Kant era un nazi y Rousseau un terrorista islámico
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Alberto Olmos

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Kant era un nazi y Rousseau un terrorista islámico

Philip Blom llena de despropósitos 'Lo que está en juego', un delirante ensayo donde se estigmatiza a varios pensadores de la Ilustración

Foto: Jean-Jacques Rousseau
Jean-Jacques Rousseau

Leerlo todo una cosa que tiene es que te ríes. También sucede que te indignas. Hay que reconocerle a los libros que, por muchos que leas, siempre llega un día en el que vuelves a tener quince años y las ficciones desasosegantes te desasosiegan, los ensayos inteligentes te iluminan y los libros provocadores te descolocan. Luego hay libros que sacan el censor que llevas dentro, y eso no lo habías visto venir. Aún quedaba por leer ese libro que generará en ti el deseo de prohibirlo.

En mi caso ha sido 'Lo que está en juego' (Anagrama), una de las mayores barbaridades dizque intelectuales que he leído en mi vida. Estoy muy agradecido a Philip Blom por haber sido capaz de escribir algo tan escalofriante: el lector se aterra ante su propio disgusto por leerte.

En principio un alemán que piensa no tiene nada de malo, incluso parece lo más apropiado en un alemán. Si Anagrama le ha publicado siete libros, seguramente dice cosas interesantes o queda bien en un catálogo o le han traducido a quince idiomas. Viendo su entrada en la Wikipedia, percibimos por los títulos de sus libros una cierta sistematización en el análisis de la sociedad occidental, que va abordando por tramos manejables dentro del siglo XX y con una especial querencia por volver a la Ilustración como piedra de toque o territorio seminal. Con expectativas no espectaculares, pero sí satisfactorias, me puse con 'Lo que está en juego'.

placeholder 'Lo que está en juego' (Anagrama)
'Lo que está en juego' (Anagrama)

El ensayo empieza con matasuegras: vamos a morir todos. Quizá haya una competición ahora mismo por ver quién grita más alto que vamos a morir todos y no me había enterado. El cambio climático, para Blom, es realmente espantoso, cierto, inminente. No sé cómo le da tiempo a escribir libros. Tampoco sé si a estas alturas el fin del mundo le asusta ya a alguien. Como diría Woody Allen: cáncer, muerte a los 98 años o eclosión del globo terráqueo: lo que llegue antes.

Pero, después de este incipit a lo 'Mad Max', Blom baja a tierra y empieza a hablar de cosas que podemos discutirle. Analiza cómo el trabajo manual ha ido desapareciendo, atisba -como tantos otros- el paro que generará la robotización de los oficios menestrales y, en fin, concluye que los obreros y parados serán presa del populismo (se entiende que de derechas) y acabaremos gobernados por tiranos que llevarán nuestra civilización marcha atrás hasta igualar en derechos y libertades a la propia Edad Media. Es “el sueño autoritario”.

Argumentos

Para adobar esta idea Blom tiene argumentos impresionantes. Por ejemplo, en Auckland, Nueva Zelanda, ve a un hombre rebuscar en la basura y por eso Nueva Zelanda (ya saben, prácticamente el país más miserable del mundo) puede resumirse hoy en la imagen de un hombre rebuscando en la basura. “Es cada vez mayor el número de niños que por la mañana van al colegio sin nada en el estómago”, dice asimismo de Nueva Zelanda. De España también tiene una idea muy precisa: “España no recuperó nunca la grandeza de esos siglos” (se refiere a la época imperial), por lo que: “don Quijote es el símbolo personificado de una sociedad que sigue atrapada en un sueño de glorias pasadas”. Es cierto: bajas a la calle y la melancolía de tus vecinos no tiene secretos para ti. Siempre están pensando en la pérdida de las colonias.

Al final llega el delirio: la culpa de todo la tiene la Ilustración

Entre medias de estos ejemplos irrebatibles, cita a Edward Bernays -que se está convirtiendo ensayo a ensayo en el gran referente diabólico del siglo pasado-, la caída del muro de Berlín, la crisis de 2008, el “final de la historia” de Fukuyama y a Gramsci (como ven, todo muy original), para entrar en su delirio final: la culpa de todo la tiene la Ilustración. “La tan liberadora Ilustración ya llevaba en sí el germen del totalitarismo y los asesinatos masivos”, escribe. De hecho, Theodor W. Adorno viene a darle la razón, pues “trazó un camino intelectual directo del estudio de Kant a las puertas de Auschwitz”. Aquí tuve que frotarme los ojos y leerlo otra vez, como les obligo a ustedes: hay un camino intelectual directo que lleva de Kant a las puertas de Auschwitz.

O sea, para Blom, apoyándose cómo no también en Foucault (el panóptico de Bentham no podía faltar), para Blom, digo, Voltaire, Hobbes, Kant y otros grandes pensadores de la Ilustración están detrás del nazismo y, por tanto, estarán ahí cuando el “sueño autoritario” se haga realidad. Esto se debe a que todos tienen “una imagen más bien pesimista del hombre”, y sus ideas, por mucho que fueran fundamentales para el progreso de nuestra civilización, se utilizarán torticeramente.

Al que más manía le tiene Blom es a Rousseau. “Robespierre, Lenin, Stalin y Pol Pot veneraban al filósofo de Ginebra”. “Era un paranoico”. Otra frase inmortal de Blom: “Rousseau entregó los planos y la justificación del estalinismo”. Son frases, se lo juro, para leerlas dos veces: “Rousseau entregó los planos y la justificación del estalinismo”.

Todos los avances sociales están en peligro (“el progreso siempre es reversible”), advierte constantemente nuestro autor, y además toda la culpa es de Rousseau. Traca final: “Como un terrorista islámico que hace estallar una bomba con su teléfono móvil y cuelga un vídeo de su hazaña en Internet porque así cree retornar al mundo ideal del siglo VII, el padre de la revolución conservadora (Rousseau) buscó un amplio público para sus ideas…” Creíamos que Rousseau sólo había escrito un puñado de libros en una época en la que apenas había siquiera una mayoría alfabetizada, pero lo que hizo fue muy parecido a ir poniendo bombas “como un terrorista islámico”.

Quemen este libro, por favor.

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