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Por supuesto que hay que prohibir las redes sociales a niños y adolescentes
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Alberto Olmos

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Por supuesto que hay que prohibir las redes sociales a niños y adolescentes

Deberíamos considerar Instagram o Tik Tok vicios adultos similares al tabaco, el alcohol o la cocaína

Foto: Un grupo de niños mirando cada uno su teléfono móvil. (iStock)
Un grupo de niños mirando cada uno su teléfono móvil. (iStock)
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Un motivo importante para prohibir el uso de redes sociales por parte de menores es protegerlos de sus madres. Durante mis muchas horas en Instagram investigando sobre capital erótico femenino (libro Tía buena), el algoritmo empezó a mostrarme niñas y adolescentes entremezcladas con modelos adultas y mujeres influencers. Así pude presenciar una serie de escenas tan desasosegantes que parecían delictivas. Sin embargo, no estaba en la dark web, sino en una plataforma on line reglamentaria, colorida y popular.

Diversas niñas de ocho o nueve años mostraban en sus vídeos "rutinas de skin care", mientras que otras dedicaban un reel semanal a los cosméticos que acababan de adquirir. No pocas de estas niñas utilizaban parches anti ojeras. La cosa empezaba a enturbiarse con los bailes, a menudo en pijama y en sus propios dormitorios, a veces junto a una amiga. En Instagram no se puede buscar un contenido concreto, y es el algoritmo el que envía los vídeos que resultan ser más populares dentro de una determinada semántica visual. Así empezaron a llegarme vídeos verdaderamente inapropiados, que contaban con decenas de miles de visualizaciones y con cientos de comentarios, y en el que una niña imitaba comportamientos eróticos sin ser consciente de ello. Recuerdo uno de los comentarios a estos vídeos: "Te crees una influencer porque tienes a todos los pederastas de internet siguiendo tu cuenta".

No pocas niñas, además, proponían a su audiencia que adivinaran su edad: "¿Tengo 10 o 12 años?", preguntaban. Y también: "¿Tengo novio?". En algunas ocasiones, llegué a pensar si no eran niñas secuestradas en algún punto del mundo y obligadas a hacer este tipo de contenido. Sin embargo, en todos estos perfiles podía leerse, en la descripción del perfil: "Monitoreado por mi mamá".

La niña convence a la madre de abrirse una cuenta en Instagram, y la madre mira el primer vídeo que sube, con sus muñecas, y lo deja estar. Entonces la pequeña usuaria se queda sola ante los lobos, y la madre no sabe qué está pasando hasta que amigos, vecinos o compañeros de colegio la alertan de que la cuenta de su hija se ha vuelto escandalosa.

Prohibir a menores de edad (y, desde luego, a menores de 16 años) abrir cuentas en Instagram o Tik Tok tendría una ventaja inmediata: protegerlas de sus madres y protegerlas de los pederastas.

Las plataformas que habilitan perfiles con fotos y vídeos siempre provocan la sexualización de los menores de edad

Hace meses, fue noticia el caso de Martiño Ramos, profesor y político en la órbita de Podemos. Había abusado sexualmente de una niña de su escuela. El patrón de acercamiento se repite en todas las informaciones que tienen que ver con hombres adultos abusando de menores: se conocen en una red social; él, seguramente con nombre falso, gana su confianza; consigue una primera foto íntima; exige más; amenaza con que, si no se envían más fotos eróticas o vídeos desnuda, la foto que ya tiene será publicada o enviada a sus amigos y familiares; consigue esas fotos y vídeos; acaban concertando una cita en el mundo real. Se producen los abusos.

Sólo por reducir este peligro para las niñas y adolescentes valdría la pena vetar su presencia en redes sociales. Las plataformas que habilitan perfiles con fotos y vídeos siempre provocan la sexualización de los menores.

Una red social es un after, la calle más oscura de la ciudad, tus amigos metiéndose cocaína. No es lugar para niños

Las redes sociales deben situarse entre las aficiones adultas recreativas que comportan riesgos de toxicidad o lesiones, como el tabaco, el alcohol, las drogas o la caza con escopeta. Una red social no es un parque público, un cine, un libro abierto, un concierto de Dua Lipa; es el salvaje Oeste, un after, la calle más oscura de la ciudad, tus amigos metiéndose cocaína. No es lugar para niños.

Dentro de algunos años, miraremos atrás y nos preguntaremos cómo dejamos a tantos niños campar a sus anchas por un territorio de adicción comparable al de la heroína. Si usted fuma, y le echa cada día el humo de su cigarrillo a su hijo en la cara, le está haciendo menos daño que si le permite abrirse una cuenta en Instagram, Tik Tok o Youtube.

Si adultos formados y avisados son muchas veces incapaces de manejar sanamente las redes sociales, ¿cómo esperar que una niña o un niño lo hagan?

Nos preguntaremos cómo dejamos a tantos niños campar a sus anchas por un territorio de adicción comparable al de la heroína

Un niño no debe estar localizable, localizado, delineado socialmente por un perfil público donde aparezcan su nombre y apellidos, una foto de su rostro, y decenas y hasta cientos de testimonios puntuales de su vida diaria.

Una amiga de la actriz Julia Roberts subió en Instagram una foto de ellas dos sentadas a una mesa. Julia iba sin maquillar. Cientos, miles de personas sintieron la necesidad de criticar a la estrella de Hollywood y señalar su "terrible aspecto". Julia Roberts afirmó: "Soy una mujer de 50 años y sé quién soy y aún así hirieron mis sentimientos. Y pensé, ¿qué pasaría si tuviera 15 años?"

Recuerdo a una amiga que hace más de una década me confesó que en las sesiones con su psicólogo "el 90% del tiempo hablo de Facebook". Lo felices que son los otros, lo que hacen, los likes, los comentarios, mi falta de comentarios, mi falta de likes, mi irrelevancia.

Sabemos que las redes sirven para generar ficciones de felicidad, y aún así nos creemos que todos son más felices que nosotros. Imaginen un niño, una niña, unos adolescentes enfrentados a esa ficción que los adultos no somos capaces de desactivar.

¿Cuántos adultos intelectualmente armados abandonan las redes por una lluvia de comentarios negativos?

Un niño no tiene que volver del colegio o del instituto y entrar en su perfil en Instagram y saber que otros niños han quedado y no le han invitado; no tiene que subir una foto y pasarse horas esperando likes; no tiene que contar además los likes que otra niña o niño han recibido por una foto que han subido al mismo tiempo que él; no tiene que usar filtros para salir más guapo y después deprimirse cuando se ve en el espejo. Y, por supuesto, un niño o una niña no tienen que poder ser acosados también en la distancia, también en diferido, también por la noche, también por escrito.

¿Cuántos escritores y adultos intelectualmente armados abandonan X o Facebook por una lluvia de comentarios negativos sobre ellos? ¿Qué pretendemos que haga un niño en una situación similar? Todos riéndose de su jersey, de su madre, del coche barato de su padre.

Queremos niños felices, sanos, protegidos, que atesoren autoestima, que enfrenten las batallas adultas a su debido tiempo. Llevamos años cometiendo contra ellos una atrocidad: dejarlos solos en sitios de los que nosotros mismos no somos capaces de salir indemnes.

Esto tiene que acabar ya.

Un motivo importante para prohibir el uso de redes sociales por parte de menores es protegerlos de sus madres. Durante mis muchas horas en Instagram investigando sobre capital erótico femenino (libro Tía buena), el algoritmo empezó a mostrarme niñas y adolescentes entremezcladas con modelos adultas y mujeres influencers. Así pude presenciar una serie de escenas tan desasosegantes que parecían delictivas. Sin embargo, no estaba en la dark web, sino en una plataforma on line reglamentaria, colorida y popular.

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