I Love You, Louis C.K.: así destruye la corrección política a los mejores cómicos

La película maldita del cómico caído en desgracia es un film imperfecto pero que ejemplifica de forma expresiva los grandes debates sobre la libertad de nuestro tiempo

Foto: Louis C.K. durante una actuación en California. (Reuters)
Louis C.K. durante una actuación en California. (Reuters)

Antes de ser repudiado y aplastado por su escándalo masturbatorio, el cómico Louis C.K. había terminado una película: 'I Love You, Daddy'. La cinta estaba preparada para la distribución y había ganado un premio en el festival de cine de Toronto. Las primeras críticas eran entusiastas, pero la noticia de que C.K. se había masturbado delante de cinco mujeres dio al traste con todo: con su película, con su carrera y con su reputación. The Orchand rompió su contrato y se negó a distribuir la cinta, que cayó por el precipicio al que arrojaron las tomas de Kevin Spacey en la última película de Ridley Scott.

Admito que el escándalo no ha empañado la imagen que tenía de Louis C.K, a quien sigo admirando y a quien ahora compadezco. Creo que es una de esas víctimas arrolladas por las revoluciones: el carterista que termina guillotinado por el furor y cuya cabeza es arrojada al mismo cesto donde caen las de los sátrapas y los tiranos. Tras destaparse el escándalo, la misma prensa que lo había encumbrado se lanzó a por él. En pocos días aparecieron cientos de artículos que buscaban en su obra las señales de su depravación.

Pese a que la película no se había mostrado al público, los críticos la pisotearon. En 'The New Yorker', Richard Brody llegó a celebrar que no se distribuyera porque, en su opinión, era una historia “sobre la masculinidad blanca y heterosexual herida y su dulce venganza”. Es decir, una película inmoral de la que la industria debía protegernos. Cuando leí el texto de Brody, tan atiborrado de moralina como de crueldad, supe que no descansaría hasta que una copia llegase a mis manos.

Al fin he podido verla.

El paracaídas no se abre

Rodada en blanco y negro, con un aroma a cine clásico que recuerda en su impostura al 'Manhattan' de Woody Allen, 'I Love You, Daddy' nos cuenta la historia de Glen Topher (C.K.), guionista cómico en la cúspide del éxito, que acaba de firmar un contrato para rodar una nueva serie. Su hija de 17 años, China (Chloë Grace Moretz), se muda a vivir con él con la intención de disfrutar del inmenso apartamento y el jet privado de su padre, y la cosa se complica cuando la adolescente cae en las redes de Leslie Goodwin (John Malkovich), ídolo artístico de Glen y famoso corruptor de menores. Para terminar de liarla, Glen y la actriz Grace Cullen (Rose Byrne), que va a su oficina a pedirle trabajo, acaban acostándose juntos.

Es fácil imaginar qué lectura se ha hecho tras el escándalo de una película en la que dos hombres exitosos conquistan a una adolescente ingenua

Es fácil imaginar qué lectura se ha hecho tras el escándalo de una película en la que dos hombres exitosos conquistan a una adolescente ingenua y a una actriz que busca trabajo, pero la obra de C.K. siempre se presta a segundas y terceras lecturas. Durante la elaboración ya se habían propagado los rumores que 'The New York Times' convertiría en noticia, así que es fácil imaginar el proceso de creación.

Pero en esta película hay mucho más de lo que dicen sus detractores. Cualquiera que aborrezca a C.K. podrá encontrar en ella pretextos para llamarlo pervertido, pero a quienes todavía lo admiramos, a quienes lo echamos de menos y volvemos a sus monólogos con una mezcla de nostalgia y de lástima, nos deja molidos. Durante las dos horas que dura, tuve la impresión de que el autor era consciente de lo que se avecinaba y que trataba de construirse un paracaídas. Pero lo cierto es que no se abrió a tiempo.

'I Love You Daddy' es una película imperfecta, sin terminar. De arriba abajo está llena de contradicciones: es una historia desapacible adornada con música ligera, un cuento de seducción, una comedia sin risa. Un ejercicio frívolo donde se adivina el fracasado intento de presentar excusas, y también la descripción de esta época en la que el encanto desordenado deja lugar a rígidas formas de cortesía.

Tribuna
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