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Cómo escribir un buen libro de cuentos
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Alberto Olmos

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Cómo escribir un buen libro de cuentos

El escritor Bernhard Schlink reúne nueve historias rocambolescas y emotivas en 'Los colores del adios'

Foto: Detalle de portada de 'Los colores del adiós'. (Anagrama)
Detalle de portada de 'Los colores del adiós'. (Anagrama)

Hay algo magnético, cursi para bien en el título del nuevo libro de Bernhard Schlink: 'Los colores del adiós'. Es un título que podría firmar Elvira Sastre, que podría ponerse a un poemario, incluso a una fiesta de despedida en la guardería, a fin de curso: “¡Los colores del adiós!”. Intuyo que su encanto parte de presentarnos el adiós como un despliegue de tonalidades. Diría uno que el adiós solo tiene un color, el negro. Decir adiós no despliega arcoíris, normalmente; se dice adiós en la muerte y al final del amor, desde andenes vacíos. “¿Serás, amor, un largo adiós que no se acaba?”, escribía el único español que sabe algo del amor, Pedro Salinas.

Lo de Schlink son cuentos, pero de esos cuentos a la americana, o sea, que ocupan 20 o 30 páginas. No me suelen gustar los cuentos que apuntan a las 40 páginas, se me hacen demasiado largos y demasiado cortos, según me gusten o no. Sucede con el tercer cuento de esta recopilación, "Música fraternal", por ejemplo, que de hecho dejé a la mitad.

placeholder Cubierta de 'Los colores del adiós'. (Anagrama)
Cubierta de 'Los colores del adiós'. (Anagrama)

Pero casi todos los demás están muy bien. Le leí a Juan Bonilla que en un libro de cuentos no tiene mérito que el primero sea muy bueno, porque es obvio que primero tienes que poner uno que sea muy bueno; el que tiene que ser muy bueno es el segundo. Eso sucede con 'Los colores del adiós'. El primer relato, “Inteligencia artificial”, es entretenido, presenta una trama ingeniosa, reposada; pero el segundo relato es incluso mejor. Se titula “Pícnic con Anna” y trae resonancias de otro escritor en lengua alemana muy ingenioso y del que el año pasado nadie se enteró de que era su centenario, Friedrich Dürrenmatt. Yo se lo iba a decir en otoño, pero ya me di cuenta de que a ustedes les daba igual.

En “Pícnic con Anna” encontramos los recursos, el tono y las exploraciones anímicas que Schlink va a plantear a lo largo de todas las historias de su libro. Un mérito de estos cuentos es que no van de tonterías, van siempre de cosas importantes. La muerte, los hijos, los divorcios, las familias refundadas. Schlink combina portentosamente una prosa amable y fluida con reflexiones de calado filosófico, referencias literarias muy bien traídas y, lo que es más flipante, argumentos tan comerciales que casi parecen delirios. Aquí cualquiera puede tener un hijo con cualquiera, por dejarles caer a granel una de las tramas más increíbles del libro. “Cuando amamos de verdad, no podemos hacer nada malo”, leemos.

Schlink combina portentosamente una prosa amable y fluida con reflexiones de calado filosófico, referencias literarias muy bien traídas

Bernhard Schlink, que, además de tener ya 78 años, “ejerce de juez”, según leemos en la solapa, muestra en estas páginas toda la altura de la experiencia, la ancianidad y la mucha vida. Nota uno el leve tintineo de la sabiduría cada vez que un tema crucial (singularmente la ruptura de la pareja) asoma en un relato, que además se nos presenta barnizado por un líquido moral muy concreto: la tolerancia. Todo lo ve Schlink desde la tolerancia y la convivencia, el amor, el sexo, el duelo y las separaciones. Ser buenas personas es quizás el intento secreto de todos los personajes de este libro.

Sin embargo, en no pocos relatos hay vertiginosas relaciones de adultos con chicas muy jóvenes, a menudo colegialas, donde la ambigüedad sexual, lo putativo y el sano adoctrinamiento se mezclan con maestría. Schlink parece pintar la progenie como uno de los mayores problemas que podemos buscarnos en esta vida.

Foto: Hemingway.

El sexo acaba apareciendo por todos lados, y en “El verano en la isla” uno recuerda, así sea por haber visto la película que rodó Kubrick, la 'nouvelle' de Arthur Schnitzler 'Relato soñado'. “De la aventura del padre no habría dicho nada para proteger a su madre. En cambio, si de la aventura de la madre no le dijo nada al padre no fue para protegerle a él, sino para protegerla a ella. ¿Significaba eso que la aventura de su madre estaba mejor que la que hubiera podido tener su padre?”.

'Los colores del amor' es un libro agradabilísimo de leer. Sus tramas a veces se retuercen tanto que uno se pregunta por qué el autor no hizo con ellas una novela, aunque es de agradecer que pueda contar lo mismo en 200 páginas menos. Son cuentos exactamente opuestos a los de Raymond Carver, precisamente porque apuntan a la novela, y no a la escena significativa. En ellos se está muy a gusto, uno se divierte de lo lindo, pero al final siempre hay algo más que simple entretenimiento: “¿Por qué entonces, de la misma manera, no va a surgir de algo equivocado algo verdadero?”.

Hay algo magnético, cursi para bien en el título del nuevo libro de Bernhard Schlink: 'Los colores del adiós'. Es un título que podría firmar Elvira Sastre, que podría ponerse a un poemario, incluso a una fiesta de despedida en la guardería, a fin de curso: “¡Los colores del adiós!”. Intuyo que su encanto parte de presentarnos el adiós como un despliegue de tonalidades. Diría uno que el adiós solo tiene un color, el negro. Decir adiós no despliega arcoíris, normalmente; se dice adiós en la muerte y al final del amor, desde andenes vacíos. “¿Serás, amor, un largo adiós que no se acaba?”, escribía el único español que sabe algo del amor, Pedro Salinas.