecía que la única forma de tener una carrera exitosa y sostenible en la industria editorial era heredar dinero, casarse con alguien rico o esperar a que tus colegas se rindieran o se murieran”, escribe. Y también: “Todos y cada uno de los asistentes editoriales que yo conocía dependían de una fuente de ingresos secundaria: hacer correcciones, trabajar de barman o de camarera, tener parientes generosos.” Es decir, el mundo editorial era, sobre todo, un lujo, además de una fosa séptica de ilusiones antiguas, romanticismo juvenil aprovechado por la industria para pagar poco o no pagar en absoluto. Es fascinante que el ecosistema de 'startups' que describe Wiener sea inexistente en España, mientras que el mundo editorial anglosajón que aboceta es exactamente el mismo que aquí. En España no hay 'startups' que vaya a comprar Google, pero gilipollas literarios hay exactamente los mismos.

Las condiciones laborales de estas empresas son delirantes de tan palaciegas

Las condiciones laborales ofrecidas por estas empresas son delirantes de tan palaciegas, leemos: “salario competitivo, seguro dental y oftalmológico, plan de jubilación, gimnasio gratuito, almuerzo suministrado por la empresa, aparcamientos para bicis, viajes de esquí a Tahoe, excursiones a Napa, seminarios en Las Vegas, cerveza de barril, cerveza artesana de barril, kombucha de barril, degustaciones de vino, miércoles de whisky, barra libre los viernes, masajes en las oficinas, yoga en las oficinas...” Todo es ventajoso, correctísimo y excesivo para conseguir que programes contra la vida privada de la gente.

Wiener no da nombres de empresas, llama 'supertienda online' a Amazon, “la red social que todo el mundo odia” a Twitter, y tampoco osa escribir 'Snowden' cuando el escándalo de la vigilancia y los datos empieza a saltar a la prensa. Pero sobre todos ellos forja reflexiones agudísimas, muy informadas, y su libro se lee como un ensayo en varios pasajes. Sin embargo, lo que le da altura literaria es su propio personaje, el de una chica que “nunca en la vida había atraído a un hombre en medio de una sala abarrotada”. Anna no es guapa, no es guay, nadie repara en ella. Es, por supuesto, encantadora. De gente guay no puede uno estar más harto.

“El 'influencer' había hecho una lista donde ponía por orden a las mujeres más follables de la oficina”

Su paso por el valle le supone enfrentarse no solo a un mundo hipercompetitivo, lleno de ritos de paso y chorradas sin cuento ("ventaja 'first-mover', tecnología proactiva, paralelización..."), sino también a un mundo dominado por los hombres. “Hablar de negocios, para los hombres, era un modo de hablar de sus sentimientos”, descubre. “El 'influencer' había hecho una lista donde ponía por orden a las mujeres más follables de la oficina”. Anna se dedica a atención al cliente, y nota cómo el “amor” es lo que se espera que ella sepa dar, mientras que todos los hombres exhiben cualidades exclusivamente “técnicas”. Los programadores son mucho más importantes que ella. Casi todos son hombres.

'Valle inquietante' retrata deliciosamente los entresijos de una empresa de vanguardia, de esas tecnológicas donde trabajar no se diferencia de cambiar de familia y que tus padres sean tres hombres de veinte años; pero también recorre la ciudad de San Francisco, traumatizada por su paso del 'hippismo' y la poesía a los alquileres inasequibles solo por ver de lejos cómo cuatro chavales cambian el mundo sin dejar de sonreír en camiseta, una ciudad que la gente “ya no experimenta, sino que evalúa” a través de sus teléfonos móviles. El libro es impetuoso, fresco y divertidísimo. Casi me ha devuelto la esperanza de que leer novelas aún sirven para algo.

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