Un caso del montón: políticos bulímicos y mercadillos de másteres

Hay un techo de poder para quienes son simples burócratas de partido: no pueden resistir la tentación de hacerse con un papelillo como sustituto del tiempo que no dedicaron a la formación

Foto: Carmen Montón. (EFE)
Carmen Montón. (EFE)

Ruego se me perdone el chiste fácil del título, pero es que quiero reflexionar sobre lo banalmente significativo del reciente affaire del máster arreglado y el TFM copiado de Carmen Montón. El caso de la ministra dimisionaria y otros similares (Casado, Cifuentes) ilustran dos problemas que están relacionados: el de la carrera política y el de algunas orientaciones de la universidad. Los tres asuntos (Montón, Casado, Cifuentes) ejemplifican los modos en los que se constituyen las nuevas burocracias de los partidos: gente que ya casi en su adolescencia decide hacer carrera política.

Un caso del montón: políticos bulímicos y mercadillos de másteres

Entran en las juventudes del partido..., actúan en movimientos sociales, ..., son brillantes, dinámicos y no carentes de atractivo. Suelen atraer pronto la atención de los dirigentes por su disponibilidad y simpatía, por su locuacidad y seducción; consideran que pueden ser buenos candidatos a lugares de segunda fila en listas electorales o a puestos de dirección intermedia. Allí demuestran sus virtudes y en pocos años son cooptados por la dirección para responsabilidades más altas.

Corrijo: quizás en sus comienzos no tenían tan claro que iban a ser profesionales de la política. Lo cierto es que al cabo de un tiempo entraron en una cierta irreversibilidad vital: no habían hecho otra cosa que tareas de partido y tal vez era tarde para enmendar sus proyectos de vida. No habían dedicado tiempo a aprender una profesión, sus lecturas eran escasas, rápidas, limitadas a la prensa, los best-sellers de las listas del momento y las divulgaciones sencillas de teoría política. Jorge Semprún, en 'Federico Sánchez se despide de ustedes', describe la escena de unos momentos antes del comienzo de un Consejo de Ministros de cuando ejerció como ministro de cultura de Felipe González.

Carmen Montón tras su primera rueda de prensa en la que todavía se negaba a dimitir. (EFE)
Carmen Montón tras su primera rueda de prensa en la que todavía se negaba a dimitir. (EFE)

Allí, alejado del montón e indiferente a la espera, Alfonso Guerra leía uno de los cuadernillos de divulgación científica de la editorial Tusquets. Como sorprendido por la expectativa que suscitaba, preguntaba al auditorio de ignorantes ministros sobre si sabían algo de la importancia de, digamos, el caos y las catástrofes en matemáticas. Así mostraba la profundidad y largueza de su formación intelectual. Cada vez que preguntan a nuestros políticos por sus lecturas veraniegas recuerdo la anécdota tan corrosiva como ilustrativa de nuestro aristócrata cultural. Es un poco triste leer el TFM de la ex-ministra, en un máster de ¡género! —su especialidad en política—, lleno de clichés y textos de Wikipedia y aledaños. Seguramente la ministra necesitaba como Alfonso Guerra adornarse intelectualmente.

Es triste leer el TFM de la ex-ministra, en un máster de ¡género! —su especialidad—, lleno de clichés y textos de Wikipedia y aledaños

El caso es que la gobernanza de ahora exige cada vez más conocimientos expertos y algo de fondo de armario intelectual. No quiero decir, todo lo contrario, que la política la deban de ejercer los expertos e intelectuales, pero sí que la sociedad del conocimiento ha alcanzado ya a la política. El representante o gobernante debe tener la mínima formación, al menos, para entender el lenguaje de los expertos y asesores, lo que ya no es fácil en los tiempos que corremos. A diferencia del capital económico o político, que se puede adquirir por relaciones sociales, el capital cultural exige tiempo y dedicación. Hay un techo de poder para quienes son simplemente burócratas de partido (Susana Díaz tiene ese problema para subir al nivel nacional). De ahí la angustia de esta gente que se sabe cercana al poder y lo acaricia con los dedos. No pueden resistir la tentación de hacerse con un papelillo como sustituto del tiempo que no han dedicado a la formación.

La tentación de poner en marcha mercadillos de títulos ad hoc para múltiples necesidades de currículo es irresistible

El otro problema es el de una universidad a la que se presiona para que atienda "a las demandas del mercado y la sociedad". La tentación de poner en marcha mercadillos de títulos ad hoc para múltiples necesidades de currículo de empresas y partidos también es irresistible. En estos días, todas las miradas, sobre todo las universitarias, se vuelven con irritación hacia las malas prácticas de la Universidad Rey Juan Carlos. No seré yo quien la disculpe, pero no centraría tanto las acusaciones en ella. Es, cierto, una universidad que tiene orígenes peculiares y, como todas, sus virtudes y debilidades. Tal vez, por trayectoria, lo que le ocurre a la pobre es que se ha tenido que especializarse en la parte ramplona del mercadillo. Es una especie de Todo a 100. Quizás lo que tengamos es que examinar con más cuidado lo que estamos montando cuando dedicamos una parte de nuestro sistema educativo a satisfacer la bulimia de símbolos de estatus intelectual para políticos o empresarios.

Atención los jovencitos y jovencitas de los cuadros de Podemos y Ciudadanos que inician su vida política con currículos activistas. Un día el poder les va a exigir que sepan decir algo más que eslóganes y clichés. Más vale que se aprendan la lección de estas tres prendas, porque luego la caída es muy dura.

Tribuna

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